El amor y la precariedad económica

Las cosas del querer

Este artículo es parte de una investigación en curso sobre las formas de trabajo y de provisión formales e informales en un barrio popular del oeste de Montevideo.1 Mediante una etnografía de corte tradicional, los investigadores residen allí, conociendo de primera mano la vida social del barrio.

La forja tattoo

Un día después de San Valentín, Javier 2 viene a mostrarme el regalo que ha recibido: una taza del rojo más intenso de los rojos con dos corazones formados por la cara de Mariela, su pareja. En ese momento, entre mis pensamientos se mezclan carteles, pancartas gigantes: que el amor romántico, que la monogamia, que las moralidades de género, que el poliamor, que la deconstrucción exigida, que yo que sé. La puerta de mi diálogo fue atravesada por el candado de su tipo de amor, de su taza, de ese corazón impreso en ella. ¿Qué es lo que hace que me pregunte por ese tipo de amor? ¿En qué nos está molestando como sociedad y por qué, de alguna forma, lo negamos? ¿Quiénes lo niegan? ¿En qué me puede molestar ese amor, esa taza?

Javier me muestra orgulloso su taza mientras veo en sus manos anotaciones en lapicera, como si su piel fuera papel. Manos que, hechas un puño, chocan con el mío, con la blanca pulcritud del lavado acrecentado en pandemia. Sus manos y mi mano, que escribe sus anotaciones en las mil libretas que la rodean, en la computadora o en el frío bloc de notas del celular. ¿Hace cuánto no me escribo la piel, como hace Javier? ¿Hace cuánto que él no se lava las manos?

El artilugio de cerámica del rojo más intenso de todos lo quiere igual, y Javier lo entiende: que Mariela lo quiere así, que hoy lo plasma en la fecha que será siempre esa fecha en la taza como una forma perpetua de amor, aunque el olor invada las raíces de su andar rancio sobre unas chancletas que alguna vez fueron de otra persona. ¿Cómo no va a venir con su taza limpia llena de detalles a mostrarme la blancura de ese corazón doble que recordó el día, lo pensó, lo plasmó, lo pagó?

¿Y a mí?, me pregunto. ¿A mí quién me regaló en el día y en la fecha y en la vida una taza del rojo más intenso de los amores en un ápice de la demostración del amor romántico y tradicional que se hace objeto, regalo, materialidad, valor, cosa? ¿Qué tengo yo para mostrarle de mis amores, de mi amor? ¿Unos fueguitos de Instagram? ¿Un tiroteo de «me gustas» en Facebook? ¿Una charla eterna por Whatsapp? ¿La historia de una conversación no tenida, de una no nominación de un vínculo? Qué idea tendrá de eso, me pregunto. Javier tiene un celular «antiguo», no es un smartphone. Mariela lo llama ahí. ¿Hace cuánto no recibo yo una llamada en mi teléfono superpoderoso que todo lo tiene, almacén de mi vida cómoda, de mi fluir diario de memes, música por Spotify, artículos de revistas, aplicaciones de ciclos menstruales?

Hace unos días, Javier dejó a un vecino ese celular como una especie de seña mientras se iba «de gira» porque si no, después lo vende, lo transa y se arrepiente. Lo dejó de seña porque se conoce, porque sabe cómo es la calle, cómo es la fisura y luego el rescate. No sé si Mariela sabe de esos días. Hace años que no viven juntos, pero ella lo visita cada semana y a veces le hace escenas de celos, y a veces se pelean y discuten, y por eso Javier cuenta que es mucho mejor no convivir. Aunque él la ama, dice mientras me pide un tabaco y yo lo percibo más flaco, y pienso que en esta última gira no transó el celular, pero vendió los championes que le dimos el otro día.

Enumera las veces que se enamoró mostrando sus tatuajes: otra vez la materialidad del amor romántico que expone con pruebas, con su cuerpo marcado con los nombres de cada una de sus novias. Dice que su primer amor fue su madre y después la de la pierna, la de la mano, la del brazo. Ese último tatuaje no lo pudo borrar ­−«porque sale caro, y entonces me corté»−, entonces exhibe las marcas de cuchillo que van de un lado a otro como callecitas imborrables. Su brazo también muestra su tiempo en la cárcel.

Cuando termina de exponer sus tatuajes y cicatrices, nos pregunta qué tal nosotros: mi compañero de investigación y yo. Cuando le explicamos, nos dice que no entiende nada, que no cree en la amistad entre el hombre y la mujer, y reafirma, así, su heterosexismo: el hombre tiene tareas muy definidas y la mujer también. Y yo pienso que eso es raro, porque lo he visto con Luisa, por ejemplo, y veo la amistad que tienen, o saludando a muchas mujeres con un gesto de confianza que deja ver sus consideraciones amistosas. Incluso creo que conmigo tiene un vínculo de amistad. Pero él no lo ve así, no le «entra en la cabeza». ¿Qué supone ser soltero, pero, sobre todo, soltera, en un contexto de extrema precariedad económica?

