Con el dramaturgo y actor Cacho Palma: Memoria viva - Semanario Brecha
Con el dramaturgo y actor Cacho Palma

Memoria viva

Sabatino Cacho Palma lleva casi cinco décadas escribiendo, dirigiendo y actuando teatro argentino. Sus obras sostienen la memoria, conmueven la palabra y resisten al tiempo. Producciones como 22 de agosto han podido verse en varias ciudades de Argentina, Uruguay y España; este fin de semana la obra estará en el Teatro de la Gaviota.

DIFUSIÓN

—A lo largo de tu carrera, has actuado, has escrito teatro, has dirigido. ¿Cómo es habitar cada una de esas posiciones?

—En cada una de ellas se conjuga una sostenida pasión prometeica. Incluso en la posibilidad, también transitada, de hacer asistencias, supervisiones, soportes técnicos o de producción de obras de teatro realizadas por maestros, compañeros o alumnos, me encuentro con una bella expectativa, prácticamente infantil, que va desde la curiosidad inicial hasta el disfrute de comprobar y compartir la creación. En cada hecho teatral que pude gestar integralmente, como en las obras 22 de agosto [idea original, dramaturgia, actuación y producción general] o El camino de la fuente [idea original, dramaturgia y dirección], trato de habitar un mundo poético, y eso siempre resulta maravilloso. De hecho, si me das a elegir, amo los ensayos, ese momento en el que algo del caos se transforma en un pasaje, en un momento nuevo e impredecible. Incluso, esa experiencia de hacer lugar a lo nuevo, al invento, a lo que no estaba antes, trato de mantenerla en cada función. Tengo la clara percepción de que el modo de mantener viva una obra es la creación y la invención permanentes. Mis producciones teatrales, que debo llevar ya cerca de 80, tratan de ser fieles a la ética del ensayo y del trabajo siempre en proceso, son obras abiertas, se arman y desarman cada vez.

—¿Hay incomodidad en esa búsqueda?

—Nada es cómodo en un teatro que pretenda movilizar, capturar y modificar tanto al actor como al espectador. Ni siquiera la butaca debería ser un lugar cómodo. El actor no puede estar cómodo: pensemos, como ejemplo, que tiene que atravesar vivencias y vicisitudes de toda una década o una vida en tan solo 60 minutos. Todo es intenso y, de alguna manera, enloquecedor.

—Has hablado en alguna entrevista acerca del valor que les das a las imágenes visuales, cómo se relacionan con las emociones y la memoria. ¿Tenés una fórmula, podés definir los ingredientes de este proceso?

—Es muy difícil mantener o sostener una fórmula, lo que alguna vez te sirvió y te vino de maravillas ya no te sirve para este nuevo proceso. Lo que sí puedo sostener, dentro de lo posible, es la fidelidad a un estilo, a un modo de narrar y de contar, marcado fuertemente por lo subjetivo y por una decidida toma de posición que no es panfletaria ni pedagógica, sino dirigida a sostener la pregunta, a crear la duda. Me gusta lo de «ingredientes» porque en la «cocina» improvisada siempre se parte de lo que se tiene. Aquí la alacena son los recuerdos y las vivencias, y lo que calienta, lo que cocina es el impulso creador, la convicción de que hay algo por decir.

—A la hora de crear, ¿qué lugar tiene en vos la política?

