Luisa Cuesta (1920-2018)

La de indoblegable espíritu

A las 18 horas del miércoles murió Luisa Cuesta. La de mirada firme y tierna a la vez. La geografía inacabada de su rostro bien podía ser la de todas sus luchas: arrugas anchas, profundas, con caminos truncos y otros que tozudamente se abren para dar paso a la esperanza. Ninguno la condujo a su hijo Nebio ni a ninguno de los hijos desaparecidos. Murió con la verdad secuestrada, con la impunidad intacta, pero dejando un derrotero por donde continuar la lucha.

Luisa Cuesta en bicicleta con Mercedes Filippini, volviendo de la estación de la ciudad de Maastricht, Holanda, 1985 / Foto: Luis Delgado

“Ando caminando, luchando y ayudando en lo que pueda.” Así dijo, con su voz ronca y su tono arisco, Luisa Cuesta en uno de sus últimos diálogos con periodistas. Luisa fue –es– una madre que reclama el cuerpo de su hijo, pero es también la síntesis de esa búsqueda colectiva. Hace tiempo que no se la oía, pero su fuerza siempre estaba presente, no sólo en las marchas del silencio, también cada vez que un exabrupto militar o una agachada civil encendían, una y otra vez, el reclamo de terminar con la impunidad en todas sus variantes.

El reclamo es sistemáticamente ignorado, pero no es estéril. La muerte de Luisa, a sus 98 años, lo comprueba. ¿De qué se habla? De su tenacidad, de su espíritu indoblegable, de su lengua ácida, sin pelos, de su ejemplo. Y naturalmente, como extensión inevitable de su personalidad y de su trayectoria, se habla de la vergüenza de quienes resguardan sus secretos, del deshonor de mentir y huir para eludir las responsabilidades, de la ausencia de voluntad real para obligar a los culpables a confesar. La figura de Luisa, viva o muerta, enciende esos reclamos, porque esa figura encarna anhelos, necesidades y derechos que el paso del tiempo no diluye.

Cuando una madre exige respuestas por su hijo desaparecido no hay forma de dar vuelta la página. El ejemplo de Luisa confirma que no funcionan ni la amenaza ni las presiones, ni los argumentos susurrados, ni las justificaciones hipócritas.

Parece evidente que ni el tiempo ni los discursos borran la mancha indeleble que salpica a las Fuerzas Armadas desde hace cincuenta años; no hay agua jane que la elimine, ni siquiera un pedido de perdón, si no viene acompañado de lo que realmente importa: las respuestas sobre dónde están los cuerpos de los desaparecidos asesinados, sobre quiénes fueron los sicarios y quiénes los que dieron las órdenes. Ese día es posible que la mancha desaparezca; mientras, los nuevos cadetes, los nuevos alféreces, que nacieron dos, tres décadas después de los sucesos, deberán entender por qué, inevitablemente, deben cargar con esa mochila, compartir la culpa, hasta que ellos mismos, desde adentro, reclamen la única solución posible, porque son parte de una estructura que con su silencio, con su omertà, sigue reivindicando los crímenes cometidos y convirtiendo su honor en una burla.

La muerte de Luisa reavivó la fuerza del reclamo siempre presente, como lo reaviva cada ignominia judicial en favor de la impunidad. Desde su humildad, desde su sencillez, esta mujer que casi en el centenario continuó siendo madre y militante, es la prueba irrefutable de que la perseverancia y la firmeza engrandecen, y que la renuncia empequeñece. A veces se cuestionó su forma franca y directa de decir lo que pensaba, como si hubiera falta de buenas maneras. Pero es necesario tener convicciones sólidas y coraje para enfrentar a dos ex presidentes, Julio María Sanguinetti y Luis Alberto Lacalle, que asistieron a un acto en homenaje a los caídos en defensa de la democracia, organizado por clubes militares. “Yo digo: ¿nunca se les ocurrió ir a un acto nuestro?, ¿les parece más honorable ir a un acto de criminales que a un acto de quienes sufrieron la represión de criminales?”. Y cuando en el Batallón 14 de Infantería aparecieron los restos de quien después fue identificado como Julio Castro, Luisa decepcionó a quienes pensaban que tales hallazgos aplacarían los ánimos. Con tono de bronca, comentó: “Los milicos, uno a uno, son todos unos sinvergüenzas. No se puede esperar otra cosa de ellos”.

