La ética perdida

«Qué falta hace Leonel Brizola”, escribe el periodista Antonio Martins en Outras Palavras. Recuerda que en agosto de 1961, cuando era gobernador de Río Grande del Sur, los generales Odílio Denys y Orlando Geisel le lanzaron un ultimátum: “Exigían que desmovilizara a las miles de personas que convocó al Palacio da Piratini, para enfrentar una conspiración contra la asunción del vicepresidente João Goulart, luego de la renuncia de Jânio Quadros”.

Goulart era rechazado por lo militares por sus convicciones políticas de izquierda y vetaron su ascenso al poder. “Nadie me va a dar un golpe por teléfono”, fue la respuesta airada de Brizola.

Ordenó levantar barricadas en torno del palacio de gobierno e instaló nidos de ametralladoras en las terrazas. “Su fuerza militar era ínfima, pero su gesto mostró a los que resistían la arrogancia de las oligarquías, que no estaban solos y que había cómo luchar”, escribe Martins. Denys y Geisel retrocedieron, la multitud permaneció y Goulart asumió la presidencia.

La actitud de Brizola contrasta vivamente con la izquierda que emergió después de la dictadura. No se trata de armas, sino de la decisión de resistir. Estaba moldeado por otra cultura que la de Lula, con quien tuvo pésimas relaciones. ¿Cómo explicar los cambios?

La izquierda anterior al golpe no era ni mejor ni peor que la actual. Era diferente. Una buena parte de sus miembros no aspiraban a la comodidad que otorgan los cargos de poder, no soñaban en el consumo, ni en imitar los hábitos de los ricos. Tenían proyectos de vida colectivos que defendían poniendo el cuerpo.

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