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El mundo sin Quino (1932-2020)

La clarividencia

Fue Juan Sasturain quien dijo que Quino era poseedor de una rara infalibilidad, por la perfección, la agudeza y el alto nivel de su humor gráfico. Y es verdad: en su vasta obra es prácticamente imposible encontrar un chiste fallido. Pero nadie diría que la importancia de Quino radica en su humor infalible. O, al menos, no solamente. Para varias generaciones de lectores, es su mirada sobre el mundo –lúcida, humana, irónica pero nunca desesperanzada– la que articuló lo que queríamos decir, pero no sabíamos cómo.

Afp, Juan Barreto

Ha muerto Quino y, claro, todo se agolpa: las despedidas, los homenajes, los ditirambos, los recuerdos, los juicios rimbombantes, la cursilería, las discusiones bobas (la mejor: el enojo recurrente con quienes lo llaman «el padre de Mafalda», cuando todos sabemos que el padre de Mafalda era aquel que se preocupaba porque su Citroën 2CV hacía un ruido: tiqui, tiqui, tiqui). Sin embargo, con todo lo desmedidos que pueden ser los juicios al momento de la muerte, a nadie le temblaría el pulso al escribir que la obra de Quino es ya un clásico. Clásico en la medida en que logra hablarle a una generación de lectores tras otra y resultar siempre nuevo y relevante. O, como diría Italo Calvino, clásico en tanto libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Clásico, también, por ser mater...

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