Piki Flores en Dodecá

La vida es una moneda

Detalle de una obra de la muestra Ciclos, solo se trata de vivir de Edgardo Piki Flores Difusión

A la actividad de las artes plásticas le está costando retomar el ritmo prepandemia, y no está claro aún si lo conseguirá. En especial, en el sector privado. Algunas galerías no reabrieron sus puertas, como Diana Saravia, en la Ciudad Vieja. Otras están en franca retirada, como Xippas Montevideo, que conservará, sin embargo, su local en el este. No son tiempos fáciles para los artistas, los gestores culturales privados ni los colectivos independientes.

Por eso entusiasma saber que hay reductos, como el Centro Cultural Dodecá, en los que la actividad artística se mantiene y hasta rebrota con la primavera. A la exposición de cerámicas de Juan Pache, concurrida pese al impasse pandémico, la sucede en la actualidad una interesante muestra de papeles de Edgardo Piki Flores (Montevideo, 1958).1 Este inquieto artista y exboxeador no deja de moverse en el ring de la plástica –disculpen el lugar común– y se podría decir que ha sorteado algunos golpes recientes de la vida que a la mayoría de nosotros nos hubiera dejado knockout.

Botija de mi país, Educación sexual y El escultor, la modelo y la escollera son, quizás, los collages más convencionales desde el punto de vista técnico, pero, a la vez, los más jugados desde el punto de vista formal. El humor y el comentario social alcanzan una imaginación de alto vuelo, en especial el primero de ellos, con ese gurí empujando un carro del que asoma una cabeza de burro y, en cuya ventana próxima, como al pasar, hay un desnudo de mujer: el pastiche posee un aire entre tierno y delirante, surrealista.

Se exhibe también una serie de rostros entintados sobre hojas de guías telefónicas, caras anónimas y numeradas que parecen sobrellevar mal una neurosis que las empuja hacia territorios de apatía. El humor y lo lúdico se le dan bien a Flores, con ese toque brutalista (Insomnio después de la final) que en el pasado supo llevar al volumen en pequeñas y toscas esculturas de papel maché. Ese toque brut que se da en el gesto, el color y la energía que despliegan sus obras es difícil de encontrar en otros artistas profesionales. Gustavo Fernández Cabrera es otro que consigue resultados similares en brío e intensidad, esos que los artistas autodidactas obtienen sin tener que desprenderse de lo aprendido.

Flores refiere en un texto de sala a los «ciclos» y a que «solo se trata de vivir», como aquella canción de Fito Páez: «La vida es una moneda: quien la rebusca la tiene. ¡Ojo, que hablo de monedas y no de gruesos billetes! Solo se trata de vivir, esa es la historia». Son, por tanto, ejercicios más o menos espontáneos de creación que, llegado un momento (¿durante la pandemia?), cobran un significado diferente y conquistan un nuevo orden que los nuclea, los enfila, les da otro sentido. «El tiempo, gran escultor», decía Marguerite Yourcenar.

Un buen ejemplo de esto es el trabajo en servilletas de papel y manchas de tinta. Abstracto, colorido, nada pretencioso. Y, sin embargo, en esa falta de alarde residen su verdad y su encanto. Seguir en la lucha y aguzar la imaginación. Levantarse después de cada caída. Como si se tratara de un mismo ciclo. Esa es, probablemente, la única filosofía para el momento que nos toca.

1. Ciclos, solo se trata de vivir. Dodecá, San Nicolás 1306.

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