La silueta en la sombra - Brecha digital

La silueta en la sombra

“Casa de muñecas”

Muchas cosas han cambiado después del ya lejano estreno del texto del noruego Henrik Ibsen (1828-1906) que diera lugar a multitud de escandalizadas opiniones provenientes de quienes no podían aceptar que Nora, su protagonista, al sentirse relegada por un marido que no prestaba atención a sus opiniones y la trataba como a un objeto, hiciera abandono del hogar. La aprobación de la separación matrimonial por parte del autor echaba también a andar un análisis acerca de la condición de la mujer en sociedades regidas por legislaciones –y decisiones– de tono netamente masculino. Las transformaciones que se abrieron paso posteriormente, sin embargo, no parecen hoy tantas si se consideran situaciones individuales que todavía en estos tiempos –y más allá de lo que marque cualquier ley impresa– continúan descubriéndose por multitud de rincones en los que muchas representantes del sexo femenino no logran ser escuchadas. Y ni que hablar de los seres humanos, en general, en diferentes partes del planeta, cuyos pareceres no sólo no son escuchados, sino que, además, se los destrata sin mayores explicaciones por causas que no siempre quedan claras. De ahí que el texto de Ibsen –un verdadero maestro del teatro de tesis– admita un traslado a la época actual, en la que siguen proliferando hechos que ponen de manifiesto cómo todavía se ignora a hombres y mujeres que tienen algo que señalar.

No resulta difícil entonces que cualquier espectador del día de hoy experimente una identificación con la Nora ibseniana que el director argentino Marcelo Díaz inserta en un contexto presente en el que sigue imperando la definición de personajes que el quinteto integrado por Estefanía Acosta, Pablo Robles, Camila Cayota, Marcos Zarzaj y Massimo Tenuta defienden con propiedad, a lo largo de un desarrollo que, de una manera u otra, involucra a una platea que pasa por alto ciertos sobrentendidos argumentales algo abruptos, así como la discutible elección de la cocina como escenario de un conflicto que reclamaría más bien un espacio como el de la sala de la familia Helmer. Corre, en cambio, a favor, la ubicación de las secuencias que transcurren en un piso alto, a partir de una bien utilizada escalera y el toque surrealista aportado por el encierro u ocultamiento de algunos de los personajes involucrados en inesperados compartimientos. La visible ubicación de la cantante Nadina Mauri, responsable de todo lo relacionado con la inspirada ambientación sonora del espectáculo, que va en la sala Atahualpa del teatro El Galpón, no impresiona tampoco como un recurso adecuado en el transcurso de una representación que pediría que el espectador no viera más que a los actores. Sí causa, por cierto, buen efecto la ocurrencia de convertir a Nora, en cierta instancia, en un émulo de la Marilyn Monroe que asomaba en la película La picazón del séptimo año (1955), todo un símbolo de la mujer-objeto que el empeñoso trabajo de Marcelo Díaz busca expresar en más de un sentido.

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