Mujer contra mujer

Feminismo lesbiano: reflexiones desde el presente.

“A veces a las mujeres les gustan las mujeres.

‘A Chloe le gustaba Olivia’, leí.

Y entonces me di cuenta de qué inmenso cambio representaba aquello.

Era quizá la primera vez que en un libro a Chloe le gustaba Olivia.”

Virginia Woolf

Estoy en la habitación de ella observando esa imagen que no deja de sorprenderme. Ya la había visto muchas veces, pero esta vez estaba allí mirándome, mirándonos. Acompañándonos. Hablándonos del camino andado. Diciéndonos que esto no es nuevo, que mostrarse nunca fue fácil. Intento imaginar cómo fue producir en los años noventa esa foto tan política, tan desafiante en épocas de ocultamiento, cuando las lesbianas o no existíamos o lo hacíamos de una forma muy negativa para el resto del mundo. Sin embargo, allí estaban ellas dos ilustrando la tapa del vinilo. Juntas. Desnudas. Mujer contra mujer.

Ya pasaron muchos años desde la aparición de aquel álbum tan cargado de representatividad lesbiana. Desde la canción de Mecano que da nombre al disco y que fue convertida en un himno sáfico hasta la versión de “Barco quieto”, de María Elena Walsh, y el tema a Marguerite Yourcenar. Sin duda que Celeste y Sandra nos dejaron mucho sobre lo que tiene que ver con la visibilidad lesbiana.

Es 1990 y son las invitadas al programa de Susana. Les toca cantar “Mujer contra mujer”. “Un amor por ocultar. Aunque en sueños no hay donde esconderlo. Lo disfrazan de amistad cuando salen a pasear por la ciudad”, entonan juntas. “Una opina que aquello no está bien”, canta Celeste mirando fijo a Sandra. “La otra opina que ¿qué se le va a hacer?”, le responde esta última con una sonrisa cómplice. Ambas son conscientes de que están actuando sus propias vidas.

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¿Quiénes fueron las lesbianas de nuestra historia? ¿Cómo encontrarlas? Estas preguntas se plantearon las feministas lesbianas de los setenta y, para dar respuesta, comenzaron a escribir sobre el ser lesbiana en el contexto de una sociedad heteropatriarcal que se puso en debate con el movimiento feminista de la segunda ola. De esta manera, elaboraron un marco teórico que cuestionaba la heterosexualidad, una institución que beneficia al patriarcado y, a su vez, representa un privilegio dentro del propio feminismo. Adrienne Rich, Monique Wittig y la polémica Sheila Jeffreys fueron algunas de sus referentes más nombradas.

El feminismo lesbiano vino a plantear algo que rompió esquemas y acaloró el debate feminista: ser lesbiana es una opción política y el deseo puede construirse. Esta idea trajo aparejados varios cuestionamientos y críticas. La discusión, entonces, se centró en que, de alguna manera, esta visión desexualizaba el lesbianismo y politizaba algo que tenía que permanecer “natural”: el deseo.

Pensar que el feminismo lesbiano le quitaba el lado sexual al asunto fue planteado, sobre todo, por la definición de Rich a lo que ella llamó “continuum lesbiano”: “Incluye una gama, a lo largo de la vida de cada mujer y a lo largo de la historia, de experiencias identificadas con mujeres; no simplemente el hecho de que una mujer haya tenido o haya deseado conscientemente una experiencia sexual genital con otra mujer”.

Una interpretación rápida de la idea de Rich puede hacernos pensar que, entonces, cualquiera puede ser lesbiana, sin importar si tiene un vínculo sexoafectivo con otra mujer. La respuesta tal vez sea sí y no. Porque claro que importa, pero no siempre pensamos en las múltiples formas en que esto se ha dado. Según la española Beatriz Gimeno, esta definición permitió, justamente, trazar un recorrido en la historia que nos da otras herramientas para encontrar quiénes fueron las lesbianas y sus diferentes experiencias. Si pensamos en Virginia Woolf, tal vez ya está bastante generalizada la idea de su lesbianismo, más allá de su matrimonio heterosexual con Leonard, con quien no tenía un vínculo sexual. Sin embargo, sí tuvo una relación erótica y afectiva con la abiertamente lesbiana Vita Sackville‑West, aunque en sus diarios haya hablado de un solo encuentro sexual con ella, que no volvió a repetirse. Pero Virginia sí estaba vinculada a un continuum lesbiano. La historia de Virginia no fue la primera ni será la última que el modelo hegemónico de la heterosexualidad quiso captar para sus filas. Se cuestionó el lesbianismo de sor Juana Inés de la Cruz: se alegó que las cartas para la virreina eran meras cuestiones de estilo de la época. Y hasta se llegó a dudar de la mismísima Safo, la poeta griega a quien debemos el nombre: se dijo que lo que hacía con sus alumnas era introducirlas en la vida heterosexual y que finalmente se suicidó por el amor que sentía por un muchacho.

