La invención de los libros - Semanario Brecha
Irene Vallejo en Montevideo

La invención de los libros

Literatura y autobiografía, filosofía e historia, mitos, filología y cultura popular, Oriente y Occidente, el dato y la imaginación. Inteligente y amena, Irene Vallejo invita a acompañar su viaje a través del tiempo y la geografía: un torbellino de signos y preguntas que sobrevuelan la aparición de la escritura y los orígenes del libro. Su mirada fresca y erudita da forma a una obsesión, ofrece una historia de la lectura y reivindica al lector.

En la Intendencia de Montevideo. FEDERICO GUTIÉRREZ

Nadie que lea El infinito en un junco (2019) puede sentirse forastero entre sus páginas.1 La escritura de Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) cautiva al público especializado y al que no lo es. Publicado por primera vez en Madrid por Ediciones Siruela, pocas personas deben haber imaginado que un ensayo de 450 páginas sobre la historia del libro y la cultura en el mundo antiguo se convertiría en un fenómeno de ventas (más de 1 millón de ejemplares en todo el mundo), sería traducido a 40 idiomas y conquistaría una veintena de galardones, entre ellos el Premio Nacional de Ensayo que otorga el Ministerio de Cultura de España. Aunque, la verdad, el libro va más allá de su género: concierta categorías y quebranta clasificaciones.

Vallejo estudió Filología Clásica y obtuvo el doctorado europeo por las universidades de Zaragoza y de Firenze. En su obra de ficción destacan La luz sepultada (2011), una historia cotidiana en Zaragoza ante el estallido inminente de la guerra civil en 1936, y El silbido del arquero (2015), que interroga la peripecia de Eneas y la construcción del héroe a partir de la derrota y reflexiona sobre conflictos actuales como la guerra, las migraciones y el desarraigo. La filóloga aragonesa se adentra en la historia antigua a la luz de prácticas literarias contemporáneas. Publicó además literatura infantil y juvenil: El inventor de viajes (2014) y La leyenda de las mareas mansas (2015), colabora en medios de prensa como Heraldo de Aragón y El País de Madrid y dos libros recopilan sus columnas semanales: El pasado que te espera (2010) y Alguien habló de nosotros (2017). En El futuro recordado (2020) convoca voces del pasado y toma el pulso a nuestra época. En Manifiesto por la lectura (2020), un texto que nace a propuesta del Gremio de Editores de España, reflexiona en torno a la lectura y por qué su práctica es importante para la democracia.

La frágil figura de Irene Vallejo parece tallada en espuma, pero es una mujer acostumbrada a enfrentar las adversidades más severas con una decisión y un vigor inusitados. El 15 de mayo fue declarada visitante ilustre de la ciudad de Montevideo y deleitó a la multitud que desbordaba el Salón Azul de la Intendencia y el espacio contiguo que previsoramente se había acondicionado con pantalla gigante. Cientos de personas pudieron verla y escucharla, mucha gente naufragó en la espera de una fila que caracoleaba hasta el atrio del edificio municipal. El fenómeno es sorprendente. Nunca vi en Uruguay que un escritor, en este caso una escritora, suscitara un furor manso y colas de tal longitud. A esas audiencias fieles y entusiastas Irene se dirige con su sonrisa dulce y la misma empatía que pone en juego a la hora de pensar y de escribir. Posee atributos que no se encuentran fácilmente: el equilibro perfecto entre divulgación y erudición, un talento indudable para insertar historias en el corazón de la Historia, para saltar con gracia de lo culto a lo popular, para traer a cuento episodios de su biografía y convertir lo personal en universal.

LOS LIBROS LE GANAN AL OLVIDO

—Visitaste Montevideo por primera vez hace más de 20 años –cuando aún no eras famosa– con la intención de seguirle los pasos a Horacio Quiroga en su ruta a Misiones. ¿Por qué ese interés y cuál fue el resultado?