Pero así como el tiempo no ahoga el reclamo, tampoco desdibuja las responsabilidades. Otras generaciones de uruguayos escucharán el nombre de Luisa y de todos los luchadores por la verdad y la justicia, y también escucharán los nombres de los verdugos; y no habrá ninguna reescritura futura de la historia que pueda invertir la ecuación, como no lo logran los patéticos escritos que pretenden revertir la carga de la prueba en el origen de la tragedia de nuestra historia reciente.

En ocasión de recibir, en nombre de su tía, el premio de Brecha Memorias del Fuego, Nilo Patiño, integrante de Familiares, dijo: “Seguramente están esperando que la muerte, en su quehacer implacable, resuelva el problema. Pero se equivocan quienes así piensan, pues la vida –también en su quehacer implacable– trae nuevas generaciones activamente movilizadas, que no sólo continuarán la lucha contra la impunidad para asegurar que el Nunca Más se consolide más temprano que tarde, sino que construirán su propio camino en todas y cada una de sus reivindicaciones. Y de este destino Luisa jamás ha dudado”.

Foto: Nancy Urrutia, archivo, junio 1986

Anatole Julien

Conversamos en Buenos Aires a la salida del fallo en el juicio por el Plan Cóndor, en 2016. Era invierno y había llovido. Ella estaba siendo documentada por la Bbc y yo iba por un programa de Chilevisión. Ella me decía que le parecía extraño que no hubiera condenas más largas o perpetuas. Yo le decía que la entendía, pero que el fallo era un gran logro jurídico, un trabajo excelente de la fiscalía argentina y que, de haber estado vivos Augusto Pinochet o el mismo Manuel Contreras, habrían sido condenados en el marco de este acuerdo de inteligencias de tres países. Ahí nos asombramos y nos dimos un abrazo. Fue muy emotivo explicarle eso y verla alegrarse.

Semblanza

Luisa Cuesta nació en Montevideo el 26 de mayo de 1920, pero vivió desde los 5 años en Mercedes, Soriano, donde crió a su único hijo, Nebio Melo Cuesta, nacido en 1943. Fue detenida y recluida en el cuartel del Batallón de Infantería número 5, de Mercedes, en junio de 1973, y liberada a comienzos de 1974. En febrero de 1976 Nebio fue secuestrado en Buenos Aires junto con otros militantes del Partido Comunista Revolucionario, y Luisa decidió abandonar Uruguay y trasladarse a Holanda, desde donde denunció la desaparición de su hijo, de quien nunca más tuvo noticias. Regresó a Uruguay en 1985, después de la restauración democrática, y en 1989 fue una de las fundadoras del grupo Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos. A lo largo de su militancia, y como referente de las madres, recibió numerosas distinciones: el título doctor honoris causa, de la Universidad de la República, y el título de ciudadana ilustre de Montevideo; además, el Correo Uruguayo la homenajeó con un sello.

En 2015 sufrió un accidente vascular que obligó a su internación. Falleció a las 18 horas del miércoles 21. Su sepelio se efectuará hoy viernes al mediodía en el Cementerio del Norte.

Adiós, Luisa

Luisa fue de las últimas en incorporarse al pequeño grupo de Madres y Familiares de Detenidos Desaparecidos, que en un principio nos reuníamos en la casa de Luz Ibarburu. Venía de Holanda, donde había formado parte de Agrupación de Familiares de Uruguayos Desaparecidos (Afude), y sin duda allí también fue una luchadora incansable. Muchas otras personas podrán describir la trayectoria de Luisa, de su vida en la ciudad de Mercedes, de su detención en la dictadura, de su exilio en Holanda, con más precisión que yo.

Quisiera, sí, trasmitir aquellos reencuentros semanales, en un boliche cercano a la vieja casa del Serpaj, donde entonces hacíamos las reuniones del grupo de Familiares. Se habían convertido en un hábito que nos gustaba. La porción de piza, la copa de vino o de refresco no sólo recompensaban el apetito de las últimas horas del día, también eran un momento de distensión.

En el desorden de los comentarios, del recuerdo de lo omitido por olvido, siempre, siempre, se iba instalando el hijo desaparecido, la hija desaparecida. Así, yo, que los conocí con un nombre que no era siempre el propio o desde un discurso político, fui construyendo esa otra imagen, la que sus madres recreaban. Cuando llegaba ese momento escuchábamos a la otra. Eran relatos dulces que nacían de los meses que los habían tenido en sus vientres, de los brazos que los habían acunado… y de esos pasos interminables que seguían dando para buscarlos.

