La vigencia del monstruo

Diálogos con nuestra bestia. Museo Nacional de Artes Visuales, hasta el 10 de junio.

Diálogos con nuestra bestia. Museo Nacional de Artes Visuales, hasta el 10 de junio.

Lo primero que llama la atención en esta exposición de tres artistas montevideanos es la paridad expresiva de sus propuestas.1 El tema, la bestia interior, el diálogo que cada cual instaura con sus propios miedos y con la brutalidad que se esconde o agazapa en su alma, los reúne como en torno a una hoguera terrible. Pero el hecho de juntarlos temáticamente no significaría a priori que compartieran la intensidad de los planteos o incluso un similar registro estético, brutalista. Allí radica uno de los aciertos de esta exposición en la que seguramente el curador, Carlos Seveso, ha tenido que ver, orientando pulsiones o desentrañando desvíos. El hecho de que los tres artistas se expresen con técnicas y lenguajes diferentes hace más notable esta equivalencia, como si un mismo grito llenara las instalaciones de la gran sala del museo. La cercanía entre los proyectos creativos de Pablo Bielli (1969) y Gustavo Fernández Cabrera (1958) radica en cierta apuesta a lo teatral y esperpéntico de sus violencias. Bielli interviene impresiones fotográficas digitales con pinturas acrílicas, cortes de trincheta, cocidos y embadurnados de diferente talante. Son tomas fotográficas realizadas en escenarios por él armados, con actores que cumplen un rol específico en tanto personajes de un drama macabro. Con el payaso, el nazi, la novia, entre otros, Bielli organiza un relato gráfico de tono subido, sangriento a veces, pero manteniendo a la vez cierta distancia reflexiva: no hay nada demasiado explícito sino más bien una atmósfera de pesadilla. Lo onírico atraviesa también la obra potente de Gustavo Fernández, que logra materializar con ensamblajes, esculturas, piezas encontradas e intervenidas, metáforas de un horror social que es también una crítica al Estado y a los mecanismos de la violencia institucionalizada. Impecables ambos en los detalles de color y en las formas depuradas de ese monstruismo que parece estallar irracional pero que tiene detrás un trabajo manual y visual que no deja que se ablande, que decaiga en lo formal. La propuesta pictórica de Álvaro Bustelo (1967) es de un color más encendido y luminoso. Se separa de la tradición negra que comulgan sus colegas para inmiscuirse en un infierno personal con una figura zoomórfica que nos conduce, con su presencia insistente y advenediza, hacia un estado anímico perturbador. Bustelo se encuentra en la madurez de sus búsquedas expresivas, que transporta a los esmaltes cerámicos con solvencia, aunque la decisión de colocar los murales cerámicos en el plano horizontal creemos que no es la más indicada y que se distiende allí un poco de la energía que emana de sus obras. Los tres son figurativos o bordean los contornos del monstruo, por lo que sus obras podrían “dialogar” –o mejor, pelear– con los dibujos de Daniel Melgarejo, con cierto sector de la obra de Pilar González, de Cecilia Brugnini, de Carlos Musso, de Hugo Nantes, por citar algunos referentes de otras promociones artísticas. El carácter gestual los aleja de ciertas violencias más pulcras, como las de Sergio Porro, más glam, como las de Dani Umpi, y más metafísicas, como la de Javier Bassi o Marcelo Legrand. Lindo tema la violencia para hacer catarsis, para canalizar esa energía devastadora que en un trasfondo de desigualdad social adquiere en estos días una realidad acuciante, compleja, y una vigencia aterradora. Más Platón y menos Prozac es el título de un libro que estuvo hace un tiempo de moda. Una máxima parecida podríamos inventar ahora. Quizás el título de la muestra sea la respuesta.

 

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