—Me habían deslumbrado sus Cuentos de amor, de locura y de muerte y me interesaba el vínculo con la poeta Alfonsina Storni, una mujer libre y valiente, madre soltera, su muerte me conmueve. Ambas figuras eran muy importantes para mí. El viaje fue una peregrinación literaria que hicimos con mi padre en el 2000. Partimos de Montevideo, fuimos a Colonia del Sacramento, cruzamos a Buenos Aires por el río, seguimos hacia Misiones y llegamos a la casa de Quiroga. Mis padres se hicieron lectores de literatura latinoamericana durante la dictadura española, compraban libros prohibidos en las trastiendas de algunas librerías, clandestinamente, libreros amigos los traían de contrabando.

Hay ciudades a las que nunca se viene por primera vez, hay ciudades que se conocen por rutas de papel, caminos que se transitan con la imaginación y después con el cuerpo y la mirada, y este es mi caso con Montevideo. Visité Santa María antes que Montevideo, amé a sus autores, a sus poetas, Delmira, Felisberto, Ida, Marosa, Idea. La poeta favorita de mi hijo es Juana de Ibarbourou.

—¿Cómo surge tu amor por los libros?

—Durante mi infancia me leían cuentos antes de dormir, era el momento más feliz del día. Una noche mi padre me empezó a contar la historia de Ulises. Me fascinó sin yo saber que era un clásico de la literatura ni entender el peso cultural de aquella obra. Él me fue contando, noche tras noche, La Odisea, y yo creía que mi padre la inventaba para mí, todo ese mundo de dioses y héroes fue a mi encuentro, no tuve que ir a buscarlo, ahí empezó todo. En El infinito en un junco evoco aquellos momentos que me convirtieron en filóloga clásica y en escritora. Me fascinaron esas historias fundacionales que hablan de cómo somos, de dónde venimos. Me pregunté cómo esas «palabras aladas», como dice Homero, llegaron a nosotros. Cómo conseguimos que esas historias no se extinguieran y sigan resultando fascinantes.

—Luego de un período académico dedicado a la investigación y los estudios filológicos, ¿cómo fue el salto a la escritura de ficción y qué te condujo a contar la historia de los primeros libros como «una novela negra» (según Petros Márkaris), «un ensayo de aventuras» (en palabras de Luis Landero), un libro de viajes en diálogo con lo contemporáneo y mediado por el giro autobiográfico?

—Rodeada de todos los apocalípticos que nos decían que los libros en papel eran un ritual obsoleto, que naufragarían en la luz de las pantallas, sentí un deseo profundo y optimista de rebelarme. El libro es el protagonista de El infinito en un junco: pasa por todas las peripecias del héroe y finalmente es un sobreviviente gracias a un clan que es la tribu lectora y las personas que trabajan en la educación, las bibliotecas, las editoriales. También quería contar su historia. Esas profecías de extinción no tuvieron en cuenta que el libro, como el dinosaurio, siempre está ahí.

Era un momento muy difícil de nuestra vida, acababa de ser madre y nuestro hijo había nacido con graves problemas de salud, estuvo hospitalizado casi todo su primer año de vida, no sabíamos si iba a sobrevivir. Cada día, al regresar del hospital, escribía, era la mejor manera de olvidar momentáneamente la angustia y la ansiedad, olvidar el hospital, tratar de resistir, por eso me puse a escribir. También quería cerrar el capítulo de una tesis que había quedado constreñida a un círculo muy limitado de personas. Fueron cuatro años, los peores de la enfermedad de mi hijo, escribí con toda libertad porque no esperaba nada, estaba convencida de que sería mi último libro, que mi carrera literaria se acababa, ni siquiera sabía si lo podría terminar ni si a alguien le interesaría. Resultó un texto híbrido que propone un viaje desde los lejanos tiempos de las tablillas mesopotámicas hasta los actuales e-books. Contiene todo lo que soy y todo lo que aprendí. Encontré lo que llamo cariñosamente «la tribu del junco», una familia internacional que celebra los libros y quiere que estén siempre a nuestro lado, una familia que los gurúes de la catástrofe habían subestimado.

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo, de Irene Vallejo. Penguin Random House, Barcelona, 2023. 450 págs.

BORGES Y EL INFINITO

—¿Cómo apareció el título?

