La década en que estuvieron en ninguna parte

Los papeles de Idea II.

Manuscrito de los papeles de Idea Vilariño

Hace dos semanas denuncié la venta de manuscritos de Idea Vilariño a la Universidad de Princeton en contravención a su expresa voluntad testamentaria. El caso convocó el interés y la indignación de muchísimos uruguayos que manifestaron su solidaridad con esta causa. Esta nota busca ampliar la información y ser una apelación a quienes pueden actuar de cara al futuro.

No se trata de un mero conflicto entre civiles, no es un problema entre el heredero Leandro Funes y yo, designada por la poeta para administrar su obra y su archivo. Tampoco es un caso de rivalidad entre críticos en patética disputa por los documentos que, cada tanto, registra nuestra historia intelectual. Es, así lo entiendo, así espero que se comprenda, un tema de patrimonio cultural, un caso concreto pero ejemplar. Una historia de violencia, porque contrarió la voluntad expresa de una gran poeta sobre el destino de sus papeles, y de despojo, porque privó al país de una herencia material y simbólica que debió permanecer aquí, donde pertenece. Es, por lo tanto, también una responsabilidad de todos los uruguayos de hoy para con los uruguayos del futuro. Y es, sobre todo, un caso todavía abierto que debe investigarse para saber lo que pasó y que da la oportunidad de incidir sobre lo que vaya a suceder.

Desde que, en setiembre de 2017, tomé conocimiento de la venta de los papeles de Idea a Princeton, demoré 19 meses en hacer pública la noticia porque el caso era tan grave que sentí que debía tomar todos los recaudos. Visité personalmente la biblioteca Firestone,1 dos veces en un año. En abril de 2018, aprovechando la invitación a un congreso, hice un primer viaje de reconocimiento, y en setiembre, gracias a la beca Pulgrant, pude estudiar los cuadernos durante dos semanas. Sólo después, a fines de diciembre de 2018, con el asesoramiento de mis abogados, presentamos una denuncia a la Comisión Nacional de Patrimonio por la salida ilegal del país de los documentos y se tramitó la denuncia penal al heredero por la venta de los manuscritos.

Aunque actué sola, sé que lo hago en representación de la voluntad de Idea y que reivindico una causa que es de todos. Ese principio de representación y de intermediación es lo que también define el poder y la responsabilidad del Estado, al que entiendo corresponde asumir esta defensa patrimonial. Es el momento de apelar al involucramiento de todos los que ocupan responsabilidades sobre estos asuntos de patrimonio, de archivos, de cultura y de soberanía (debieran ser sinónimos). Estoy tendiendo puentes y solicitando entrevistas para promoverlo. Muchísimas personas me han preguntado qué se podía hacer y se ofrecieron a juntar firmas, a difundir la noticia en el exterior y hasta a organizar una marcha, lo que entre tantas tensiones me regaló una sonrisa.

ADMINISTRAR UN MITO. La perspectiva de encargarse de la obra y del archivo de un escritor admirado es siempre promisoria; una tarea luminosa, una aventura intelectual. El trabajo que hicimos con Alicia Torres y Virginia Friedman sobre los diarios, y luego con Ignacio Bajter en la edición de los estudios sobre los ritmos, tuvo, además del esfuerzo, la alegría de esa mística. Por mucho tiempo no tomé conciencia de que yo venía a interferir con las ambiciones de otros y, aunque ese candor sin duda me ayudó a seguir trabajando, el objetivo de sacarme de en medio iba a someterme, muy pronto, a un acoso sistemático y a maniobras sucesivas, subrepticias siempre, que obstaculizaban la administración de la obra. Un día me enteré de que habían contratado a mis espaldas una edición en España, porque me llamó desde Madrid una periodista del diario ABC para pedirme un juicio sobre la poesía de Idea para una cobertura. Traductores y editores que autoricé empezaron a padecer el hostigamiento de la abogada patrocinante. De buena fe, yo había proporcionado al heredero copia de esos contratos junto al pago de sus derechos, y usaron la información para enviarles mensajes conminatorios buscando amedrentarlos y difamándome. Hoy es un tema que está en la justicia, que debe definir a quién corresponde el manejo de la obra.