—La política tiene tres carriles que me resulta imprescindible sostener vivos, acuciantes y actuales en cada obra como parte de un estilo de vida, un modo eficaz de hacer lugar al otro y a lo Otro, a las diferencias y a la diversidad, apelando a lo comunitario y a la solidaridad, por un mundo más justo e inclusivo, para combatir la segregación, la marginalidad y la destrucción del humano y del planeta. Esas son premisas que me acompañan en cada acto de mi vida. Luego, es bueno saber por experiencia que en cada hecho testimonial habita lo biopolítico, y en esto considero siempre los conceptos de Foucault, porque propician un espíritu transformador y nos colocan en «lo que es justo hacer, cada vez». Pero la biopolítica no es sin el cuerpo, y aquí llegamos al tercer punto que resulta esencial a la política del actor: su cuerpo vivo y presente, que se ofrece ritualmente para ser atravesado por la historia y por la subjetividad de su época. Entonces, el actor está y se presenta desde un lugar político, cumple una función política. En mi historia de tránsito por la teatralidad hay tres constantes que se han sostenido ya desde hace cinco décadas: apostar a la poesía, del texto y del espacio, como forma de apostar al futuro, al deseo; enfrentar las propuestas colonialistas e imperialistas de saqueo, destrucción, manipulación y expoliación de nuestros recursos humanos y naturales; defender la vigencia necesaria del Estado y el valor de lo público ante lo voraz y arrasador del consumo y la privatización.

—¿Qué te convocó como artista en esta historia? ¿Por qué es importante en el Río de la Plata volver a reflexionar acerca de la masacre de Trelew?

—En un momento candente de la pieza, el actor pregunta: «¿De qué mueren los poetas?». Esa tal vez sea la pregunta más rigurosa, la que recorre cada fragmento de la obra. Un adolescente silenciado y censurado, la masacre de 19 presos detenidos en una base aeronaval [Trelew], fusilados en la madrugada del 22 de agosto de 1972, la vigencia del poeta más humano de América [César Vallejo] y el loco César del asilo manicomial, condenado a la soledad y a las maniobras desgarradoras de su ser… El actor le otorga momentáneamente la palabra a Pablo Neruda, que responde que Vallejo murió de hambre y de asfixia, del cielo sucio de París, del río sucio, de donde han sacado tantos muertos.

Te agradezco que nos nombres como rioplatenses, esa es nuestra verdadera identidad. El Río de la Plata, tan codiciado, fue el derrotero de tres ciudades puerto, asediadas, corrompidas y finalmente desunidas: Montevideo, Colonia y Buenos Aires. En ese mismo río, la armada argentina ejecutó los tenebrosos y genocidas vuelos de la muerte. Esa armada que había logrado salir impune de los crímenes de Trelew arrojó a nuestras queridas compañeras y compañeros, probablemente a los más lúcidos y brillantes de una generación, y sus cuerpos, en una sombría metáfora, llegaron a las playas de Montevideo. Hoy estamos, justamente, a 40 años de los golpes militares que violentaron y masacraron nuestras instituciones y expandieron el criminal Plan Cóndor por toda América, y que comenzaron en Uruguay y en Chile en 1973. Trelew ocurrió algunos meses antes, y en Argentina significó un claro mensaje: «¡Ni se les ocurra soñar con la llegada de Perón, con la estabilidad de las elecciones democráticas! Dejen de hablar de la liberación nacional, esto es lo que les espera, este es el anuncio real de un macabro plan diseñado para toda América Latina».

—Estamos en un momento económico, político y social muy difícil en Argentina. ¿Hay un rol que puedas asignar a los artistas, a los creadores, con relación al presente y al futuro inmediato?

—El teatro me habita desde mi adolescencia, es un amor incondicional que ha vertebrado mi vida. La vida, el amor y, tal vez, la muerte los pienso como un movimiento transformador que conmueve en la repetición, y que sigue sosteniendo los distintos modos de un despertar necesario. Creo que los setenta, en Argentina y en toda Latinoamérica, estuvieron impregnados de un firme fervor comunitario que es necesario respetar y recuperar. De hecho, si el mecanismo predominante de la opresión del neoliberalismo es fuertemente renegatorio, resulta esencial que, desde nuestras prácticas y desde nuestros discursos –creo fuertemente en lo interdiscursivo–, podamos crear, producir y gestar nuevas formas de apropiación de la historia, de la memoria, para que puedan transformarse en fundamentos éticos, en verdaderos manifiestos y proclamas.

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