Las relaciones particulares

Tres obras en cartel: “Con las manos atadas”, “El cuento del Zoo”, “El deseo atrapado por la cola” y “Hasta que la muerte nos separe”.

A pesar de que se asegure de que se trata de un animal de fácil relación, el hombre, cada vez que se encuentra con un semejante, revela que las diferencias que lo distinguen no siempre –hay excepciones– conducen a buen puerto, un punto que varias obras en cartel contemplan con personales toques.

Con las manos atadas (Castillo Pittamiglio), de la argentina Claudia Piñeiro, dirigida por Stella Rovella, propone la originalísima idea de mantener a sus dos únicos personajes –una escribana y un apocado empleado–, a raíz del asalto que tuvo lugar en el estudio donde ambos trabajan, atados espalda contra espalda, a lo largo de un desarrollo en el cual salen a relucir algunas de las dificultades que dos sujetos tan distintos tienen para comunicarse, así como la aparición de pequeñas señales de entendimiento que uno y otra quizás consideren más tarde. El humor impera en casi todos los recodos de un camino cuyo final no resulta fácil de diagnosticar, y quizá pueda, para algunos espectadores puntillosos, lucir opinable. El asunto se sostiene, empero, gracias al irónico diseño de dos siluetas que Mercedes Pallarés y Nacho Duarte recrean con regocijante entrega, habida cuenta de las exigencias físicas que implica el permanecer maniatados. El adecuado ritmo que Rovella impone a la puesta, por otra parte, no descuida los necesarios trazos de verosimilitud con respecto a una comedia acerca de lo inesperado.

El cuento del Zoo (Alianza, sala 2), del estadounidense Edward Albee, con dirección de Jorge Denevi, estudia la imprevista conversación que surge entre un pacífico burgués que lee un libro en una plaza y una especie de desesperado vagabundo que le interrumpe la lectura. A través del intercambio entre dos hombres tan disímiles, el inquieto autor de ¿Quién le teme a Virginia Wolf? echa una implacable mirada no sólo a las abismales diferencias que caracterizan a dos representantes de órdenes sociales marcadamente opuestos sino también a las posibilidades de reflexión y hasta de cambio que la situación pueda arrojar para estos protagonistas de una estremecedora alegoría acerca de una humanidad en trance que, a menudo, pospone la oportunidad de descubrir al semejante que tiene cerca. El propio director y Álvaro Armand Ugon brillan en dos composiciones de las que se adueñan desde el comienzo y mantienen con inquebrantable credibilidad, más allá del ritmo algo apresurado –no parecen existir pausas para que los personajes piensen, duden o se asombren– que el primero impone a una puesta que reclamaría mayor espacio temporal para que uno y otro se observasen como Albee da a entender.

El deseo atrapado por la cola (El Tinglado), del español Pablo Picasso (1881-1973), dirigida por José María Novo, plantea un evasivo encuentro con el celebrado artista, quien supo hacerse tiempo para escribir acerca de varios temas –la libertad, las fantasías, el placer, la ocupación alemana en Francia, el súbito enlace de imágenes del delirio o del ensueño, su propia existencia– a través del surrealismo o el cubismo en pinturas o esculturas y que aquí lo empujan a echarle mano al espíritu de quien quiera agarrar al huidizo diablo por la cola para expresarse por medio del teatro. Un poblado núcleo de personajes que incluyen al propio responsable del genial “Guernica” se encarga de aludir a todo eso y otras cosas más, claro, con los puntos suspensivos que Picasso y el surrealismo se merecen. La escenografía de Hugo Fernández, las luces de Martín Blanchet, el vestuario de Paula Villalba, la banda sonora de Agustín Ferreyra y la coreografía de Fernando Imperial se cuelan por todos los rincones del espacio de la calle Colonia para sumarse a la entrega del elenco y a la mirada totalizadora de un Novo que se atreve a enfrentar las dificultades de un compromiso tan inusual como el de llevar a escena un texto de alguien que se relaciona con todos y cada uno de nosotros para trasmitirle algo diferente.

Hasta que la muerte nos separe (Espacio), del francés Rémi de Vos, dirigida por Alejandro Martínez, se inmiscuye en las actitudes y reacciones de tres integrantes de un cuadro familiar, poco después de fallecer la abuela. Mérito del autor es el hábil manejo de aquello que los personajes no dicen, un detalle que en el texto parece importar tanto como cada cosa que ocultan o disfrazan. A pesar de que la obra da la impresión de ser más indicada para llevar a escena con actores experimentados, Martínez, en este caso, dispuso de gente que recién comienza –Mariela Viña, José Guzmán y Mariana Castro–, de la cual consigue un discreto desempeño, de a ratos, perjudicado por los apagones entre una secuencia y otra, recurso que, en un par de casos, debería tener lugar con mayor rapidez o, mejor aun, ser eliminado, de modo de mantener el ritmo imparable que el dramaturgo parecería solicitar.

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