No, ¿o Sí? - Semanario Brecha
Pensando el referéndum

No, ¿o Sí?

El No ganó el referéndum, y la LUC fue ratificada. Pero si el referéndum fue una medición de las fuerzas políticas y sociales del país, el resultado fue un empate. La votación quedó muy segmentada por región, por edad y por clase, y dejó mucho para analizar. Hubo, además, un alto número de votos anulados. Y una situación política ambigua, con efectos en todas las direcciones.

Festejos de militantes del No tras el resultado del referéndum, frente a la de Torre Ejecutiva, en Montevideo Mauricio Zina

Bienvenido, lector, bienvenida, lectora, a la batalla de las interpretaciones. Es la última parada en el largo camino que recorrimos juntos en esto de narrar y pensar las peripecias de la Ley de Urgente Consideración (LUC), desde su trámite parlamentario, pasando por las discusiones sobre si se le interponía un recurso de referéndum, hasta la campaña de firmas y, luego, la campaña electoral. Llegó la noche culminante, y el resultado no fue concluyente. O sí, según a quién se le pregunte. En la última nota antes del referéndum decíamos: «Es posible un escenario freak, de empate, en el que el No gane por un margen muy escaso o, incluso, gracias a los votos en blanco. Un escenario así desataría una batalla de interpretaciones a partir de la noche del domingo y forzaría a construir diagnósticos ambiguos y matizados». Pues aquí estamos. O no, según a quién se le pregunte.

Entonces, repitamos: ganó el No, el gobierno mantuvo básicamente el electorado con el que ganó en noviembre de 2019 y la legislación que sirve de cimiento a su programa sobrevivió a la impugnación. Pero otra vez hay un pero: la elección fue pareja, mucho más de lo que se esperaba. Cada uno elige el relato que mejor le queda. La guerra de interpretaciones empezó incluso antes de que se supieran los resultados. Y en esto tuvieron mucho que ver la Usina de Percepción Ciudadana (UPC), La Diaria y TV Ciudad. Resulta que los canales privados decidieron no hacer proyecciones de escrutinio y que la Corte Electoral cargó primero los circuitos del interior profundo, donde el No tenía ventaja, por lo que si la UPC no hubiera anunciado (correctamente) un empate técnico a las 20.30, habría sido fácil imponer, en la nochecita, la narración de un cómodo triunfo del No, que luego sería difícil de levantar. Como para no olvidar la importancia de los medios públicos y cooperativos.

RESULTADOS

Pasemos de los relatos a los datos. Lo primero que hay que decir es que si el Sí y el No representan visiones generales del país (por ser la síntesis de posturas sobre la educación, las empresas públicas, la política de gasto y la represión), ninguna de ellas es hoy mayoritaria. Hay, en todo caso, una minoría mayor y una segunda minoría. Si calculamos los porcentajes sobre el total de la gente que fue a votar (sin contar los observados), nos da un 48,0 por ciento para el No, un 47,1 por ciento para el Sí, un 1,3 por ciento de voto en blanco y un 3,6 por ciento de voto anulado. Detengámonos en estos últimos números.

Los votos en blanco estuvieron un poco por debajo de su promedio histórico, mientras que los anulados crecieron a casi el doble de lo usual. Aunque sean expresiones de abstención, dicen algunas cosas. Primero, al ver la gran diferencia en la variación del voto en blanco y el anulado, podemos especular que se trata de votantes sofisticados, que entendieron que las reglas sumaban los votos en blanco al No. Podemos decir, además, que la intención de algunos personajes de ultraderecha de marcar votos llamando al voto en blanco logró que este… decreciera. El voto anulado, por su propia naturaleza, es difícil de interpretar. Quizás se trate de expresiones de posturas ideológicas o de disconformidad con las organizaciones que llevaron adelante las campañas. Es posible que a esto se sume cierto grado de despolitización y desinterés. Pero, en cualquier caso, hay que constatar que una parte importante del electorado no se sintió convocada por las opciones representadas por el Sí y el No, a lo que hay que sumar que la participación en el referéndum fue unos 5 puntos porcentuales inferior a lo que suele ser en las elecciones nacionales.

