En las relaciones sociales feudales, el homenaje era el ritual por el cual alguien se subordinaba a un superior. En ese esquema, si alguien no homenajea como es debido a quien corresponde, eso es considerado una grave falta, un agravio que debe ser desagraviado para reponer el orden de los honores, la línea vertical. El feudalismo puede no existir más como sistema social, pero hay zonas de la sociedad que solo conocen dos modos de relacionarse con las cosas: el homenaje y el agravio que debe ser desagraviado.
La Asociación Alberto Methol Ferré publicó la semana pasada un insólito comunicado en el que desagravia a Methol por las «insidiosas afirmaciones carentes de sustento» que supuestamente hice en una nota en la que respondía a una reseña de mi libro El misterio de Alberto Methol Ferré: un estudio del verticalismo latinoamericano. El tema en cuestión es qué posición tuvo Methol sobre las dictaduras de los setenta y los ochenta, y en qué medida se puede considerar que su acción de esos años compuso con la estrategia estadounidense en América Latina. Luego de una brevísima introducción, el comunicado se limita a reproducir íntegramente una carta que José Mujica envió al Club de Periodistas de México, en la que el expresidente elogia a Methol. No logré entender de qué forma esa carta es relevante para la discusión.
Seguramente hubiera sido apropiado, incluso conmovedor, leer esa carta en un homenaje. Pero lo que estaba sucediendo no era un homenaje ni un agravio, sino una tercera cosa: una discusión entre iguales. Resulta irónico que, habiendo sido Methol un polemista extremadamente inteligente y agresivo, una asociación que lleva su nombre se ofenda con tanta facilidad e intente cerrar una discusión intelectual para llevarla al terreno del agravio y el desagravio.
En cuanto al fondo del asunto, mi libro dedica un capítulo entero (el 3.8) a la relación de Methol con las dictaduras de los setenta. Allí se repasa su valiente oposición al golpe del 73, su participación en un ambiente político-intelectual en el cual ciertas zonas del nacionalismo argentino junto con la cúpula de la Iglesia sudamericana coordinaban los ataques a la teología de la liberación y su pensamiento sobre las dictaduras, expresado en un artículo de su autoría titulado «Sobre la actual ideología de la Seguridad Nacional», publicado en 1977 y republicado en 1979. Es difícil no interpretar ese artículo como una defensa de las dictaduras contra sus críticos. Cualquiera puede leer ese texto y la forma como lo contextualizo e interpreto en el libro, y discutir si esas interpretaciones son correctas.
Pero una cosa es discutir y otra es declarar que una investigación hace «insidiosas afirmaciones carentes de sustento» sin aportar nada remotamente parecido a un argumento. Más pertinente que un desagravio sería escuchar otras interpretaciones de aquellos hechos. Y si no las hubiere, cabría la posibilidad de aceptar que una persona que tiene una obra con muchos méritos tomó, en ciertas coyunturas, posiciones equivocadas o incluso reprobables, y luego pensar en las implicancias de ello. En los tiempos revueltos que nos tocaron, sería una pena que evitemos pensar estas cuestiones incómodas para evitar ofender a los homenajeadores.






