Usos políticos del episodio Gilberto Vázquez

La náusea, todas las náuseas

Proyecciones de Imágenes del Silencio el 20 de mayo. Mauricio Zina

La calma de Elena Zaffaroni, la delicadeza cansada de Alba González, la bronca, la fuerza y la claridad conceptual de Ignacio Errandonea: distintas maneras de los integrantes de Familiares de dar cuenta de una dignidad, un hartazgo, un no va más y de poner los puntos sobre las íes en momentos en que uno no puede más que sentir arcadas. Náuseas.

Asco, claro está, por lo confesado, reivindicado, rubricado por un personaje como Gilberto Vázquez. No pudo haber sido más claro el tipo en la descripción de algunas de sus aberraciones. Para los más jóvenes pudo haber sido una novedad, y escuchar y «palpar» estos horrores puede ser siempre aleccionador. Y de eso se trata en principio eso tan manido de la memoria y su transmisión. Pero lamentablemente para los que ya no lo somos es un asco viejo, casi que asumido y digerido a esta altura del partido. No sólo por los familiares directos de las víctimas. También por todos aquellos que desde hace muchos, muchos años dan la pelea contra la impunidad, multiplican denuncias, manifiestan los 20 de mayo, pretenden hacerse oír. Clarísimo fue el fiscal Ricardo Perciballe cuando repitió por estos días que nada nuevo había confesado Gilberto Vázquez: se sabía de sus asesinatos, de sus secuestros, de sus torturas casi que desde siempre. Se sabía del «segundo vuelo» casi que desde siempre.

No he oído hasta ahora (es cierto: falto a muchas «tertulias») que el señor Carlos Ramela, por ejemplo, pidiera disculpas por haber negado hasta hace muy poquititas semanas que el segundo vuelo hubiera existido y que con ello abonara la tesis de que los desaparecidos aquí hubieran sido poco más que un puñadito. Ramela formó parte de aquella Comisión para la Paz formada por Jorge Batlle, que representó el primer intento en 15 años de democracia tutelada de reconocer los crímenes del terrorismo de Estado. Pero esa comisión se limitó a corroborar algunas, sólo algunas de las denuncias que se venían haciendo desde las organizaciones sociales. Sembró dudas sobre otras que –ha quedado más que claro– eran tan certeras como las admitidas, y nada investigó.

Asco, náuseas da escuchar hoy a quienes durante estas décadas todo hicieron para consagrar la impunidad de los Vázquez, Gavazzo y compañía, sembraron dudas sobre la veracidad de las denuncias, pusieron cuanta traba pudieron a los pocos instrumentos que sus propias leyes habilitaban para hacer algo de justicia o encontrar algo de verdad. Ahora se llenan la boca con juridicismos de baja estofa o politiquerías baratas que ponen el acento en las omisiones de otros para dejar de lado su responsabilidad primera en la consolidación del poder, que desde 1985 las Fuerzas Armadas tienen sobre la sociedad y el sistema político uruguayo. Un poder que los multicolores están acrecentando hoy mismo con su alianza con el partido por antonomasia de la dictadura. Desde los «olvidos» del ministro Chiarino hasta hoy, pasando por el desacato acatado del general Medina, el caso Berríos, la ley de impunidad, ninguna lección deberían dar los Javier García, los Jorge Gandini. ¡Los Sanguinetti! ¡Los Lacalle(s)!

Es cierto que fueron los gobiernos del Frente Amplio los únicos que han recortado en algo la impunidad, los que permitieron el ingreso a los cuarteles, el hallazgo de algunos cuerpos, el aliento al castigo (bueh, en cárceles vip) de un chiquitito pelotón de asesinos y matones. Resulta al menos «raro» (¿lo será?) que justamente ahora aparezcan como por arte de magia estos documentos y confesiones. Resulta al menos paradójico (¿lo será?) que una de quienes esté en el centro de la tormenta de los cuestionamientos funcionales sea precisamente Azucena Berrutti, que desde el Ministerio de Defensa fue, de lejos, quien más hizo en cuatro décadas por ponerles algún freno a los uniformados.

Pero cuánta insensibilidad de algunos en el Frente Amplio, cuánta desidia de otros y cuánta complicidad activa de aquellos que como un Eleuterio Fernández Huidobro llegaron a una ósmosis total con los represores, protegiéndolos, prohijándolos, exculpándolos, promoviéndolos, restaurándoles sus haberes y entorpeciendo todos los esfuerzos por verdad y justicia. O de quienes pusieron todo su peso en el Parlamento para que la ley de caducidad siguiera ahí o se tomaron el tiempo de visitar en el hospital a pobres «viejitos» genocidas o ahora juegan a las escondidas con el desafuero de Manini Ríos. Da lástima. También náuseas.

El algo que se hizo en materia de derechos humanos, la intentona de recortarles aunque fuera un poco de lo que tanto han robado, por ejemplo, vía jubilaciones militares, bastó para que los milicos con o sin uniforme sacaran a relucir todo un arsenal de amenazas, y aparecieran el Comando Barneix, videos de supuestos «loquitos» con amenazas de muerte o que se les retobara el prohijado en jefe.

¿Valió la pena el desinfle de aquellos que sin ser parte de los transmutados dejaron casi intacto un aparato militar que se siente con fuerza como para amedrentar o chantajear a unos y a otros? ¿Se corresponderá esa pusilanimidad con la tibieza, la gentileza con la que los sectores hegemónicos en el Frente Amplio trataron desde el gobierno a todos aquellos grupos económicos, a todos aquellos poderosos a los que en principio se proponían enfrentar? ¿O que tanto les cueste encontrar una línea de confrontación clara con la superagencia de publicidad que ahora nos gobierna con apoyo de unas fuerzas armadas no tan distintas a aquellas de la predictadura? Brazo armado de la oligarquía se les decía en un tiempo. Suena prehistórico. ¿Lo es tanto? Se ha puesto tan de moda, se ha naturalizado tanto la moderación…

No ayuda en nada, claro, para cambiar las cosas, el cuasi monopólico panorama mediático. Propuestas fascistoides se escuchan ahora en radios que supieron ser otra cosa. Resisten unas pocas publicaciones, un puñado de programas radiales y, en la tele, esa cosa rara que es La letra chica, que entre tanto aire nauseabundo permite seguir respirando.

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