El despido de Tabárez de la selección nacional de fútbol

La trama detrás del final

El Maestro, el 13 de julio de 2010 Afp, Pablo Porciúncula

Óscar Tabárez dirigió a Uruguay en cuatro eliminatorias (1990, 2010, 2014 y 2018) y en todas clasificó al mundial, y en todos los mundiales pasó, al menos, la serie. Además de los logros deportivos, puso a Uruguay en el centro del discurso futbolístico mundial, motivo de orgullo para muchos. Asimismo, como director de selecciones nacionales logró resultados importantísimos en mundiales juveniles, pero, sobre todo, proyectó jugadores de elite hacia la selección mayor. Tal vez el logro más importante fue que nos acostumbró a creer que se puede y nos hizo muy felices.

No alcanzaría un artículo para detallar los logros deportivos, culturales, organizativos y hasta económicos. Lo que sí nos interesa mencionar son las formas que tuvo el entrenador durante estos años a cargo de la selección, pues la hipótesis de este artículo es que allí está la verdadera causa de su despido.

LA ESCUELA

El Maestro Tabárez pensó el fútbol como la más importante de las cosas menos importantes y, anclado a eso, el fútbol como una herramienta para llegar a otros lugares. Para hacerlo se enfrentó con un poderoso entramado que utilizaba a la selección uruguaya como un trampolín para aumentar su poder empresarial.

Ese enfrentamiento no fue fácil, comenzó por sacar de la selección a aquellos futbolistas que corrompían un estilo de trabajo en el que el colectivo siempre era más importante que las individualidades. Ayudó a vender mejor los derechos de televisación de la selección y alentó a los jugadores a defender sus derechos de imagen. Se enfrentó también con la prensa hegemónica, les quitó a los periodistas la potestad de poner o sacar jugadores de la selección, respondió con altura intelectual los ataques disfrazados de preguntas y, sobre todo, le dio un trato igualitario a todos los medios de comunicación.

Recorrió un proceso en el que la celeste estuvo por encima de todo. Era raro, pero cuando uno entraba al Complejo Celeste (otro logro de su gestión) cada uno de los presentes se acercaba a saludar, así fueran porteros, jugadores juveniles o mayores. El saludo como forma de reconocimiento y respeto era innegociable. Junto con ese respeto, el cariño de los jugadores, grandes estrellas mundiales, que se tomaban varios minutos firmando autógrafos, sacándose fotos y sonriendo amablemente; eso se los inculcó Tabárez, como reconocen Suárez, Godín y otros.

El Maestro logró manejar un vestuario con grandes estrellas gracias a la construcción de grupalidad. Siempre se ocupó de que los jugadores se sintieran a gusto y con ganas de venir a la selección. Esto parece obvio. ¿Quién no va a querer venir a la selección? Hay que recordar que eso antes no pasaba.

La coherencia de su discurso se transformó en una forma de trabajo concreta, una ética que le valió el respeto de los más encumbrados jugadores y entrenadores, nacionales y extranjeros. El proceso se plasmó en resultados y estos le dieron la razón.

LA RAZÓN VS. EL PODER

Tabárez tiene razón, pero otros tienen el poder, y ese poder enfrentó a Tabárez. La casta que gobierna el fútbol uruguayo está compuesta por dirigentes vinculados a los partidos políticos del gobierno y empresarios con injerencia directa en los medios de comunicación. Tabárez molestaba.

Seamos justos, los argumentos esgrimidos por los dirigentes para sacar a Tabárez son de carácter deportivo. Primero: los malos resultados del último tramo de la eliminatoria. Segundo, algo más subjetivo: Tabárez no lograba motivar a los jugadores, «no les llega a los futbolistas», decían. Tercero: necesitaban un «revulsivo».

Primero: sobre la racha negativa de partidos debemos decir que nunca en la historia de la eliminatoria Uruguay se enfrentó con rivales tan difíciles de manera consecutiva. Esta situación se dio porque Conmebol, apoyada por la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), modificó el calendario, pese a que Tabárez advirtió que ese cambio perjudicaba a Uruguay. Los dirigentes fueron responsables directos de que Uruguay padeciera dicha seguidilla, nunca hubo una autocrítica de su parte. Además, Tabárez ya ha estado en situaciones aún más complicadas de clasificación y siempre logró los resultados…, pero esta vez no lo dejaron.

