La OEA y la disidencia cubana: Almagro, Cuba y la historia sin fin - Brecha digital
La OEA y la disidencia cubana

Almagro, Cuba y la historia sin fin

Pese a la connotación que ha ganado el acontecimiento fuera de fronteras, de este lado cuesta encontrar personas que hayan seguido los detalles del conflicto... incluso entre aquellos que no se definen como partidarios del gobierno.

Foto: SCI, Archivo

Para el común de los cubanos no significan nada los nombres de Oswaldo Payá o Luis Almagro. Ni siquiera la nota oficial de la cancillería habanera condenando la pretendida visita del secretario general de la Oea para recibir un premio con el nombre del desaparecido líder disidente ha conseguido ponerlos en el mapa de la cotidianidad nacional.

Pese a la connotación que ha ganado el acontecimiento fuera de fronteras, de este lado cuesta encontrar personas que hayan seguido los detalles del conflicto… incluso entre aquellos que no se definen como partidarios del gobierno.

“Con eso pasa como con todo lo que tiene que ver con los disidentes: al final son más bulla que otra cosa. A la mayoría nada más le importa ganarse una visa pa’ la Yuma (Estados Unidos) o que les manden su divisa”, sentencia lapidario Yunier, un espigado moreno que se gana la vida haciendo negocios en la calle Galiano. En esa avenida, una de las más transitadas de La Habana, los apresurados transeúntes comparten aceras con prostitutas, revendedores de prácticamente todo cuanto debiera ofertarse en las tiendas estatales, y una variopinta fauna de personajes que a casi cualquier hora del día o de la noche intentan hacer dinero.

Casi en la mitad de su extensión Galiano se cruza con el bulevar San Rafael, tan concurrido como aquélla, a la que además comunica con el extremadamente turístico Parque Central. Sólo unas pocas cuadras median entre ambos “mundos”. De una parte está la Cuba “de los cubanos”, de portales desconchados, ruidos interminables y olores penetrantes; de la otra, la de los hoteles lujosos y las tiendas de moda.

Tal vez por eso de tiempo en tiempo San Rafael es escenario de alguna protesta disidente. Yunier las ha podido ver e incluso ha filmado alguna con su celular; discretamente, por supuesto, pues “la ‘seguridad’ (la policía secreta del Estado) está en todas partes”.

A su juicio tienen más de circo que de manifestación. “Cuanto más son diez o doce pelagatos diciendo cosas contra el gobierno y tirándose fotos. En realidad están más interesados en que los vean los extranjeros y los meta presos la policía, que en lograr que la gente los siga”, piensa. Ni él ni sus amigos, también vendedores de materiales de construcción, saben del conflicto en torno al ex canciller uruguayo. Tampoco parece interesarles.

Cuando hace algunos meses viajé al Oriente de Cuba debí transitar por la misma carretera en la que perdió la vida Oswaldo Payá, en julio de 2012. Se trata de un tramo de poco más de setenta quilómetros que enlaza a las ciudades de Las Tunas y Bayamo, y sirve como alternativa a la vetusta Carretera Central.

Por tramos la ruta se convierte en un simple camino de tierra, en el que menudean los baches y las banquinas inclinadas. Pocos días antes de mi visita, allí se había producido un nuevo accidente. Como en tantas otras ocasiones, sus protagonistas habían sido los ocupantes de un “tour” (un auto de alquiler para turistas), que había volcado tras salirse de la carretera a alta velocidad. Pocos saben que en un hecho similar perdió la vida el pretendido líder de la oposición en Cuba. “Cuando aquello aparecieron muchos periodistas y se pusieron a entrevistar a la gente, pero lo cierto es que nadie sabía quién era el tal Payá, ni había visto nada ‘sospechoso’. Al final se cansaron y no vinieron más.”

Ochocientos quilómetros al oeste, en La Habana, Rosa María, la hija del fallecido, mantiene la teoría de que la muerte de su padre fue causada por “el régimen” mediante una conjura orquestada por la seguridad del Estado, aunque no aporta ninguna prueba.

Pese a que desde 2012 vive en la ciudad estadounidense de Miami, la joven hace frecuentes viajes a su país natal con el objetivo de promover una iniciativa llamada Cuba Decide, cuya principal propuesta es convocar un referéndum para decidir el futuro político de la nación. “La gran carencia de los cubanos es que no tenemos voz, ni recursos democráticos para expresarnos, mientras el gobierno y algunos en el mundo pretenden hablar por nuestro pueblo”, afirma en la página oficial del movimiento. Como nota curiosa, su sistema de recepción de donaciones tiene por destino un apartado postal en Estados Unidos, y las propias oficinas de la organización radican en el sur de Florida. Además, entre la comunidad de opositores dentro de la isla es un secreto a voces que Cuba Decide se beneficia con generosas ayudas del Departamento de Estado, las cuales le permiten distribuir dinero y diversos artículos entre sus miembros.

Precisamente Cuba Decide y la Red Latinoamericana de Jóvenes por la Democracia eran las coauspiciadoras del reconocimiento a Luis Almagro, quien esta semana pretendía recibir el premio Oswaldo Payá, Libertad y Vida. Su intento de trasladarse a La Habana resulta cuando menos peculiar si se tiene en cuenta la mordaz campaña que ha mantenido por meses contra el gobierno de Venezuela, el principal aliado del presidente Raúl Castro. Además, su viaje hubiera sido al amparo del cargo que ocupa dentro una organización a la que Cuba no pertenece desde enero de 1962, cuando fuera expulsada durante la conferencia de Punta del Este. Desde entonces ese organismo multilateral ha sido conocido aquí como “el Ministerio de Colonias yanqui”.

Vistos los antecedentes, todo apunta a que la intención del diplomático no fue otra que provocar el desaguisado mediático que ahora tiene lugar.

Sin embargo, a diferencia de cuando se produjo su expulsión, esta vez dentro de la isla el nombre de la Oea se ha escuchado poco más que nada. Salvo por la muy menguada disidencia interna, a casi nadie parece importarle lo que digan en Washington.

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