En vos, Luisa, el recuerdo inolvidable de todas esas madres.

Sara Méndez

Siempre

Luisa se llevó un dolor en el que egoístamente preferimos no adentrarnos, un dolor que apenas rozamos, pero que no se tragará su tumba. Luisa fue una de esas mujeres que transformaron el dolor en acción, que salieron a las calles a militar, enfrentando sus temores, con el amor y la firmeza como herramientas. Allí las vimos, pero siempre estuvieron ahí, veladas por la privacidad doméstica, sosteniendo los cuidados de los familiares de los presos políticos, preparando los “paquetes” a medida de las absurdas pretensiones de los carceleros. Su tenacidad ya es parte de la historia, y su dolor también es memoria. Eso es y será Luisa.

Lourdes Rodríguez

Elena Zaffaroni

A pesar de que es una muerte esperada, es una muerte que no queríamos. Yo no quería, y creo que nadie quería. Luisa es eterna y lo seguirá siendo porque su impronta caló en la sociedad, lo estamos viendo hoy con todo lo que moviliza su muerte. Fue una mujer impresionante, por su fuerza, su sencillez para decir las cosas, por su carácter.

Deja algo muy pleno, ella enseñó con su vida, con su entrega, y con su herida también. Iba al boliche después de las reuniones y siempre tenía una disposición muy buena para conversar con todos sin pretender ser una figura; tenía a los desaparecidos, a todos, como sus propios hijos.

Para Luisa los jóvenes eran su desvelo. Había una cercanía, una manera especial de comunicarse con ellos. Fue así toda su vida, su casa siempre estuvo de puertas abiertas para todo el que llegara. No quería que nadie pasara lo que ella pasó, quería que estuvieran alertas, atentos, que estudiaran, que se formaran, les hablaba de lo que no se podía permitir, como el silencio.

Más que la imagen de todo lo que no logró, creo que hay que centrarse en lo que logró y en lo que sigue logrando. Hoy nos vuelve a conmocionar, a interpelar, vuelve a cuestionar a los gobernantes que tienen que dar respuestas: dónde están y por qué siguen apañando una impunidad que cuestiona la democracia.

Tenemos una bronca que la hemos vivido con la muerte de cada madre. Algunas tenían una personalidad que trascendía a la propia lucha, tenían una fuerza propia, como Luz, como María Ester, como Violeta. Le hicieron mucho bien a la causa. Con cada una que se va sin respuesta volvemos a preguntarnos: ¿por qué? Los gobiernos del Frente Amplio dieron más, en leyes, en aspectos generales, pero no en el corazón del tema: lo que pasó en la dictadura, lo que hicieron los represores y siguen haciendo, porque tienen la verdad secuestrada hasta el día de hoy. En eso la vieja nunca claudicó: “Quiero la verdad, quiero saber, quiero todo”. Con pocas palabras, ella era muy potente en ese reclamo.

Victoria Julien

Mi nombre es Victoria Larrabeiti, o Victoria Julien, como se me reconoce en mi identidad recuperada. Quisiera decir unas palabras por Luisa, a quien conocí hace más de una década, cuando se cumplieron 30 años del golpe de Estado en Argentina y las Abuelas convocaron a hijos de desaparecidos de todo el continente. ¡Me sorprendió tanto esa mujer tan pequeñita! Me impresionó mucho su calidad humana, esa fuerza que tenía aún en el atardecer de su vida, ese ímpetu para no bajar los brazos y seguir buscando a su querido hijo. ¿No es lo que haría cualquiera que estuviera en su lugar?, ¿o en nuestro lugar? Nunca me voy a olvidar de su mirada paciente, que trasmitía que le faltaba alguien, que había una mano a la que no podía tocar, un cuerpo al que no podía abrazar. Ella, junto con el resto de las madres, son ejemplos de esta búsqueda que va a durar toda nuestra existencia. La suya llegó hasta aquí, pero eso no significa que tenga fin, es el legado que nos deja. Es una tarea vital de la que todos somos parte, a todos nos corresponde un pedazo de responsabilidad. Es un ejemplo a seguir.

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