La realidad de la ficción - Semanario Brecha

La realidad de la ficción

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Foto: Difusión

Observar a un actor en el momento en que se transforma en uno de los protagonistas de una obra se convierte en un hecho fascinante cuando quien lo contempla y lo escucha advierte las diferencias entre aquel a quien tenía adelante apenas unos minutos atrás y la silueta que, ahora, la misma persona anima. Parece que una nueva realidad termina por sustituir a la anterior en un espacio inesperado. Es que el teatro tiene la particularidad de transportar al espectador a terrenos y situaciones que, muchas veces, quienes asisten ni siquiera imaginaron. A esos terrenos desconocidos sabía conducirlo, sin duda, el italiano Luigi Pirandello (1867‑1936), responsable de títulos tan seductores e intrigantes como Así es si os parece, El hombre, la bestia y la virtud y Seis personajes en busca de autor.

Era todo un maestro –y un adelantado– no sólo en lo que concierne al planteo de los temas que elegía, sino también, y en especial, en el manejo de la intención y el absurdo que irrumpe para alterar un desarrollo que aparentaba ser previsible. Es el caso de Seis personajes en busca de autor, que los españoles Miguel del Arco y Aitor Tejada adaptaron a partir del desconcertante momento en el cual ciertos intérpretes, que preparan el escenario para comenzar un espectáculo, reciben la inesperada visita de un puñado de personajes de otra obra, que nadie sabe quiénes son. Las inasibles leyes de ese juego, más allá del hecho dramático que motivan, incorporan oposiciones, coincidencias, omisiones, desenlaces sorpresivos y, en el caso del presente trabajo de Del Arco y Tejada –y de quien los inspira–, la repentina interrupción que le recuerda a la platea que todo lo que estaba viendo no era más que una representación teatral. A cada espectador le toca, en consecuencia, la tarea de discernir hasta qué punto importan los vínculos que, aquí y ahora, unen a los recién llegados con este nuevo escenario.

Las alteraciones de un bien llamado “juego pirandelliano” comienzan a gobernar un asunto que el director Alberto Zimberg echa a andar, pisando fuerte en el contradictorio terreno en el que lo falso puede transformarse en verdadero. Un adecuadísimo ritmo sin pausas domina la puesta en escena, de manera que verdades y apariencias conviven en una especie de círculo compuesto por seis figuras –como los personajes del título original– que inspiraron a la escenógrafa Claudia Schiaffino a trazar otros tantos círculos concéntricos sobre el piso, para allí dar lugar a los desplazamientos de un elenco que respira muy cerca de quienes se sientan en la platea. El resultado es atrapante y, más allá de cierto apresuramiento inicial de los jóvenes Emanuel Sobré y Natalia Sogbe como los actores dueños de casa, las composiciones del cuarteto que integran Álvaro Lamas, Mariela Maggioli, Horacio Camandulle y Verónica Mato, en los papeles de los recién llegados, lucen tan intrigantes como conmovedoras. A la salida, cuesta superar la emoción que alguno de los involucrados logra despertar. Ese detalle le recuerda al espectador que la función que había comenzado a su entrada todavía no concluyó. Juegos pirandellianos, una vez más

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