Ir al cine para huir de este mundo - Brecha digital

Ir al cine para huir de este mundo

Recomendaciones para el final del MONFIC

Fotograma de Frankie, última película del director Ira Sachs protagonizada por Isabelle Huppert

La 18a edición del Monfic (Festival de Cine de Montevideo) está llegando a su fin, pero todavía queda este fin de semana para aprovechar la oportunidad e ir a ver grandes películas que, lamentablemente –y muchas veces gracias a políticas de gestión implementadas por las mismas cadenas que organizan este evento–, es posible que no vuelvan a tener funciones en los cines de nuestro país.

Regresa a mí (Ben is Back, Estados Unidos, 2018). Una de las películas más inquietantes del festival. Fue dirigida por Peter Hedges, inteligente guionista del cine independiente estadounidense, responsable de adaptaciones como la de About a Boy (2002), aquella encantadora película con Hugh Grant basada en el libro homónimo de Nick Hornby. Aquí, la temática de la relación entre jóvenes y adultos se reedita en drama: Ben, un joven adicto a las drogas, vuelve a su casa para pasar la Navidad y pone en riesgo su vida y la de su familia por enésima vez. Su madre, interpretada por una Julia Roberts que, fuera de Hollywood –y filmada con cánones fotográficos mucho menos estandarizados–, despliega una potencia interpretativa inusual, se desespera por tratar de comprenderlo, intenta ponerle límites y salvarle la vida. La película, de una intensa pero siempre verosímil amargura, logra desnudar la gravedad de la situación sin apelar a ningún romanticismo engañoso. Simplemente nos deja ver, a través del amor de esa madre, el infierno que significa la frustración de no lograr impedir que aquellos que amamos se autodestruyan. El sofisticado método narrativo del filme hace que vayamos deduciendo lo sucedido en el pasado a través de las huellas que va dejando en el hoy, en una especie de pudoroso fuera de campo en el que nunca vemos en vivo los episodios de mayor descontrol y dolor, sino que los dimensionamos asistiendo a las consecuencias que tienen para los vínculos afectivos desplegados en el presente de la película.

Frankie (Francia‑Estados Unidos, 2019). Ira Sachs es un director de una finísima sensibilidad, que se caracteriza por generar escenas agridulces de una intimidad profunda, marcadas por el desarrollo de diversos conflictos familiares. El malestar y la frustración de sus personajes, aunque nunca llegan a condiciones melodramáticas, se van intensificando hasta transmitir una representación cabal, melancólica, de los vaivenes de la vida. En esta película, la siempre solvente Isabelle Huppert interpreta a una actriz famosa que, al enterarse de que está enfrentando un cáncer terminal, invita a su familia a pasear por Sintra, un bellísimo pueblo de Portugal. Más allá de cierto gusto un poco esnob por los perfectos paisajes, que en sus anteriores películas no estaba –son más urbanas, y eso impide que todo luzca tan ominosamente bello–, Sachs es muy capo para dirigir actores y encuadrarlos. Sus planos‑contraplanos tienen un timing justo y sus resoluciones visuales suelen funcionar en contrapunto, en una lógica que genera equilibrios de composición: un fondo maravilloso para un diálogo terrible; una situación en la que todo parece feliz, pero que, en un segundo, se vuelve oscura y triste; un encuadre recontralejano para una escena sentimental en la que, supuestamente, deberíamos ver de cerca las expresiones de los personajes. Todo eso decanta en una extraña sutileza para narrar que, a esta altura, es la marca autoral de uno de los directores contemporáneos a los que hay que seguirles la pista.

En buenas manos (Pupille, Francia, 2018). Esta increíble película dirigida por Jeanne Herry narra, de forma coral, el proceso de adopción de un bebé en Francia. Están retratados todos los personajes que participan: la mamá universitaria que llega sola al hospital para tener al niño y darlo en adopción, la asistente social que la acompaña en ese primer momento, los miembros del Consejo Familiar que lo reciben, los cuidadores que lo crían durante los dos primeros meses (mientras pasa el período durante el cual la madre biológica podría retractarse y reclamarlo) y, finalmente, la madre adoptiva, que transita un largo camino de ocho años para poder tenerlo. El filme se toma el tiempo necesario para involucrarnos con la historia de cada uno de ellos, y resulta conmovedora la forma en que sus acciones se combinan para que la deriva del bebito resulte en un destino sano y seguro. Esta película, como pocas, demuestra sin necesidad de grandes alharacas que lo personal es político: en un trabajo tan difícil resultan definitivos, en cada etapa, la calidad emocional y racional de los trabajadores, los vínculos que establecen entre ellos y el valor ético que otorgan a la tarea. Es significativo que, en esta historia, quien realiza el trabajo de cuidados de los niños huérfanos o dados en adopción es un varón de alrededor de 50 años: exactamente lo contrario del estereotipo. Y, aun así, nada luce forzado en esta realización, que entra, sin problemas, en la tradición de los grandes filmes realistas de investigación franceses, dirigidos por cineastas como Claire Simon –pienso, por ejemplo, en Las oficinas de Dios (Francia, 2008), aquella ficción basada en casos reales recopilados en un centro de planificación familiar–. En buenas manos logra un magistral equilibrio entre otorgar información fundamental para comprender los pormenores de una realidad específica y construir una aproximación sensible a personajes que resultan únicos en su manera de lidiar con los sentimientos que ese trabajo tan delicado les despierta. Una pequeña obra maestra francesa para aprender y emocionarse, todo al mismo tiempo.

Entre navajas y secretos (Knives Out, Estados Unidos, 2019). Este policial clásico de gran producción, narrado con maestría por el director Rian Johnson (conocido por su trabajo en uno de los episodios de la saga de Star Wars y en varios de los mejores capítulos de Breaking Bad), logra un balance muy inteligente entre humor y acción que resulta bastante inusual para lo que ha ofrecido el género en los últimos años. Es una película divertidísima: nada es lo que parece y los giros de la anécdota están tan bien planteados que una no puede más que entregarse con emoción al buen entretenimiento y establecer una empatía inmediata con la protagonista, Ana de Armas, y el detective que interpreta Daniel Craig en uno de los mejores papeles de su carrera. Hollywood todavía tiene sentido por películas como esta: cine que entretiene y opina al mismo tiempo, que funciona como evasión, pero, a la vez, propone un goce vinculado con el ejercicio intelectual de seguir una narración compleja en la que el suspenso se redobla en claro ascenso y todos los cabos se atan perfectamente. Por si fuera poco –y como en toda buena película clásica–, los personajes secundarios son gloriosos: Jamie Lee Curtis, Toni Collette, Don Johnson y Christopher Plummer encabezan un elenco simpatiquísimo. Aproveche y vaya a ver cine al cine, vecino, y compruebe que todavía, aunque sea por un ratito, se puede ser feliz.

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