El asunto Trujillo (2)

La piedra, el árbol y el río

Adhoc, Javier Calvello

La piedra, el árbol y el río,
a lo largo del camino,
alientan al andasueños
que siempre llevo conmigo.

El título de esta nota es el de una zamba de Víctor Lima que cantaban Los Olimareños, cuyo estribillo reproduzco aquí; no tiene nada que ver, pero se parece al título de otra nota, de la que la presente pretende ser una amable respuesta. En la contratapa de Brecha de la semana pasada, titulada «La pluma, el pan y el Estado», Carlos María Domínguez dio su opinión sobre un hecho de actualidad: las declaraciones del director de la Biblioteca Nacional, Valentín Trujillo, sobre los programas culturales de la dictadura, en un coloquio organizado por la Fundación Mario Benedetti. Sus dichos armaron cierto alboroto –juntada de firmas incluida– en las redes. Como yo estuve entre los abajo firmantes, y creo haber entendido que a Domínguez eso le pareció «ruido» o «griterío», daré también mi opinión; en lo posible, en voz bien baja.

Domínguez escuchó el debate y relativizó en su nota la gravedad de las palabras de Trujillo. Concretamente, el director de la Biblioteca Nacional había hablado de que el Estado, desde hace cosa de un siglo, viene ocupándose de los artistas de un modo u otro. Llegó a afirmar que incluso la dictadura tuvo sus programas de apoyo a la cultura y remató asegurando que, gracias a ese «desafío gigantesco […], el teatro independiente tuvo un florecimiento». A pesar de lo polémico de estas declaraciones, Domínguez sugiere que el pequeño escándalo se debió a «una serie de malentendidos». Discrepo: que mucha gente no haya escuchado la grabación o que la información haya sido poco precisa no justifica que determinado enojo se le adjudique a un malentendido. Estamos en un momento delicado, en el que la ultraderecha está haciendo constantes y públicas reivindicaciones de la dictadura, algo que parecía impensable hasta hace poco tiempo. Trujillo, por más que haya sido convocado al evento en su carácter de escritor –eso lo aclara Domínguez–, no deja de ocupar el cargo que ocupa y no puede sumarse a esa corriente filodictatorial ni siquiera recurriendo a comillas, del tamaño que sean. Eso es absolutamente inaceptable; la dictadura fue algo demasiado criminal y antidemocrático como para que el coqueteo con ella pueda considerarse una opción válida. Además, como bien dice el propio Domínguez, el tal florecimiento del teatro independiente es una reacción contra la dictadura y no una consecuencia de sus políticas culturales. Dichas políticas, las efectivas, prohibían, expulsaban y censuraban. Por ello, la afirmación de Trujillo, en ese contexto, es una mentira, de esas que se construyen mezclando verdades diversas en proporciones convenientes. Y creo que está muy bien enojarse si un funcionario miente, y más si esa mentira puede usarse para relativizar cualquier tipo de horrores.

Por otra parte, en el actual contexto polarizado, defender, aun dentro de una enumeración, algo que hizo la dictadura suena a provocación; que haya sido a pocos días del 20 de mayo y en la Fundación Mario Benedetti lo dejo como anécdota. Entonces, en la nota de Domínguez, ¿por qué ese intento de suavizar el hecho, hablando de un supuesto elogio a aquellas políticas o de los ya mencionados malentendidos? ¿Por qué aclarar que Trujillo es «un escritor de talento, que en tiempos virtuales viene haciendo denodados esfuerzos por insuflar energía a la Biblioteca Nacional»? ¿Desde cuándo el talento justifica los medios?

Más de la mitad de la nota sobre Trujillo está dedicada a mostrar que el verdadero problema radica en otro lado: en la falta de debate fuerte, en la mala formación, en que antes éramos un país culto y con discusiones más elevadas y, a la vez, más frontales. Domínguez parece plegarse a esa creencia nostálgico-culturosa, que es muy generalizada. Yo no estoy tan seguro de que no se trate del resultado de un análisis sesgado: comparar, por ejemplo, las tertulias del Sorocabana, en las que alternaban algunos políticos y escritores, con las discusiones de las redes sociales de hoy, en las que participa todo el mundo. Así, dando una especie de rodeo al tema central de la nota, Domínguez empieza a repartir palos a diestra y siniestra, políticamente hablando. Estoy totalmente de acuerdo con algunos de esos palazos, pero el autor termina con una idea que, si bien es bastante consistente, me parece elitista y hasta clasista: hoy la cultura es berreta; antes había otra formación, otro respeto por las artes, otro nivel de discusión; hoy todo es decadente y superficial. Bueno, el problema es que aquella hermosa intelectualidad que tanto nos enorgullece, la misma que permitió el desarrollo del teatro independiente, por ejemplo, era, al mismo tiempo, increíblemente homofóbica –más que el mismísimo carnaval, en el que se hacían chistes de homosexuales, pero en el que esos mismos homosexuales podían participar, y muy activamente, a diferencia de lo que ocurría en algunas revolucionarias instituciones teatrales o en algún gremio estudiantil o partido de izquierda–. Además, esos mismos movimientos culturales eran cipayamente eurocéntricos, afrancesados, rayanos con un racismo que consideraba «pintorescas» determinadas formas de arte «primitivo» y «elevadas» las que la metrópoli conservaba en sendos frascos de formol. Ojo: tampoco intento sustituir esa jerarquía por otra; simplemente la relativizo, y el que quiera decir «no vas a comparar a Mozart con una cuerda de tambores» que lo diga, si eso lo hace feliz. Aquellos políticos discutidores, cultos y que sabían tanto de política no se vieron venir la hermosa dictadura que se vino (bueno, salvo aquellos que la llamaron), cuyas políticas culturales son distante causa de estas palabras.

En cuanto a que hoy no hay debates, he participado en abundantes discusiones, algunas terribles, con gente notoriamente más joven que yo, y más de una vez salí malherido por el conocimiento que demostraba la otra parte, no solo sobre el tema en cuestión, sino sobre el uso de los más bellos insultos de la pródiga lengua castellana, que, además, eran blandidos sin pudor cuando las circunstancias así lo ameritaban, y de una manera que habría hecho ruborizar al mismísimo Roberto de las Carreras. Y, bueno, después de todo, esta nota es una respuesta a otra nota que era una reacción a una protesta por unas declaraciones y, parafraseando a la zamba, tanto los debates como las quejas como la piedra, el árbol y el río alientan al buscapleitos que siempre llevo conmigo.

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