El imperialismo y la cuestión nacional

De vuelta sobre Trías.

Trías por Murro.

En un nuevo escrito acerca de la relación entre el dirigente socialista uruguayo Vivian Trías y la inteligencia checoslovaca (La Diaria, 14-IV-18), Fernando López D’Alesandro me atribuye haber afirmado (Brecha, 6-IV-18) que hay una tensión entre el presunto giro ideológico de Trías al marxismo-leninismo y su “socialismo nacional”.

En esta atribución hay dos problemas. El primero es que tiendo a no compartir la tesis del giro ideológico de Trías, una tesis del propio López D’Alesandro, que sitúa dicho giro entre los años 1963 y 1964. Mi nota ponía eso expresamente en duda, en el acierto o en el error. El segundo es que no veo tensión alguna entre el marxismo-leninismo de Trías y su “socialismo nacional”. Mi nota hablaba también de eso. La tensión que yo creía advertir estaba más bien en la forma en que López D’Alesandro daba cuenta de las presuntas transformaciones en el pensamiento de Trías a la luz de los documentos que prueban su relación con la inteligencia checoslovaca.

No escribo esto, sin embargo, para entrar en polémica con López D’Alesandro, sino simplemente para aclarar cuál es mi punto de vista. La oportunidad me sirve, además, para abundar en los argumentos. Equivocado o no, pienso que la génesis y el fundamento del “socialismo nacional” de Trías está en el marxismo-leninismo. Y pienso también que Trías ya suscribía esa ideología a mediados de los años cincuenta.

El sentido del “socialismo nacional” es un asunto interesante no meramente por motivos históricos, sino también porque echa luz sobre el presente de la izquierda uruguaya. Se trata de una tendencia ideológica que fue muy dinámica y muy influyente en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, y que, a pesar de haber perdido filo, sigue ejerciendo todavía gran influencia en el presente.

TRÍAS YA ERA MARXISTA-LENINISTA EN LOS CINCUENTA. El 29 de diciembre de 1955, el uruguayo Alberto Methol Ferré (por entonces muy próximo al marxismo y a la “izquierda nacional”, a pesar de su filiación católica, su militancia ruralista y su cercanía ideológica, política y personal al caudillo blanco Luis Alberto de Herrera) le escribió una carta a su amigo Jorge Abelardo Ramos (militante trotskista, historiador revisionista y máximo referente de la “izquierda nacional” argentina) que contiene la siguiente posdata: “En los primeros días de enero llega a Buenos Aires un amigo socialista uruguayo. Me ha pedido direcciones, en especial la tuya. (…) Lo interesante es que se trata de un activista, muy vinculado al (periódico socialista El) Sol y al grupo de Vivian Trías, un hombre realmente importante, a gran futuro en nuestro país. Ganó ampliamente las elecciones internas del socialismo y tiene un enfoque muy afín al de ustedes. Lo puedes constatar leyendo su interesante ensayo del tercer número de Nuestro Tiempo. Si no lo tienes, te lo envío. Trátalo bien. Mis relaciones con ellos dependen mucho de esto. Te he defendido siempre frente a esos grupos, y tus orientaciones, lenta pero firmemente, se abren paso. El apellido de este muchacho es Martí”.

¿Cuál es el ensayo de Trías que le resultó tan interesante a Methol y cuya lectura le recomienda a Ramos? Se trata de “Raíces, apogeo y frustración de la burguesía nacional”, cuyo primer apartado, pese a ser bastante breve, lleva el contundente título de “Esquema para una teoría del desarrollo capitalista en los países dependientes”. No sabemos si Ramos lo había leído, pero, en caso de que no lo hubiera hecho ya, lo leyó muy pronto, porque un lustro más tarde lo publicaría en su editorial Coyoacán de Buenos Aires, junto a otro ensayo de Trías, bajo la forma de libro y con el título El imperialismo en el Río de la Plata.

Trías no cita a nadie en ese primer apartado de su trabajo, pero el esquema que allí presenta, que no es original ni tampoco lo pretende, remite de manera inequívoca a la teoría marxista del imperialismo desarrollada a principios del siglo pasado por Lenin, Trotsky, Bujarin, Rosa Luxemburg y otros.

“En los países dependientes (colonias o semicolonias) –nos dice Trías– la gestación del capitalismo no es, en general, el resultado de un proceso íntimo, el desenvolvimiento de fuerzas históricas propias y autónomas. Por el contrario, es el efecto de un impacto exterior. (…) En el mundo capitalista moderno hay un centro de iniciativa y una periferia. La historia discurre de acuerdo a un proceso nuclear radicado en el centro de irradiación y son sus repercusiones, sus resonancias, las que constituyen el fluir histórico en las zonas marginales. Hay, pues, países determinantes (históricamente hablando) –los grandes imperios– y países determinados –las colonias y semicolonias–. (…) El desarrollo capitalista en la periferia del mundo responde a la ley marxista del ‘desarrollo combinado o desigual’ (sic). Vale decir, que coexisten en un dese-quilibrio dinámico y permanente, como una fuente de perennes conflictos, distintas y hasta inconciliables formas históricas. (…) Lo dicho nos lleva a una consideración fundamental. La penetración del imperialismo en una zona del mundo significa su atadura firme y permanente al complejo económico total de aquel. La economía del territorio avasallado se integra en el conjunto –regido por unos pocos centros financieros y monopolísticos– como una pieza de un complicado rompecabezas. Desde ese momento su desarrollo pierde casi toda su autonomía para convertirse en el ajuste complementario de un proceso vertebral sobre el que apenas puede influir. De ahí la deformación económica impuesta por el imperialismo a las colonias y semicolonias.”

