Mi guerra y mi paz – Brecha digital
Cine. En Cinemateca y Sala B: 8 cuentos sobre mi hipoacusia

Mi guerra y mi paz

DIFUSIÓN

Si hay una disciplina que, más allá de la música, pone en juego el valor de los sonidos, es el cine. Una de las bases del funcionamiento del lenguaje audiovisual supone contar con la capacidad de escucha del espectador, por eso hacer una película que lo acerque a la experiencia de la hipoacusia siempre resulta un desafío. Varias ficciones lo han intentado con buenos resultados; pienso en la escena de la muchachita sorda bailando en el boliche en Babel (Alejandro González Iñárritu, 2006), en las recientes Sound of Metal (Darius Marder, 2019) y Coda (Sian Heder, 2021), e incluso en la recientemente estrenada Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021), en la que el personaje de Tilda Swinton intenta, sin demasiado éxito, describir a un técnico el sonido exacto que suena dentro de su cabeza. Pero es probable que para nosotros, espectadores del sur del sur, ninguno de esos títulos sea capaz de lograr una sensibilización tan profunda en torno a la vivencia social de las personas con hipoacusia como este documental de Charo Mato, con su tono íntimo y confesional. La directora argentina apuesta a la cercanía humana, a paisajes, instituciones y construcciones vinculares que nos resultan muy familiares, y logra interpelar a la audiencia con materiales que resuenan desde lo estrictamente personal hacia lo universal, resultando excepcionales por la valentía que revelan en torno a la exposición de la vulnerabilidad.

Mato construye su personaje escapando a todo tipo de estereotipos. Su abordaje no pretende grandes alegatos, se concentra en la transmisión honesta de una experiencia. Para eso, acude a quienes la rodean: su padre, su hermana, tíos y primos, los profesionales que la acompañaron en el camino, otras jóvenes que han realizado tránsitos similares. Así, lo primero que comprendemos es que la condición de las personas con hipoacusia no puede generalizarse, sino que está atada al contexto, a las particularidades de cada quien, a los avances tecnológicos y a las creencias culturales. Uno de los aspectos más impresionantes tiene que ver con lo definitiva que resulta la herencia genética: aunque con variantes en la gravedad, su padre, algunos tíos y varios primos de su misma generación comparten la condición de Charo. La película explora la vivencia de cada uno, formando una constelación de sentimientos y reacciones que presentan al espectador una diversidad de puntos de vista; así, lo fuerzan a dejar de mirar para el costado y dimensionar la inmensa complejidad de la temática.

Porque allí están las instituciones socializadoras que deben lidiar con algo para lo que nunca parecen estar lo suficientemente preparadas: la familia, la escuela, los centros de salud, el mercado y sus precios. Mientras Mato es niña, el mundo adulto no la mira lo suficiente y, aun cuando ha crecido, la infantiliza. Todo ese proceso se condensa en un eje narrativo: la relación de la directora con su madre. Construida a partir de imágenes de archivo, la madre de Charo se presenta con una enorme ambigüedad, agregando una nueva capa de significado que trasciende cualquier condición física: ¿cómo se ama a quien, a pesar de haber tenido buenas intenciones, te ha perjudicado?, ¿cómo se toma distancia crítica de quien se extraña cada día porque ya no está?

Con un impecable trabajo de sonido del uruguayo Rafael Álvarez, en una película coproducida con Argentina por la productora uruguaya Monarca Films, 8 cuentos sobre mi hipoacusia nos propone adentrarnos en un universo en el que la angustia y la belleza conviven de forma permanente. La película celebra la posibilidad de escuchar que brinda la nueva tecnología de implantes cocleares, aunque también la problematiza. Al fin y al cabo, la condición de no escuchar talla el carácter de las personas, volviéndose parte fundamental de sus historias de vida. «No sería el mismo si no tuviera este problema», confiesa más de un personaje. Ese tipo de afirmaciones da vuelta el discurso hegemónico acerca de lo que supone una discapacidad y nos permite preguntarnos, por ejemplo, acerca de lo hermoso que debe ser poder aislarse completamente del mundo por un ratito, escapando de todo ruido. El agua, casi un personaje más, está contada con amoroso vaivén: es un refugio en el que la diferencia deja, por un momento, de existir, y en ella las personas con hipoacusia pueden, aunque sea por un rato, contar con el alivio de no ser juzgadas. «Adentro del agua nadie escucha», contestó Charo Mato en el preestreno, cuando una espectadora le pidió que explicara ese sentimiento de confianza con el medio acuático. Afuera del agua, para que su historia fuera escuchada, esta novel directora tuvo que hacer una película. Bienvenida su voz que se alza fuerte, propagando nuevos ecos de amor propio, audacia y liberación.

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