Volvamos a lo parejo del resultado, que, además de parejo, fue inesperado. Desde fines del año pasado, el promedio de las encuestas de las principales empresas daba una ventaja de alrededor del 8 por ciento para el No, que en las últimas semanas se redujo (si tomamos el promedio entre estas empresas) al 3,5 por ciento. El resultado real fue mucho más angosto. Cosa que fue predicha, una vez más, por la UPC. El resultado puede ser visto como una irrupción del estado real de la opinión pública frente a unas encuestas que mostraban un gobierno con un amplio apoyo social. Cuando desagregamos el resultado, queda mucho para interpretar. El análisis de los resultados por circuito hecho por el diario El País muestra una ventaja abrumadora del Sí entre los jóvenes (el 66,6 por ciento entre los menores de 33 años), pero una ventaja para el No en todas las categorías de edad por encima de los 43 años. Esto pudo verse la noche del domingo en la concentración del Sí en la explanada municipal, donde había prácticamente solo jóvenes.

El referéndum también mostró patrones claros en cuanto a la geografía. El Sí ganó en Montevideo, Canelones y Paysandú; el No ganó en los otros 16 departamentos. Esto disparó en la izquierda, como cada elección, la discusión sobre «el problema del interior». Antes de entrar en mucho detalle, hay que relativizar que esta haya sido una elección tan mala para el Sí en el interior. Para establecer un punto de comparación, en las elecciones departamentales de 2020, la coalición gobernante sumó, fuera de Montevideo y Canelones, un 63 por ciento de los votos –contra un 27 por ciento del Frente Amplio (FA)–, mientras que el domingo el No obtuvo allí un 55 por ciento de los votos –contra un 40 por ciento del Sí–. Si bien la derecha derrotó una vez más a la izquierda en el interior, esta última no necesariamente está peor de lo que estuvo allí históricamente, salvo que se compare con elecciones especialmente buenas, como las departamentales de 2005 o las nacionales de 2014.

Una segunda relativización es que el interior no es uno solo. Los departamentos no se mueven electoralmente en la misma dirección. El desplome de la izquierda, a partir de 2019, se da fundamentalmente en la frontera norte con Brasil: en Artigas el No ganó por una diferencia de 33 puntos y en Rivera sacó la friolera de 47 puntos de ventaja. Esto es especialmente notable porque son departamentos donde hace no tanto la izquierda era competitiva. Algo parecido podemos decir de Maldonado, que históricamente ha sido uno de los lugares donde mejor votó la izquierda y que esta vez dio 17 puntos de ventaja al No, luego de una campaña en la que Darío Pérez salió junto con Enrique Antía a hacer campaña por esta opción. La contracara de esto es Paysandú, que merece una atención particular (véase el recuadro).

El territorio, en una ciudad segregada, delata la clase. Nuevamente, según un relevamiento de El País, el No ganó con luz en Carrasco, Punta Carretas, Punta Gorda, Pocitos, Carrasco Norte y Buceo; el Sí ganó en 54 barrios y arrasó en la periferia: superó el 70 por ciento en Tres Ombúes, Pajas Blancas, Nuevo París y La Paloma, y el 60 por ciento en Casavalle, Sayago, Bañados de Carrasco, La Teja y el Cerro; en el Parque Rodó, el Centro, Malvín, Cordón, Palermo y el Parque Batlle hubo casi empates. El mapa de Montevideo muestra a la perfección una división política entre los ricos y los pobres, y una batalla por la clase media.

Las elecciones nunca se pierden en un solo lugar. Las pocas decenas de miles de votos que habrían sido necesarias para que ganara el Sí se podrían haber conseguido perdiendo por menos en Rivera o en Maldonado; apuntando a departamentos con lugar para crecer, como Florida, Soriano y San José; aumentando la distancia en la zona metropolitana, o ganando en el centro-sur de Montevideo. La evaluación de esto, más que una valoración empírica, requeriría un pensamiento estratégico. Por lo pronto, sería interesante que, en vez de echarse la culpa, las diferentes partes de esta alianza implícita pudieran conocerse y reconocerse, y preguntarse qué hacer juntas.

Para la izquierda y la militancia popular, el empate puede ser esperanzador: las encuestas hacían prever algo peor y la campaña del No gastó mucho más, tuvo un amplio apoyo mediático y estatal, y contó con un presidente aparentemente bien aprobado. Los logros no son pocos. El debate sobre la LUC se estiró más de un año, lo que significó un costo altísimo a la decisión del gobierno de darle un trámite exprés. Se desplegó un discurso valiente en seguridad, que atacó de frente al punitivismo, matando, una vez más, el mito de que en Uruguay existe un clamor popular por más palo y cárcel. Se densificó ideológicamente al electorado de izquierda: un 47 por ciento de la gente votó contra la privatización, la represión, el desalojo exprés, etcétera, sin que mediara el carisma de ningún candidato ni ningún corrimiento al centro. Se confirmó una extraordinaria capacidad cognitiva de una parte importante del electorado para ignorar el bombardeo de propaganda y simulacro mediático. Se demostró la capacidad de la política amateur de producir empates contra la política profesional.