Lo que Trías nos dice, apoyado en la teoría marxista, es que bajo el capitalismo (al menos en su fase imperialista) el subdesarrollo de los países dependientes tiende a perpetuarse, porque esos países están integrados de una manera estructuralmente subordinada al sistema económico mundial. La polarización del sistema capitalista en un centro metropolitano y satélites periféricos es inherente a la propia naturaleza del imperialismo. (Más tarde, la teoría de la dependencia sostendrá que ello es inherente a la propia naturaleza del capitalismo sin más: que el capitalismo persistentemente crea o recrea estas contradicciones en todo tiempo y en todo lugar.)

El imperialismo es, pues, la clave de la explicación del subdesarrollo. En el acierto o en el error, esta fue la convicción de Trías (y de muchos integrantes de su generación). Y llegó a ella a través del marxismo. No del marxismo decimonónico, el de la II Internacional, sino del marxismo de la III Internacional, el leninismo.

No hay que descartar el hecho de que Trías pudiera haber estado influido por los desarrollos que Trotsky hizo de la teoría (la expresión “desarrollo desigual y combinado”, sin ir más lejos, es suya). Quizás los propios textos de Jorge Abelardo Ramos, que era trotskista, hayan podido contribuir en ese sentido. Por la fraseología que emplea en algunos de sus ensayos del período y posteriores, parece que también había leído a Mao. Y seguramente habría leído al propio Lenin, cuyas obras eran fácilmente accesibles en ediciones soviéticas.

Como sea, el esquema que Trías presenta al inicio de ese trabajo se apega a la teoría marxista del imperialismo. No parece, pues, que se haga marxista-leninista en los sesenta, sino que ya lo era a mediados de los cincuenta. Es verdad que sus fuentes (que no son del todo explícitas) parecen ser autores alejados de la ortodoxia soviética, como Trotsky, Mao y seguramente Paul Sweezy (cuya Teoría del desarrollo capitalista, que estaba traducida al español, muy probablemente había leído), entre otros. Pero todo parece indicar que ya estaba claramente encuadrado en esa ideología cuando escribió el texto que Methol le recomendó a Ramos.

Probablemente sí haya una etapa de transición en el pensamiento de Trías, pero no a principios de los sesenta, sino en la segunda mitad de la década anterior. El tratamiento de esta cuestión nos lleva al segundo punto.

NO HAY UNA TENSIÓN EN EL PENSAMIENTO DE TRÍAS. Casi dos años más tarde, el 26 de setiembre de 1957, Methol vuelve a hablarle elogiosamente de Trías a Ramos en otra de sus cartas. “En cuanto a la ‘izquierda’ uruguaya –le dice–, más vale no hablar. Con la excepción de Vivian Trías, diputado socialista, no ha superado el nivel más bajo del charlatanismo. Y la razón es un desarraigo realmente increíble. No hay dos que conozcan algo de historia argentina, uruguaya, paraguaya, brasileña, etcétera, y aplican mecánicamente sus esquemitas –tan lindos como vacíos– (…).”

Unos meses después, el 14 de noviembre de ese año, vuelve sobre el punto. “Nuestra izquierda es totalmente mitrista, por la tradición del batllismo, partido oriundo de La Defensa. En cuanto a nuestros ‘marxistas’, de singular ignorancia, te puedo decir que su increíble pobreza intelectual sólo les da para amurallarse en el insulto. No tienen otro refugio que descalificarte de ‘agente policial peronista’, etcétera. Sólo significa algo nuevo y en una línea nacional el grupo socialista de Vivian Trías, de quien soy buen amigo. Te recomiendo mandarle todas las cosas que editen ustedes. Como ahora no recuerdo su dirección, la mandan a la Cámara de Diputados, pues es diputado socialista (de origen blanco, antimitrista, etcétera).”

Methol caracteriza a Trías en estos términos: “de origen blanco”, “antimitrista” y partidario de “una línea nacional”. Esta caracterización es curiosa. En primer lugar, Trías (nacido en 1922) se afilió muy tempranamente a la Juventud Socialista (1938) y luego al partido (1946). No queda muy claro cuál es el “origen blanco” a que refiere Methol. La siguiente caracterización, como “antimitrista”, podría pensarse que simplemente se desprende en forma necesaria de la anterior.

Aunque no es el lugar para tratar este tema, es interesante confrontar esta caracterización con la que hace José Rilla, casi perfectamente antitética respecto de la de Methol, en su obra La actualidad del pasado, en la que sostiene que los primeros ensayos históricos de Trías presentan “una versión (de la historia rioplatense) mitrista, colorada y marxista”.