—El inicial era Una misteriosa lealtad, en homenaje a Jorge Luis Borges, que está en el núcleo del libro y es una inspiración constante. Dijo sobre los clásicos «que las generaciones de los hombres, urgidas por diversas razones, leen con previo fervor y con una misteriosa lealtad». Busqué la definición poética que acotara el tema, una contradicción, una tensión: el infinito comienza en el humilde junco que crece a orillas del Nilo y que hizo posible la invención del papiro. Como en la borgiana biblioteca de Babel, en los papiros cabe el universo. La paradoja existe entre lo frágiles que son materialmente los libros (de barro, madera, papel, ahora luz) y que sin embargo han sido los vehículos de todo el conocimiento y el arte del mundo. Si no existieran, deberíamos empezar de cero cada día. La variedad de formatos nos da más posibilidades y opciones. Los antiguos vivieron algo similar con los papiros, los pergaminos, los códices. Durante mucho tiempo se usaban indistintamente según el lugar, la ocasión y las necesidades de cada lector.

El infinito en un junco comienza con unos jinetes misteriosos y termina con unas bibliotecarias a caballo, ¿por qué la circularidad de esas figuras en movimiento?

—Transmiten la historia de 30 siglos y articulan el final con el principio. Los jinetes son militares despiadados a quienes el rey de Egipto envía por el mundo a comprar o robar todos los libros que existen, con el fin de enriquecer la Biblioteca de Alejandría. Las mujeres son bibliotecarias ambulantes que antes de la mitad del siglo XX recorren Estados Unidos para entregar libros a las poblaciones de Kentucky, a donde nunca habían llegado.

Son dos metáforas y dos movimientos, el segundo sucede luego de un largo proceso de democratización del saber. Ese viaje incorpora a la mujer en roles intelectuales por los que venía luchando desde hacía mucho tiempo, y recupera a personas anónimas como las madres, las maestras, las bibliotecarias, salvadoras de libros a lo largo de 30 siglos que, parafraseando el poema «Los justos», de Borges, están salvando el mundo sin conocerse.

VOCES DE MUJERES SILENCIADAS

—¿Era muy diferente el lugar que ocupaban las mujeres en Grecia y en Roma? ¿Hay voces literarias?, ¿cuál fue el primer texto conocido?

—Mientras estudié en la universidad, la cultura y el conocimiento de la Antigüedad era un paisaje sin mujeres, solo aparecía Safo de Lesbos, la única que integra el canon de la literatura griega. Me pregunté cómo era que no estaban, ¿no leían?, ¿no contaban historias?, ¿no escribían?, ¿consiguieron algo a pesar de tantas dificultades? Mis profesores nunca respondieron esas preguntas. Decidí investigar y fui a fuentes muy antiguas, pero los eruditos no decían mucho, algunos apenas dejaban caer una nota al pie, una referencia que habla de maestras, poetas, filósofas y sabias. Recopilé añicos que me fueron ayudando a reconstruir un paisaje, aunque fuera de ruinas, una imagen fragmentada que me permitiera dejar constancia de la existencia de esas voces desvanecidas de escritoras rebeldes que transgredieron la prohibición de adueñarse de la palabra cuando esta era patrimonio de los varones.

—¿Algún otro nombre a destacar?

—Sí, llegué a un personaje del que nadie me había hablado durante mis años de especialización, Enheduanna, una sacerdotisa acadia nacida en la Mesopotamia, la primera escritora que registra la historia, muy anterior a Homero –quien quiera que este sea–, anterior al autor del Poema de Gilgamesh. Enheduanna fue la primera persona, no la primera mujer, la primera persona que firmó un texto, o por lo menos el primer texto firmado que se conoce. Es decir, el paso de la literatura anónima a la literatura con firma sucede a través del gozne de una voz femenina. ¿Cuántas otras quedaron silenciadas, desconocidas o descuidadas después de su muerte? Me pareció hermoso restituirles su lugar, aunque no se conserven sus textos, recuperar algunos versos o fragmentos para que se vea que las mujeres existieron, por lo menos en las esferas sociales del poder donde pudieron tener cierto protagonismo, para decir que siempre estuvieron del lado de la palabra y del relato. Aunque fueron pocas, fueron muchas más de las que pensábamos.

—Según tú, ¿quiénes habrán sido las primeras narradoras de la Historia?