Los porcentajes del domingo fueron casi idénticos a los del balotaje si trasladamos el FA al Sí. En muchos análisis (¡incluido este!) la traslación es casi automática, lo que es un error analítico y político profundo, hijo de un reflejo partidocentrista, que habría que revisar. La relación entre el FA y las diferentes militancias sociales, populares y de izquierda es compleja y viscosa, con zonas de superposición y conflicto. Basta recordar el agrio proceso de discusión sobre si salir a juntar firmas o no, que llevó a la ruptura de la primera Intersocial y mostró las complejas relaciones de fuerzas dentro del FA y el PIT-CNT; el ruido que produjo la «unificación del comando» que supuso el paso de Fernando Pereira de uno al otro; la torpeza de la izquierda ante el 8 de marzo, y el hecho de que las intersociales del interior tienen composiciones y formas de operar distintas a las de la «central».

En la larga guerra de desgaste del neoliberalismo contra la vida colectiva y lo público, un empate permite ganar tiempo, pero no habilita triunfalismos. No estamos ante las mayorías amplias en defensa de lo público que en 1992 y 2003 liquidaron a Lacalle (padre) y a Batlle (sobrino nieto). Para la izquierda es doloroso pensar que, después de tanto esfuerzo, faltaron unos pocos miles de votos, con los que hoy estaríamos hablando de cómo el programa de reformas de Lacalle (hijo) está en la lona. Se ha usado mucho, estos días, la metáfora de David y Goliat. Pero hay que recordar que David, al ver la oportunidad, liquidó a Goliat de un hondazo, con un solo golpe en la frente. El hondazo del domingo, aunque meritorio y conmovedor, no fue definitorio. Goliat, enojado y asustado, prepara su lanza.

Militantes del Sí en la explanada de la Intendencia de Montevideo, luego de conocerse el resultado del referéndum Magdalena Gutiérrez

NO

Volvamos a la lucha de interpretaciones. El domingo, Luis Lacalle Pou salió a hacer lo que hace siempre que las cosas van mal: una conferencia de prensa para retomar el control de la narrativa. El guion era previsible: el No ganó con claridad y la agenda del gobierno seguirá imperturbable. Pero, quizás por primera vez, el intérprete no estuvo fino. Se vio a un Lacalle incómodo, sin la claridad que lo caracteriza. Esa misma noche, una cámara de El País captó a Guido Manini Ríos comentando los resultados: «Esto a todos nos pone nerviosos. Somos conscientes de que con cualquier error perdemos, porque esta diferencia dentro de dos años no está más». En los días siguientes, Manini Ríos se mostró crítico con el gobierno y el funcionamiento de la coalición en varias entrevistas. A esto se sumaron las declaraciones del senador blanco Jorge Gandini en el programa Fácil desviarse, quien, sobre la reforma de la seguridad, dijo: «Estas reformas solo se hacen lejos de la elección, y ya nos comimos dos años»; «Yo no voy a votar una ley que me asegure perder la elección siguiente». Estas son demostraciones de que el resultado del referéndum fue un golpe para una coalición que cruje y ve en peligro su agenda.

Pero cuidado con ese susto. Puede que la derecha sea más peligrosa cuando está asustada. La LUC, no olvidemos, es una máquina de represión política, que facilita reprimir huelgas, manifestaciones callejeras y encontronazos con la Policía, mientras aísla a los espías de la inteligencia del control político. El oficialismo viene diciendo hace semanas que la izquierda es antidemocrática y enemiga de la Policía, cosa que es difícil no ver como una preparación discursiva de la represión. El actual gobierno ya mostró su intención de atacar a la militancia y la intelectualidad de izquierda en su retaguardia: intentará regular la actividad sindical y presionar, como ya lo viene haciendo, a los docentes y los estudiantes de la educación pública para que se autocensuren.

Es cierto que la división de la opinión pública y la cada vez mayor cercanía del calendario electoral pueden aconsejar prudencia al gobierno, pero el programa es grande, los aliados reclaman avanzar y las chances de que la izquierda logre convocar otro referéndum son bajas. La LUC puso los cimientos de muchas reformas neoliberales, y aprovecharlos es una gran tentación para la mayoría parlamentaria derechista. Y una victoria, aunque angosta, es una victoria. Lacalle y su ley fundamental sobrevivieron al referéndum, como en su momento Julio María Sanguinetti y su ley de caducidad sobrevivieron al referéndum de 1989. Con aquella victoria, Sanguinetti se convirtió en el principal dirigente de la derecha uruguaya y lo fue por un par de décadas, hasta que ungió a Lacalle (hijo) como sucesor (quizás para envidia de su padre). Hizo época con su discurso sobre la democracia (su palabra clave) y sus intentos de cooptar a la izquierda con un lenguaje socialdemócrata y un personaje culto.