Sheila Jeffreys, hoy conocida como feminista Terf (feminismo radical trans excluyente, por sus siglas en inglés), con su clara postura transfóbica, trazó un recorrido sobre el feminismo lesbiano, basándose sobre todo en Rich, pero fue más lejos: criticó las prácticas sadomasoquistas, por entender que erotizaban el sometimiento, y hasta se opuso al uso del dildo, por ser un “símbolo del poder masculino y la opresión de las mujeres”. También cuestionó duramente la teoría queer, que comenzaba a surgir en ese entonces. Su planteo fue que había costado mucho comenzar a establecer una visibilidad lesbiana en un movimiento feminista heterocéntrico y una comunidad Lgbt centrada en los varones gays. Con esta idea, le parecía un atraso una teoría que planteara, según su interpretación, la ruptura de categorías que, a su entender, sólo estarían invisibilizando a las lesbianas. ¿Realmente la teoría queer invisibiliza a las lesbianas? ¿Es importante la visibilidad como lesbianas en particular y no como disidencia sexual? ¿Qué me une a mí, como lesbiana, con un varón gay o una feminista heterosexual? ¿Qué me une con una lesbiana que no sea feminista? Y de nuevo la gran pregunta: ¿qué es ser una lesbiana?

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Tal vez estas preguntas no buscan una respuesta concreta, sino que más bien ayudan a repensarnos constantemente. En ese sentido, y para atender la cuestión de las categorías, son interesantes las reflexiones de la filósofa argentina Virginia Cano en su Ética tortillera, donde se plantea “el rol ético y políticamente estratégico de posicionarse como mujer‑lesbiana‑feminista en el espacio académico”. Cano toma la cuestión del contrato heterosexual de Wittig (del que se desprende que las lesbianas no somos mujeres, por estar más allá del pacto social), considera que hay una necesidad de “re‑inscribir y re‑inventar” las categorías “mujer” y “lesbiana”, y apuesta a una identidad estratégica y política que no sea estable, sino más bien precaria y variable. “De este modo, reinscribir la figura de la lesbiana como mujer supone desnaturalizar el régimen prescriptivo del sexo‑género, reformulando dichas categorías”, señala.

Otra de las preguntas que pueden surgirnos es si existe un nosotras, las lesbianas, como colectivo. Entiendo que hay una necesidad de representación e identificación con una experiencia erótica, afectiva y sexual. Está claro que no a todas las lesbianas les gusta The L Word, la serie madre. No todas se emocionan con la llegada de Carol al cine. No todas aman a Virginia Woolf ni leen a Cristina Peri Rossi o a Alejandra Pizarnik. Pero sin duda eso nos habla de la posibilidad de ser y estar en el mundo de una forma que no es la hegemónica. Muchas hemos rastreado en la historia, la literatura, el cine y la música el deseo entre mujeres para crear así, cada una, nuestra propia genealogía lesbiana.

Que hoy en día la televisión y el cine comiencen a incluir historias de lesbianas que no tienen finales trágicos, que haya una gran cantidad de series que incluyan personajes lesbianos y los naturalice, que la prensa comience a hablar sobre eso y hasta que la gente sea capaz de pronunciar la palabra “lesbiana” en una conversación y de forma natural no son hechos aislados. Esto no quiere decir que la violencia hacia las lesbianas haya desaparecido: los abusos y las agresiones conviven con este boom de la visibilidad tortillera, que pienso que está acompañado del alcance del movimiento feminista. Claramente, el trabajo que comenzó el feminismo lesbiano en los setenta está teniendo su efecto. Ese feminismo lesbiano que tomó diferentes formas, que generó movimientos concretos en algunos lados, pero que también se coló en el discurso feminista en general para generar nuevas formas de pensarnos en constante movimiento y cuestionamiento. Porque ya lo dijeron Sandra y Celeste: somos mucho más que dos.

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