Memorias del futuro

Con Abel Guillén y Javi Cerezuela, directores del documental “Presentes”.

Fotograma del documental Presentes / Foto: Divulgación

Los directores españoles construyeron, con precisión y compromiso, un relato de la dictadura uruguaya que parte de voces subterráneas, ausentes de la memoria histórica hegemónica. Aunque la película fue estrenada en nuestro país el año pasado, la pandemia impidió su exhibición en España. Por eso “Presentes” tendrá, en pocos días, un estreno internacional online.1

¿Cómo fue el proceso de creación de la película?

Abel Guillén —Soy historiador, el origen está ligado al mundo académico. Mi trabajo de máster fue sobre estos temas. Su nombre era “El terrorismo de Estado a través de cuatro casos representativos”. Desde el principio tuvo una base testimonial, vinculada al rescate de la historia oral. Llegué a Uruguay en 2014; en 2016 Javi vino a visitarme. A él le apasiona el mundo audiovisual, y yo quería tener incidencia social con lo que estaba haciendo. Un trabajo académico se iba a quedar guardado dentro de un cajón, mientras que un documental iba a aportar desde el punto de vista militante. Javi y yo nos conocemos desde la infancia y tenemos esa actitud frente a la vida. Después de conocer a la gente y escuchar sus testimonios, esos vínculos que estaba armando me parecían demasiado potentes como para ser, simplemente, un trabajo académico. En 2017 volvimos a Uruguay –porque habíamos vuelto a España– y durante cuatro meses estuvimos rodando, tanto en Montevideo como en las zonas cercanas. Queríamos historias del Interior, pero no teníamos plata para irnos muy lejos, así que la gran mayoría de las entrevistas se hicieron en el departamento de Canelones. Luego nos volvimos a España de nuevo con todo el material, con 80, 90 horas de grabación, y estuvimos trabajando en el montaje, en casa de Javi, durante un año y medio. En noviembre de 2019 terminamos y regresamos a Uruguay para estrenar.

—Ustedes produjeron solos la película, sin financiación alguna.

Javi Cerezuela —Al volver a España, lo que hicimos fue promover un crowdfunding con el cual financiamos parte de la película. Igual nunca pensamos que iba a costar tanto. Al ser novatos, hay ciertas cosas con las que no contábamos, y el gasto real nos abrumó un poco. El crowdfunding ayudó, y el resto salió de nuestro bolsillo.

—Más allá de lo académico, ¿por qué eligieron centrarse en el proceso dictatorial de nuestro país?

A G —Casualidad. Llegué a Uruguay porque a mi compañera le habían conseguido una beca de movilidad para hacer un semestre en la Universidad. Decidí irme con ella y trabajar en estos temas, que me interesan de forma universal: la memoria sobre la historia reciente, los procesos predictatoriales, dictatoriales y de retorno a la democracia, los procesos de verdad y justicia, el tema de los derechos humanos y la justicia transicional. Además, el proceso político que estaba viviendo Uruguay en esos años me parecía muy interesante, porque la llegada de un guerrillero tupamaro a la Presidencia era algo que me llamaba muchísimo la atención, sobre lo que tenía puesta la mirada.

—Y después de hacer la película, ¿qué fue lo que más los impactó?

J C —Aprendimos mucho. Te abruman a datos, te abruman a documentación, te abruman a historias personales. Pero lo que más me llamó la atención es lo que se puede parecer la historia uruguaya a la de España, ¿no? Cómo se conecta con la transición española, cómo el pacto del Club Naval se puede parecer a los pactos de la Moncloa, cómo la libertad y la impunidad se mantienen para los bandos vencedores.

A G —Es cierto que la película tiene una carga fuerte vinculada al horror y al sufrimiento. Pero haber conocido tantas personas que, hasta el día de hoy, después de haber pasado por lo más duro que puede pasar un ser humano, todavía mantienen esa llama encendida de la militancia, del pensamiento crítico y de la rebeldía… Haber conocido a gente tan mayor que ha sufrido tanto, pero que, sin embargo, todavía se mantiene tan digna es de lo más bonito que me puedo llevar.

—La película se ocupa de darle voz a un montón de gente que no había aparecido antes en el registro de la memoria uruguaya.

J C —Eso fue un tótem para nosotros, ir por las historias subterráneas. La mayoría de la gente no son militantes conocidos, no representan partidos ni organizaciones. También la forma que tenía Abel de preguntar no era directa, sino muy amplia, muy abierta, y eso dio lugar a que algunos nos contaran, incluso, cosas que a su propia familia no le habían contado nunca. Al final había algo, no sé, de dejar ir, de soltar un lastre.

—Es que la presencia de la cámara no es neutra: incide, produce cosas.

J C —Una de las cosas buenas –que, por otro lado, también es muy costosa– es que sólo íbamos dos. Íbamos a las casas, comíamos con ellos, pasábamos tiempo allí: eso ayudaba mucho.

¿Cuál es la relación de lo testimonial con lo cinematográfico? ¿Cuáles fueron las búsquedas cinemáticas, estéticas?

