No profanar el sueño de los muertos - Brecha digital
Cine. En Cinemateca: Jesús López

No profanar el sueño de los muertos

DIFUSIÓN

Un sinfín de películas recientes retratan las actuales problemáticas de la vida rural y en especial la ruina de los pequeños productores; si el cine es un fiel reflejo de las grandes transformaciones acontecidas en nuestro mundo, quizá esta pueda reconocerse como una de las más traumáticas y profundas. El notable director Maximiliano Schonfeld (Germania, La helada negra, El año del tigre) desde hace tiempo viene abordando el tema con grandes películas en las que un clima ominoso lo domina todo y se cierne sobre los personajes, a menudo derivado de pestes que contaminan flora y fauna y carcomen la moral y la dignidad de los pobladores. Sus primeras dos películas ambientaban su acción en el Entre Ríos profundo, en comunidades campesinas menonitas endogámicas, aisladas en el espacio y suspendidas en el tiempo. En esta, su cuarta película, si bien los protagonistas son de origen alemán, no parecen vivir en un aislamiento autoimpuesto, sino en uno provocado por las circunstancias: en la provincia se vive el avance de la soja, los desmontes, las quemas, la transformación ambiental, la migración de los más jóvenes. Es un cambio muy importante en las formas de vida.

La anécdota parte de otra realidad extendida: en la provincia se han disparado las cifras de jóvenes muertos en accidentes de tránsito. Hecho que está estrechamente vinculado con la decadencia y la ausencia de perspectivas. El título refiere a un muchacho fallecido en la primera escena (Lucas Schell), figura invisible que opera por ausencia y en torno a la que orbitan los personajes y su accionar. Pero el protagonista es Abel (Joaquín Spahn), su primo, un adolescente algo tímido que vive en la granja de sus padres y que al principio no aparenta tener mayores ambiciones o proyecciones personales. Cuando el muchacho comienza a vivir con sus tíos, a juntarse con los amigos y con la novia de su primo fallecido, y a vestirse con su misma ropa, las cosas comienzan a enrarecerse: por un lado, parece usurpar este espacio, esta suerte de «terreno baldío» en el que habitaba su primo y, por otro, ninguno de los personajes que lo circundan parece ofenderse o siquiera molestarse por la flagrante suplantación de su vida. Es comprensible que la posibilidad de vivir con un mejor pasar justifique el accionar de Abel, pero lo cierto es que, en esa transición que atraviesa todo adolescente y que supone la construcción de la identidad, no busca en ningún momento diferenciarse del difunto.

El estilo del director es austero, sugerente y distante. El espectador tiene la tarea de descifrar las motivaciones ocultas de los personajes y, en definitiva, la esencia de esta película. El libreto, coescrito por Schonfeld y la escritora Selva Almada (Chicas muertas, No es un río), despliega notablemente una suerte de duelo vivido por la comunidad, debido a estas transformaciones, que se superpone con la pérdida familiar. Acompañadas de estos vacíos, las envolventes imágenes cobran fuerza: un paisaje campestre y una carretera desolada emanan una singular pesadez existencial. Jesús López es una película lograda y diferente, la clase de cine que seduce al mismo tiempo que interpela.

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