En los sectores más pobres, la meta de tener pareja debe alcanzarse pronto, y el tiempo entre «salir con alguien» y que pase a ser «el marido» es bastante más acotado que el tiempo que yo manejo en mis hábitos vinculares, por ejemplo. Para ellos, no sólo se vuelve necesario colmar los deseos de «mujer realizada», sino también continuar con la reproducción de los modelos de cuidadora y de hombre proveedor, respectivamente. Esos modelos están instaurados en este tipo de amores en los que la economía se vuelve un tema sustancial.

Los lazos sociales de las mujeres son definidos por la relación con un hombre al que pertenecen. Porque si no le pertenecen a nadie, se encuentran en el terreno de lo público y esto, en contextos de precariedad extrema, puede oscilar entre ser una ventaja para proveerse y ser objeto de violencias continuas y diversas. La mujer pobre, cuando es de alguien, tiene una moralidad que cumplir. Cuando no es de nadie, esa moral se cae y, con ella, surgen ciertas posibilidades económicas y otras se desvanecen. Dejar de pertenecer a la esfera doméstica no es fácil cuando se vive en un mundo en el que eso es lo único posible de ser percibido como correcto, y esto choca de frente con quienes intentamos crear vínculos de otras maneras porque podemos hacerlo. «Chonguear»,3 salir con alguien, con varios, practicar el llamado poliamor, entre otras formas de vincularse que cuestionan los mandatos heteronormativos de las relaciones, son ejercicios difíciles de llevar adelante en estos espacios de precariedad extrema. Incluso el término chongo, en estos contextos, puede tener otro significado asociado al ejercicio de la prostitución (tanto de hombres como de mujeres). Así, el discurso moral emerge en la dicotomía de género, porque si te prostituís para darles de comer a tus hijos, está bien, pero si lo hacés para comprar drogas, no se justifica. Otra exigencia moral que se adhiere a quienes menos pueden cargarla.

La soltera, además, es una amenaza para el resto de las mujeres y sus pactos monogámicos. Recuerdo un día en que Javier me comentó que le había dicho a Mariela que yo le había dado un tupper con comida. Ella enseguida lo interrogó sobre mí y sobre mi estética: la pregunta fue si yo «estaba buena». ¿Cómo comprender que en cada uno de nosotros existen contradicciones, conviven moralidades, espacios internos de luchas? No pretendo con esto demonizar este comportamiento, sino intentar entender que si bien estas situaciones son parte de la vida amorosa de muchas parejas más allá de los acumulados de capital social y económico, en los sectores pobres se hacen más visibles y son parte de un deber ser que existe y se encuentra fuera de nuestros sectores medios, en los que podemos obnubilarnos por amores deconstruidos y libres.

En este sentido, creo que tendemos a querer normativizar, de acuerdo a nuevas reglas, los vínculos llamados sexoafectivos –a mi entender, esta denominación excluye la cuestión económica y eso deja afuera el tipo de vínculos que llevan adelante las familias pobres–. Esa manera de comprender el amor pretende exportar un comportamiento que muchas veces olvida el carácter económico: las formas de provisión, los modos de las economías subterráneas, los mercados informales e ilegales, los lazos de parentesco, las viviendas y sus espacios. Claro que, de todas maneras, frente a la realidad material y teórica del pasado, prefiero el hoy y su «deconstrucción del amor romántico». Pero también entiendo que hay mujeres que no pueden pensar que las relaciones de pareja constituyen, en sí mismas, una dimensión aparte: forman parte de un entramado de cosas, de una multiplicidad de tentáculos, como la muzzarella que se desparrama sobre la pizza que somos y que, una vez caliente, no se puede fragmentar como antes de ponerla en el horno.

Cuando pensamos en las nuevas categorías de parejas, nos cuesta enmarcarlas en los sectores más pobres. Nos cuesta registrar cómo, allí, el amor romántico vive en su máxima expresión, lucha y sobrevive en sus versiones más heteronormativas. Entonces, me pregunto acerca de cómo reflexionar en torno a estas permanencias. ¿Dónde están? ¿Cómo construir con ellas, con esa alteridad que antes de pensar en quién lava los platos, tiene que poner algo sobre ellos? Tal vez sea allí donde hay que empezar a mesurar la necesidad de establecer juicios: cuando te muestran la tacita con el rojo más intenso de los rojos.

1. La investigación se está llevando adelante por los antropólogos María Noel Curbelo y Gonzalo Gutiérrez, bajo la coordinación de Marcelo Rossal. El presente texto fue escrito por María Noel Curbelo, doctoranda en Antropología por la Universidad de la República.

2. Los nombres de los interlocutores fueron cambiados para preservar su anonimato.

3. El término chongo es interesante: en el Montevideo de los años noventa se equiparaba al de taxiboy, el equivalente a miché: trabajador sexual masculino de San Pablo, que estudió Néstor Perlongher en la década del 80 en sus investigaciones de antropología en Brasil.

Artículos relacionados