—Mi hipótesis es que si la construcción de un relato se describe con términos y expresiones como telar, tela, tejido, el nudo del argumento, la trama de la narración, hilvanar ideas, bordar el discurso, hilar palabras, el hilo del relato (en Twitter seguimos hablando del hilo), es posible que las primeras narradoras de la Historia fueran mujeres que, reunidas para coser, empezaron a contarse historias utilizando palabras de lo que estaban haciendo. La metáfora del tejido es constante en la creación verbal. Veo una etimología reveladora que nos habla de texto y textil. Quise homenajear a esas genealogías que desembocan en mi madre y en mi profesora de griego, que fueron tan importantes en mi formación.

—¿Cómo te explicas el éxito abrumador de El infinito en un junco?

—El libro apareció en 2019 y se leyó, sobre todo, durante la pandemia, tal vez los lectores tuvieron la necesidad de sumergirse en ese viaje histórico que es también una aventura. Si la palabra ensayo puede espantar a algunos lectores, yo había aprendido en la práctica del periodismo que al dirigirme a un público amplio debía escribir de la manera más transparente las cuestiones más complejas, sin perder rigor. Traté, entonces, de darle una cierta resonancia y musicalidad, busqué un tono que intentó ser cálido para que la gente sintiera que había alguien cerca susurrándole una historia al oído. Nunca pensé que tanta gente lo leería y recomendaría: este flexible junco, tan traducido. Cuando daba clases, reparaba en que lo que los alumnos recordaban eran las historias, la emoción que nos produce un relato. Me pregunté cómo contaría Scheherezade la historia de los libros. Una historia que pasa por Alejandro Magno, obsesionado con Homero y admirador de Aquiles y de La Ilíada (dormía con un ejemplar debajo de la almohada), y por los Ptolomeos, de origen griego. Homero es el nombre que le damos a un enigma. Está en el territorio fronterizo entre oralidad y escritura. Emociona pensar en aquellos primeros momentos: atrapar las palabras, que según Homero huían como pájaros. El infinito en un junco es una invitación a viajes posibles e imposibles.

—¿Qué te llevó a escribir la novela El silbido del arquero?

—La conmoción de la guerra de Siria. Yo trabajaba en el Heraldo de Aragón cuando empezaron a llegar las primeras fotografías del éxodo de los refugiados que se lanzaban a las balsas y los barcos para huir de la guerra. Ya lo había contado Virgilio en La Eneida. Pensé en Eneas abandonando Troya y naufragando en el Mediterráneo. El mito del que huye parecía revivir delante de mis ojos y ofrecía una lectura sugestiva para el mundo contemporáneo, atravesado de exilios y migraciones. Estamos acostumbrados al héroe que vence en combate, es uno de los requisitos de la heroicidad, pero Eneas pierde su guerra y huye; en lugar de quedarse a morir, salva a su padre y a su hijo y escapa, algo que parece muy poco heroico. La deriva de quienes huían de la guerra en Siria me recordaba los vagabundeos de Eneas intentando encontrar el camino que le marcaba su destino. Lo recordé en esa Europa que con la llegada de los emigrantes y los refugiados ensanchaba los movimientos de extrema derecha; hay que tener presente que si alguien puede tener derecho a ser llamado el primer europeo, ese es Eneas, porque es el padre el Imperio romano que por primera vez unifica a Europa bajo un mismo poder.

—¿Qué características tenía ese primer europeo?

—Era extranjero, emigrante, refugiado, derrotado, un hombre solo. Es mucho más héroe ese Eneas que salva lo poco que queda después de la batalla, que héroes como Aquiles, que prefieren morir para conseguir la gloria. Me pareció una historia muy moderna.

El silbido del arquero tiene mucha relación con El infinito en un junco, aunque es otro género y está separado por esa muralla teórica que establecemos entre la ficción y la no ficción. Fue el principio del experimento. Es una novela de ideas donde comencé a jugar con esos territorios fronterizos que siempre me interesaron. El tipo de relato y de estructura fragmentaria de perspectiva múltiple donde ningún personaje posee toda la información y el lector debe ir ajustando las piezas como en un mosaico, el polifónico de un clásico.

1. Al respecto véase en Brecha «Como la rueda», de María José Santacreu, 26-VI-20.

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