Lacalle (hijo) no habla tanto de democracia como de libertad, en un cambio de eje no menor, en la dirección de un liberalismo más puro. Es el primer presidente que viene de la educación privada y con cuadros que vienen del mundo de los mánager y una agenda que viene de los think tanks. La Tahona está en ese noreste de la zona metropolitana donde están el nuevo aeropuerto y el nuevo estadio de Peñarol: una zona de autopistas, asentamientos, cuarteles y barrios privados. Una anticiudad sin espacio público. Este miniperfil viene a cuento porque si después de zafar del referéndum Lacalle está llamado a ser el jefe de la derecha por un largo tiempo, conviene ir pensando lo que esto significa.

La LUC es un maletín con 100.000 dólares. Un inquilino fácil de echar. Un comercio que quiere evadir impuestos. Un patrón que sabe que le va a ser fácil desalojar una ocupación. Un policía autorizado a reprimir una protesta. Una multinacional que compra acciones de empresas que hasta ahora eran propiedad del Estado. Una cárcel infesta y hacinada. Un gradual desplazamiento hacia un sistema de educación de mercado. Al no haber sido derogada, todo eso crecerá. Todo lo que se ocultó o se matizó hasta ahora se mostrará en toda su fuerza.

FIN

La LUC ya no dominará la discusión pública. Otros temas tomarán la agenda. O los mismos con otras excusas. El empate entre las dos mitades políticas del país, en algún momento, se va a desequilibrar, y de ahí saldrá un nuevo mapa. La pregunta es cómo y cuándo va a pasar eso y en favor de quién. No es evidente dónde ni cómo se va a dar esa disputa, que va a tener tanto de política como de económica y cultural. Y, aunque sus efectos seguramente se verán en futuras elecciones, no es, en lo fundamental, una disputa electoral. El referéndum enlenteció y complicó el avance neoliberal por un año. Esta bala ya fue usada. Será necesario cavar nuevas trincheras y hacer otros movimientos desde los mundos sociales y los territorios. Y eso va a tener que suceder rápido.

Con Gabriela Fallini (FA, Paysandú)

«Creo en una política lo más horizontal posible»

La victoria del Sí en Paysandú puso todos los ojos allí. Brecha llamó a Gabriela Fallini, militante socialista de 27 años y presidenta de la departamental del Frente Amplio (FA) en Paysandú.

—¿Cómo es ser presidenta de una departamental del FA?

—Es un poco extraño. Tengo 27 años. No es que tenga una vida militando. No es lo mismo para una mujer joven que para un hombre adulto. En la campaña y en el primer mes luego de asumir tuve que enfrentar muchas cosas. La gente subestima mucho a los jóvenes, subestima mucho a las mujeres. Encontrarme en ese lugar y mostrar que puedo fue un doble desafío. Ahora venimos bien, y este resultado nos respalda bastante.

—¿Ustedes esperaban la victoria del Sí en Paysandú?

—En el último tramo sí. Yo, al menos, estaba convencida de que en Paysandú ganaba el Sí.

—¿Qué forma de hacer política se construyó en la campaña?

—Esta campaña tenía que superar lo político-partidario. La que tenía que tomar el impulso de organizar la comisión fue la Intersocial, que nuclea a Fucvam [Federación Uruguaya de Cooperativas de Vivienda por Ayuda Mutua], el PIT-CNT, la Iglesia valdense, entre otras organizaciones. Después nos sumamos los partidos políticos. Y había que mantener el equilibrio. Nos ayudó que estuvieran David Helguera, del Partido Colorado; Sergio Rodríguez, del Partido Nacional; Martín Andrade, de la Unidad Popular. Había mucha amplitud.

—Después de las elecciones departamentales, hubo una gran discusión sobre el interior y la izquierda, y mucha gente vio en Andrés Lima y su estilo basado en liderazgos locales un modelo para ganar en el interior. Parecería que la forma como ganó el Sí en Paysandú es distinta. ¿Es así?

—Es un debate que tenemos que dar. Históricamente el interior está acostumbrado a ser caudillista. Yo, en lo personal, no comparto el caudillismo: creo en una política lo más horizontal posible. También es algo de cada territorio: no todos los territorios son iguales. Pero no es un debate que hayamos dado, sino un debate que tenemos que dar. Es un tema interesante.

 

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