Para que el lector se haga una idea, he venido autorizando todos estos años ante Agadu adaptaciones musicales de poemas, piezas teatrales, grabación de discos y de canciones, solicitadas en Uruguay y en el resto del mundo. Lo que generan esos derechos lo cobra el heredero. El caso más curioso sobre el que tuve que decidir tiene aristas cómicas e ilustra con contundencia lo que está en discusión. Esa vez, el pedido de autorización llegó del departamento de publicidad de Agadu. La propuesta era por “Los orientales”, la famosísima canción con letra de Idea y música de Pepe Guerra que cantan desde siempre Los Olimareños; la pedían para una propaganda radial y ofrecían mil dólares. Todos sabemos la letra: “De todas partes vienen los orientales… Salen de los poblados, del monte salen, en cada esquina esperan los orientales…”. ¿De qué podía ser la propaganda? Sencillo: autos japoneses. No dejaba de ser ingenioso, pero fue una de las raras veces en que negué una autorización: “No creo que Idea Vilariño hubiese estado de acuerdo en que esa canción que fue para tantos un himno acabase siendo utilizada para vender autos”. Como siempre pasa en asuntos de arte, cuando entra a tallar el lucro, pierde el arte.

Más allá de la anécdota, la pregunta es si se puede dejar que la avidez por el dinero degrade estos hoy llamados “bienes inmateriales” que son parte de la identidad de todos. Y es esa prerrogativa la que reclama para su cliente la abogada patrocinante.

DOS POEMAS PARA BETO. Hay un capítulo misterioso que la aparición en Princeton de los “cuadernos de poesía” de Idea Vilariño ha abierto. ¿Dónde, en qué manos estuvieron durante todo este tiempo? Junto con Virginia Friedman, encargada del Archivo Literario de la Biblioteca Nacional, que trabajó junto con Idea en sus últimos años, hemos tratado de reconstruir la historia y de establecer el momento en que faltaron. La primera vez fue en ocasión de la edición de La vida escrita, en 2006, cuatro años antes de la muerte de Idea. Me interesaba incluir originales manuscritos en ese libro álbum. Virginia, que visitaba periódicamente a Idea y estuvo a cargo de la “Recopilación de materiales y archivo”, no encontraba originales de los poemas en su casa. No pensé entonces en una falta grave, quizás porque era sencillamente inimaginable. La vida escrita dio a conocer por primera vez fragmentos de su diario íntimo, y el foco estaba en eso. Hubo otro detalle respecto a este libro que delató esa misma ausencia. Beto Oreggioni, amigo y editor de Idea que alguna vez había imaginado un libro parecido al que íbamos a hacer, había muerto el 26 de diciembre de 2001. Al poco tiempo, Idea me dio un papelito donde había copiado un poema que escribió para él. Al momento de hacer La vida escrita, decidimos que el libro estaría dedicado a Beto. Quise que el poema acompañase la dedicatoria, pero, no podía encontrarlo. Recurrí a Idea, pero, por más que lo buscó con Virginia, tampoco encontró el suyo. Entonces, maravillosa, dijo: “No te preocupes, hago otro”. Es el que está en la página 4 debajo de la frase “A Alberto Oreggioni in memoriam” y dice: “Beto/ cómo pudiste/ Beto/ nos dejaste caer/ diste vuelta tu rostro/ retrajiste la mano/ cómo el amor no pudo/ los versos no pudieron/ cómo pudiste/ Beto”.

Diez años después, sentada en la sala de lectura de la Firestone Library de la Universidad de Princeton, me reencontré con el primer poema, copiado por Idea en el que fue su último cuaderno, el 23: “Qué pena Beto/ sí/ qué enorme pena/ perderte así/ dejarte así/ soltar tu mano ahora/ que no me oigas ya/ que no me quieras más/ que ya no estés”.1

Ese encuentro, además de pena y emoción, nos dio un dato revelador: la franja de tiempo en que debieron de desaparecer los cuadernos de Idea tuvo que ser entre 2002 y 2006-2007, cuando editamos La vida escrita. De allí, el convencimiento de que esos cuadernos no estaban en su casa; de allí, el reclamo al heredero para que diga de dónde sacó lo que vendió.