Segundo: sobre la llegada a los jugadores, todos los jugadores de la selección manifestaron su apoyo y en muchos casos directamente las ganas de que Tabárez siguiera siendo el entrenador. Decir que «no les llegaba» parece ser, además de una falta de visión intolerable para un dirigente, una lisa y llana falta de respeto.

Tercero: inmediatamente después de despedir a Tabárez, los dirigentes de la AUF confesaron que «no tenían definido el perfil del entrenador», es decir, lo único revulsivo que buscaban era sacar al técnico. No es que no tuvieran un candidato, ni siquiera sabían qué características debía tener el entrenador. Un pensamiento que no está a la altura del cargo que ocupan.

LA VERDAD COMO MENTIRA

Sacar a Tabárez de la nada era un escándalo, cortar el proceso en medio de la eliminatoria, cuando Uruguay tiene buenas chances de clasificar, no podía ser explicado fácilmente, no había ambiente para echarlo, aun perdiendo, así que había que crear ese ambiente.

Desde la triple fecha de octubre muchos periodistas, que gozan de prestigio y credibilidad, comenzaron a manejar «informaciones» de fuentes «muy directas» que afirmaban que las horas de Tabárez estaban contadas. Se tiró una bomba y se puso el foco en los resultados inmediatos sin sopesar cualquier otra circunstancia, ni los puntos que faltaban, ni los rivales, ni los antecedentes. Haciendo relucir una parte de la verdad y opacando otras, construyeron la mentira.

A cada hora en las redes había una información nueva: que a Tabárez lo echarían «esta misma tarde», que «Diego Aguirre ya dio el sí para dirigir», que los jugadores no lo apoyaban. En la radio y en la televisión los programas más influyentes analizaban la salida del entrenador como cosa hecha, se generó una sensación en la gente de que aquello que parecía imposible finalmente ocurriría.

Al mismo tiempo, en programas radiales de mucha audiencia, pero que nada tienen que ver con el fútbol, se arengaba la salida del entrenador. Argumentos: ninguno.

Tal vez, digo tal vez, lo que se buscaba no era tener razón, sino establecer un clima, un ambiente para que los dirigentes pudieran echar a Tabárez con cierto consenso social.

Aun así no lo lograron, porque Tabárez, según encuestas, cuenta con el apoyo del 50 por ciento de la población, pero, sobre todo, cuenta con el apoyo de todos los jugadores de la selección. Dudo que cualquier entrenador que venga tenga ese consenso.

Esa primera andanada (¿periodística?) suscitó un escenario en el que Tabárez pasaba a estar en la cuerda floja para los siguientes partidos, aun cuando los siguientes partidos eran frente a una de las mejores selecciones argentinas de la historia y frente a Bolivia en La Paz.

Fue así que Uruguay perdió dichos partidos y los periodistas volvieron a hacer su juego. No decimos que todos los periodistas formaban parte de una trama, algunos lo hacían con mucha convicción, pienso que equivocada pero honesta. Sin embargo, parece claro que no se puede informar tan mal y ante los hechos ni siquiera pedir disculpas, al menos no quienes después dan clases de periodismo.

EL FINAL COHERENTE

Esta campaña tuvo como corolario que los dirigentes comunicaran a la población la decisión de echar a Tabárez después de 15 años como entrenador a través de un mensaje en las redes y casi al mismo tiempo hicieran declaraciones a la radio que más había arengado su salida. Parece una forma más que simbólica, parece una forma de la vieja selección, la que cambió Tabárez; parece un regreso de lo viejo, un triste regreso a aquella selección con injerencia de los empresarios y algunos periodistas.

Fue, en definitiva, el triunfo de una forma vil de entender el fútbol, de entenderlo en su vínculo con la sociedad, de entender el rol del periodismo. Al mismo tiempo, una derrota de la forma Tabárez de entender el fútbol, la del respeto, la de poner a la selección por encima de cualquier interés particular, fue la triste derrota de la forma que nos hizo muy felices y orgullosos.

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