Methol, que efectivamente era amigo de Trías, sabría por qué lo consideraba “blanco”, pero el primer apartado del trabajo ya citado no deja demasiadas dudas: Trías, más que blanco o colorado, más que revisionista o mitrista, era marxista, y, en particular, suscribía la teoría leninista del imperialismo. Es desde allí que parece haber llegado, lentamente, al revisionismo histórico. No es solamente Rilla el que no advierte una simpatía inicial de su parte por las tesis revisionistas. Recuérdese que el propio Methol le dice a Ramos en la carta que le escribe en 1955 que sus orientaciones “lenta pero firmemente se abren paso” entre la gente de su grupo. Y le pide encarecidamente que trate bien al joven socialista de apellido Martí que habrá de visitarlo en Buenos Aires, porque de ello depende la continuidad de sus buenas relaciones con Trías.

El marxismo de la II Internacional (el marxismo decimonónico de Kautsky y otros) había enseñado que el capitalismo opera en la dirección del progreso histórico, desarrollando necesaria e incesantemente las fuerzas productivas, hasta que éstas desbordan o superan el propio modo de producción capitalista. Pero el marxismo de la III Internacional (el marxismo de Lenin, Trotsky, Mao y otros) modificó el marxismo de Kautsky en varios aspectos. La teoría marxista del imperialismo vino a sostener que el desarrollo capitalista es esencialmente polarizador y que potencia el desarrollo de los países centrales a costa del subdesarrollo del mundo periférico. Luego vendrían las teorías de la acumulación a escala mundial y de la dependencia, pero el germen ya estaba allí.

A la luz de esta teoría, varios marxistas revisaron la vieja idea de que el capitalismo opera en la dirección del progreso histórico. Ello podrá ser verdad, sostuvieron, en los países centrales, pero no en la periferia. En los márgenes del mundo, el capitalismo necesariamente produce subdesarrollo. No solamente no opera en la dirección del progreso histórico, sino que lo retarda indefinidamente. Resistir la penetración del capitalismo imperialista en la periferia, por tanto, no es reaccionario (como se hubiera desprendido del análisis clásico) sino progresista. Las montoneras, los caudillos, las guerras civiles y, en general, las revueltas del mundo agrario contra las distintas formas de la modernización capitalista adquieren, de este modo, un sentido positivo: se orientan en la dirección del desarrollo histórico (en la medida en que constituyen un foco de resistencia a la penetración imperialista) y no contra él. El dictamen de la vieja historiografía marxista queda puesto patas para arriba. Lejos de expresar una mentalidad primitiva y de representar los intereses de los sectores más atrasados, estos fenómenos vienen a ponerse ahora en la senda del progreso y a dar cuenta de la existencia de una especie de instinto que permite una comprensión inmediata, intuitiva, del eje principal de las luchas en el mundo periférico: el eje nación-antinación.

No es por un improbable “origen blanco” que Trías llega a revisar la historiografía colorada y mitrista, sino, seguramente, por leninista: por suscribir la teoría del imperialismo de Lenin (y otros) y la idea de que el capitalismo perpetúa el atraso en los márgenes del mundo.

Hoy, que todavía se discuten muchos asuntos políticos sobre la base del eje nación-antinación, habría que recordar la génesis y los fundamentos teóricos del planteo de Trías. No porque tuviera razón, que no sé si la tenía. Sospecho que no. Pero sí porque todo ello es más importante para nuestro presente y sobre todo para nuestro futuro que el hecho de que haya espiado o no para un servicio secreto extranjero. Trías no fue ni mucho menos el único que pensó que la clave de nuestro subdesarrollo había que buscarla en el imperialismo. Varias generaciones de intelectuales uruguayos albergaron esa convicción. Allí está la figura de Methol, ya mencionada, objeto de reverencia para muchos de los que desprecian a Trías. O la de Carlos Real de Azúa, que goza del halago unánime.

La narrativa de la nación y sus traidores requiere de una revisión crítica. También la idea de que nuestro subdesarrollo es hijo del imperialismo. La izquierda uruguaya actual se debate entre quienes abandonaron hace años (de manera discreta) esa convicción y quienes la mantienen y acusan de traidores a los otros. Pero no es un asunto de traiciones. No es un problema moral. Se trata, ante todo, de un problema intelectual. ¿Es correcta en líneas generales la teoría leninista del imperialismo o alguno de sus desarrollos posteriores (como la teoría de la dependencia)? ¿Es correcta alguna teoría distinta que, sin embargo, llegue esencialmente a las mismas conclusiones?

Toda esta discusión es más interesante que si Trías espió o no espió, si pidió armas o no pidió armas, si los progresistas y la izquierda cosmética traicionaron o no traicionaron a la izquierda verdadera y demás asuntos centrados exclusivamente en las cualidades morales de los individuos. Pero también es más difícil. Porque habría que ser muy temerario para decir que uno tiene las cosas claras en asuntos tan complejos como las causas del subdesarrollo.

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