La casa de al lado

La ejecución de Felipe Cabral en Punta Gorda.

La casa abandonada María Mercedes, donde fue asesinado Felipe Cabral / Foto: Leónidas Martínez

Ayer detuvieron a un vecino de la María Mercedes, la casa de Punta Gorda donde mataron al artista Felipe Cabral. Las rejas, el alambre de púas y los “vecinos en alerta” rodean su muerte.

 “Mientras caminaba encontré un cartel

que decía: ‘Propiedad privada’.

Pero el reverso estaba en blanco.

Ese reverso fue hecho para vos y para mí.”

Woody Guthrie (1912-1967),
cantautor estadounidense

A Felipe Cabral lo mataron por la espalda. Estaba sentado en el muro lateral de una casa abandonada cuando le dispararon en la nuca: no se desplomó, sino que se apoyó en el pasto, como si se fuera a dormir, en el momento que moría.

La escena se reconstruye gracias a la filmación de una vivienda de la cuadra que lo muestra cuando vuelve a la María Mercedes, una casa en Rambla República de México y Belastiquí, en Punta Gorda, en la que dos días antes había grafiteado “Plef”, su nombre artístico. Felipe tomó primero una foto desde afuera y luego caminó por la entrada del garaje para sacar otra desde el jardín. Apoyó la mochila y la bicicleta, se sentó en el muro del costado. Ya muerto, pasaron horas, toda la tarde, hasta que lo encontraron. Un hombre que pasó en dirección a la playa pensó que estaba dormido en el pasto. Pero cuando volvió a cruzarlo horas más tarde, exactamente en la misma posición, se acercó, llamó a la Policía. Felipe fue identificado como tal recién el martes siguiente gracias a sus huellas digitales.

Las imágenes no muestran el arma, tampoco al que la disparó. Se descarta, entonces, que hubiese sido alguien que estuviera sobre la rambla, y por eso se buscó en las viviendas contiguas.

La casa de al lado, que ayer jueves fue allanada por la Policía con todo un arsenal científico, llama la atención por sus rejas, sus alambres de púas, el cartel de “Vecinos en alerta”. De allí la Policía incautó armas y se llevó un detenido. Esta se ve más oscura y recluida que la que está abandonada.

Sin embargo, los vecinos hablan de la oscuridad de la María Mercedes. Allí vivió toda su vida un hombre con el mal de Diógenes, que fue foco del odio de un pueblo pudiente, que vio cómo crecía un pasto en el que se camuflaban los chorros que desde allí accedían a sus casas. Luego de que murió el dueño, hace unos dos años, la vivienda entró en sucesión, y se cortó el pasto, y le tapiaron las puertas y ventanas. La tranquilidad volvió.

El jueves llegó Plef, hizo su arte. El sábado volvió con la cámara de un celular, su bicicleta, la mochila. El martes, aunque allí hubiese muerto el autor, la fachada de la casa fue nuevamente tapada: Plef quedó debajo de la pintura blanca. Y en el barrio dicen que fue con buena intención. Aquello daba mala vibra, y si alguien más veía el grafiti y quería estampar su firma al lado, quién sabe si no podía ligarse otro tiro. Dicen, también, que lo que pasa es que el vecino que pintó de blanco, uno de los herederos de la María Mercedes, todavía no sabía que Felipe “era el hijo de…, que era un artista”.

PARA EL COSTADO. El asesinato ha desatado una serie de polémicas, no sólo por la frialdad y la violencia con que fue ejecutado, sino por el contexto. Hijo de Mario “Chichito” Cabral, percusionista y compositor mítico del canto popular uruguayo, Felipe solía colaborar con la Unión de Jóvenes Comunistas (Ujc) al tiempo que participaba en algunos proyectos vinculados a la música (integraba el colectivo de hip hop Contra Las Cuerdas) y a las artes visuales (Rsk, Ask, Magia Negra), en los que buscaba resignificar y potenciar el vínculo de lo estético con lo político.

El caso ha puesto en discusión la incidencia directa del paradigma securitario hegemónico –el que sostienen los discursos que circulan en televisión, que leemos en los diarios, que escuchamos en las radios y en algunas charlas cotidianas– que, en clave de campaña electoral, ha ganado en virulencia por parte de los voceros de los sectores más conservadores. Ese paradigma basado en la lógica del miedo (al otro, al potencial delincuente, al extraño que puede hacer daño) es funcional al desarrollo y profundización de una red de protecciones ligadas a la integridad de las personas y las propiedades que poseen. El mercado encuentra allí un campo fértil para la reproducción del capital, ofrece servicios amparados en la explotación del imaginario social dominante: seguridad privada –para aquellos que quieran y puedan pagarlo– y tecnologías de vigilancia. La trama discursiva formadora de la lógica del miedo cumple un rol fundamental en este proceso, ya que actúa como una frontera que separa el campo en dos –donde el “otro” es una potencial amenaza– y constituye un horizonte de sentidos funcional a la reproducción de las actuales relaciones de dominación; al volver al otro potencial sospechoso, criminaliza a priori determinados comportamientos (que son clasificados, ordenados y jerarquizados de acuerdo con las necesidades políticas) y estigmatiza determinados sectores sociales.

Felipe pertenecía, con conciencia de clase, a esos determinados sectores. No tenía antecedentes ni averiguaciones de ningún tipo. Los que lo conocieron dicen que “quizá se vestía de una forma no convencional y llevaba una vida bohemia, pero no era sospechoso de absolutamente nada”.

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