Cuando tuve que elegir un título para el proyecto que iba a postular sobre las claves de sus manuscritos, no dudé: “Poetry and truth”, un par que describe también este desafío en el que andamos: poesía y verdad.

1.   Firestone Library RBSC C1567 B1067 F1, según su lejana colocación actual.

Sobre la aclaración del profesor Rocca

No aclare que oscurece

En resumen: Pablo Rocca no tiene ningún documento que legitime la posesión de los documentos de Sadil. Fue un “obsequio”. No parece verosímil. Idea tuvo una conciencia clara de la integridad de su archivo y se pasó la vida haciendo y deshaciendo testamentos, fabricando y anulando documentos para establecer su legado, pero Idea ya no está para dirimir el caso, como no estuvo tampoco cuando esos documentos tomaron su “apresurado” estado público, unos meses después de su muerte.

Pablo Rocca iba a ser el legatario de ese archivo. Eso era sabido, Idea decía que ya “estaba todo arreglado”. Rocca no dice hoy nada al respecto. No argumenta, no explica por qué o para qué le regaló Idea esos manuscritos, no da testimonio de un archivo que conoció. Niega y ataca, para lo que recurre a un viejo caballito de batalla: los catálogos. Sabe que no es necesario que exista un catálogo para poder consultar un archivo, pero pretende ignorarlo. El archivo de Idea en Princeton no está catalogado y me resultó muy consultable las dos semanas que pasé investigando. En 2015, Rocca recurrió al mismo libreto para decir que los archivos de Carlos Martínez Moreno y de Hugo Alfaro, donados recientemente entonces a la Biblioteca Nacional, estaban cerrados a la consulta pública (lo que no era verdad) porque estaban sin catalogar. (Lo hizo en una reseña sobre el libro de Carmen de Sierra Carlos Quijano y Marcha.)1 Resulta un poco inverosímil que no supiese que la profesora Gabriela Sosa había estado investigando el archivo de Martínez Moreno, dado que era entonces su pareja y vivía con ella. Y bastante infame que escribiese su provocación en Brecha, la casa de Hugo, sin pensar si ofendía a Milita o a Celia, que habían hecho la donación.2 Humanamente es triste porque esa nota, en la que no pudo evitar el rencor, era, según creo, su regreso al semanario después de mucho tiempo. Dirá otra vez que reacciono tarde. Lo hablé con la familia de Alfaro y resolvimos dejarlo pasar, algo que seguro no puede entender.

Aunque la formulación de la pregunta sobre los contenidos del archivo depositado en la biblioteca parece en exceso demandante y ampulosa, considerando que quien la hace la hace por primera vez, la respuesta es sencilla. En 2009, el mismo año de la muerte de Idea, se hizo un inventario minucioso, con la participación de la escribana de la Comisión de Patrimonio, Alicia Bordoli, de Alicia Torres y de la encargada del Archivo, Virginia Friedman. Pensé que Rocca conocía el inventario porque Coriún Aharonián, que integraba la Comisión de Patrimonio a la que se entregó el inventario en enero de 2010, cuando el archivo de Idea fue declarado monumento histórico, me preguntó si podía mostrárselo a Rocca. Y le dije que sí, sin problemas. Si no lo conocía, lo que no entiendo es por qué, en lugar de preocuparse por cuándo íbamos a publicar el diario, no preguntó nunca por los manuscritos de los poemas.

Ignoro por qué fue que Idea Vilariño cambió su opinión y no encargó el cuidado de su archivo a Pablo Rocca, pero una vez le pregunté por qué me lo dejaba a mí: “Creo que tenés la sensibilidad necesaria”, dijo. He tratado de estar a la altura de esa expectativa, no de las que me quieran imponer.

1.   Véase “El proyecto y el mito”, Brecha, 17-VII-15.

2.             El archivo de Hugo Alfaro, que contó desde el primer día con una minuciosa descripción hecha por Celia, su esposa, fue desde los comienzos un archivo muy consultado y del que se hizo después una base de datos.

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