J C —Hay varias claves. No teníamos presupuesto, yo quemé una cámara casi al empezar, tuvimos que comprar otra. Además, cuando grabas entrevistas tan largas te quedas sin batería en la cámara, pero en la cabeza también, y no nos daba para filmar mucho más. Pero sí nos tomamos el trabajo de grabar escenas que son las que dividen el documental, que son fundamentalmente planos fijos y que vienen de la fotografía, la disciplina de donde yo vengo. Esas escenas ayudaron mucho. Aunque –hay que reconocerlo– el documental tiene muchas partes estáticas, luego en el proceso de montaje le dimos muchas vueltas hasta conseguir algo que estéticamente nos pareciese conmovedor, que funcionase.

—No trabajaron con ningún montajista.

A G —Menos la música y la banda sonora, lo hemos hecho todo nosotros, tanto la financiación como la producción y el montaje. Los créditos los hizo una compañera, Elvira López; la música la hicieron Jaime Arriaga, Samuel Vidal y Javier García, y Miguel Fructuoso, un artista que conocemos, diseñó el logotipo.

¿Y cuál es, ahora, el camino de la película?

A G —A finales del año pasado hicimos varios estrenos en Uruguay. Tuvimos la suerte de que se proyectó en la sala del Sodre y en el Cce, y luego conseguimos el cine del shopping de Las Piedras, que para nosotros fue importante porque los protagonistas pudieron verla con buenas condiciones materiales.

¿Y qué pensaron cuando se vieron?

A G —Estábamos muy nerviosos, pero la verdad que fue un día inolvidable, porque cuando terminó la película la gente estaba emocionada, todo el mundo nos quería abrazar, les había parecido un trabajo muy bueno y pudimos compartir mucha charla, mucha emoción. Fue un alivio que ningún protagonista tuviese inconvenientes, porque, bueno, la película sigue una línea editorial que es nuestra, pero son ellos los que ponen la cara.

J C —Teníamos esa presión, porque no puedes escapar de lo político, y era importante que tanta gente de distintos sectores se sintiera identificada. Cuando la gente la vio y le gustó fue una paz, porque por muy objetivo que quieras ser siempre tu mano va a ser subjetiva, ¿no?

—Hay una intimidad muy grande y una mirada muy cuidadosa sobre las personas y su discurso.

A G —Nuestra intención fue la de aglutinar a gente de diversos sectores. Eso, para nosotros, es una riqueza. La gente que sufrió la represión puede ir desde un ámbito hasta otro muy lejano dentro de lo que se conoce como la izquierda, tan dividida mundial e históricamente. La decisión de no cerrar el espectro político tiene que ver con buscar la unión entre gente que vivió las mismas cosas.

¿La han mostrado en España?

A G —Teníamos previsto hacer los estrenos en abril y en mayo, en Madrid, Barcelona y en Murcia, nuestra ciudad. Pero tuvimos que cancelar todo. Eran instancias muy interesantes porque los protagonistas venían, habían sacado pasajes desde Uruguay, y habíamos conseguido algunas salas de cine bastante buenas. Pero todo se vino abajo con la pandemia, y tuvimos que reelaborar, repensar y ver de qué manera le dábamos salida al documental. Por eso el estreno online.

¿Cómo se resignifican, en este contexto, los relatos acerca de la represión sistemática sobre los cuerpos?

A G —Cuando fuimos a Uruguay a estrenar nos dimos cuenta de que estos temas están en continuo dinamismo. Todos los días hay una noticia nueva, porque el terreno de la memoria es un terreno de disputa política. Teníamos miedo de que la película quedara desactualizada, pero fue todo lo contrario. En concreto, justo en ese momento había habido declaraciones polémicas del alférez Antonio Romanelli, pero ese es sólo un ejemplo. A nivel mundial está habiendo un avance de las ideas de derecha y de extrema derecha, muy vinculadas con los sectores más privilegiados de la sociedad y más reaccionarios, que históricamente han sido responsables de los golpes de Estado. En América Latina es muy evidente lo que está sucediendo, y también en Europa; casi en el mundo entero desde la llegada de Trump. Como el documental tiene una parte vinculada con la actualidad política, donde los protagonistas hacen reflexiones, desde el presente, sobre el proceso que se ha dado durante estas décadas, el material sirve como base para hablar de muchos temas actuales. La memoria es algo que está mucho más vinculado al presente y al futuro que al pasado, a pesar de que puede parecer lo contrario.

1.   Para poder ver en exclusiva el estreno online, tan sólo es necesario escribir un correo a presentesdocumental@gmail.com. Los organizadores enviarán un correo con la información para pagar la entrada de 200 pesos uruguayos (los métodos de pago aceptados serán Paypal y transferencia bancaria o pago a una cuenta uruguaya Brou). Una vez realizado el ingreso, el 26 de junio se recibirá un correo electrónico con el enlace y la contraseña para ver el documental, con vigencia por 48 horas.

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