¿Un nuevo ciclo de la memoria en Uruguay?: No son solo memoria - Semanario Brecha
¿Un nuevo ciclo de la memoria en Uruguay?

No son solo memoria

A casi dos semanas de la Marcha del Silencio y a pocos días de la identificación de los restos de Amelia Sanjurjo Casal, se confirma que aún son tiempos «de inscribir-significar el espanto y el terror» en la memoria, como reclamaron hace décadas Marcelo Viñar y Maren Ulriksen.1 También, que las palabras muchas veces resultan limitadas para comunicar lo vivido.

La memoria es un campo de batalla –ya no hay dudas– y está sometida a las luchas de poder de cada contexto histórico, en las que se configura la conversación entre generaciones, a veces interrumpida o interceptada –como el embarazo de algunas mujeres desaparecidas– y que no es posible enunciar siquiera con ese ¡Presente! atronador. Asimismo, el diálogo (mejor dicho: el puzle de experiencias que dan sentido al pasado) y el lugar en la historia de cada protagonista requieren diversos tiempos y formatos. Los fragmentos de ese intercambio, multitudinario e íntimo, no pueden limitarse únicamente a lo verbal o al testimonio.

Hay momentos que evocan o silencian el recuerdo, como ilustran los ciclos de la memoria experimentados en Uruguay. En el período inmediato a la recuperación democrática (1985-1986) se escucharon testimonios y se produjeron informes sobre el Uruguay de la resistencia; emergieron las memorias del horror. Pero, al elaborar un relato del período autoritario, se enfatizó en las voces públicas de militantes políticos y revolucionarios varones, que narraron su verdad teniendo como eje el rechazo al régimen. Quizá por eso no tuvieron cabida otros protagonistas de ese proceso: mujeres, nuevas generaciones, disidencias sexuales, afrouruguayos, entre otros.

Sin embargo, hubo una alta participación juvenil al inicio de la transición democrática a través del movimiento estudiantil, el sindical y el feminista. En 1986, cuando el Parlamento aprobó la ley de caducidad, la militancia se acentuó a instancias de la campaña prorreferéndum para derogarla. En aquel contexto, la política represiva del primer gobierno democrático se focalizó en jóvenes y adolescentes a través de las denominadas razias, una práctica policial que consistía en detener de forma casi indiscriminada a jóvenes durante el final de la jornada y mantenerlos incomunicados durante toda o gran parte de la noche. Esto fue criticado por el Servicio Paz y Justicia y por Madres y Familiares, las dos organizaciones que, con una marcada impronta vinculada a los derechos humanos, supieron conservar su autonomía en relación con los partidos políticos.

La generación posdictadura (particularmente la montevideana, la del destape) se constituyó en torno a la explosión del rock nacional y a las revistas subte.2 La integraron varias cohortes entre 1985 y 1989. Según la revista GAS Subterráneo, estos jóvenes buscaron diferenciarse de la generación del 68, que creía en estructuras organizativas jerárquicas, y rechazaron mandatos verticales, así como religiones laicas o confesionales. Como señaló oportunamente Raúl Zibechi,3 la eclosión de organizaciones horizontales o rizomáticas que emergieron en ese contexto cobró potencia en los movimientos estudiantiles de los años noventa del siglo XX, a lo largo de un proceso en el que se muestran modalidades organizativas que alternan períodos de intensa actividad con otros de aparente inactividad colectiva.

Luego del fracaso del voto verde, se dijo que la memoria había salido de la agenda pública. Sin embargo, hacia fines de abril de 1989 se creó la Coordinadora Anti Razzias, que contó con grupos de apoyo en varios barrios de Montevideo. Se sumaron algunas revistas subte, agrupaciones liceales, grupos barriales de teatro y –como describen algunos testimonios– «mucha gente suelta». El 23 de junio de ese año se realizó la primera manifestación por 18 de Julio que, en lugar de oradores, tuvo como proclama una obra de teatro callejera titulada Razziol X. La obra escenificaba la venta de un antídoto para la represión policial.

La Red de Teatro Barrial y la Coordinadora Anti Razzias fueron protagonizadas por esa generación que creció e incluso nació en dictadura, con la integración de militantes de izquierda que habían participado activamente como adolescentes revolucionarios a fines de la década del 70. Ambas organizaciones son antecedentes directos de las modalidades de irrupción en el espacio público que adoptan tiempo después los colectivos de hijos e hijas (ya nucleados en torno a sus experiencias personales y no únicamente en relación con la condición de víctimas del terrorismo de Estado ejercido contra sus padres y madres).

Un nuevo contexto social posibilitó la emergencia de estos nuevos sujetos de la memoria (HIJOS, Niños en Cautiverio Político, Memoria en Libertad, más adelante Jacarandá, Jóvenes por la Memoria y más). Señalemos que el alcance de ese nuevo ciclo estuvo marcado por la creación de la Comisión para la Paz (2000-2003), la crisis de 2001 y  el inicio de los gobiernos progresistas, con la promoción de políticas de memoria junto con leyes reparatorias para víctimas del terrorismo de Estado.

¿Qué silencios y relatos se heredan? ¿Cómo se reciben, aceptan y cuestionan estas herencias? Aquí es cuando aparecen las diferencias, muchas veces manifestadas en conflictos intergeneracionales. Como indican Elizabeth Jelin y Diego Sempol,4 esto «en ocasiones implica un cuestionamiento sobre lo actuado por las generaciones más viejas, así como enfrentamientos, y en otros la aceptación de la legitimidad de los sentidos recibidos sobre el pasado». En el mismo libro, frente a una situación análoga en Argentina, Pablo Bonaldi se preguntaba: «¿Colocar la tragedia de sus padres en la base de la identidad propia no implica de algún modo condenarse a una posición pasiva? ¿Podrán estos jóvenes sumergirse en las turbulentas aguas del pasado sin resignar por ello la capacidad de ser agentes de su propia historia?».

Con los nuevos colectivos, cobraron centralidad diversas expresiones artísticas que planteaban otras formas de hacer política, que a su vez se entroncan con las interpelaciones que las teorías feministas han instalado respecto a la división artificial entre lo público y lo privado y las relaciones de poder de las que el lenguaje es portador. Todas ellas se distancian de los modos expresivos y organizativos más tradicionales. En el espacio público la memoria apareció entonces díscola, irreverente y lúdica con relación a las modalidades de aquella «primera generación», porque los ciclos de la memoria también se estructuran por género y por rangos de edad.

Las experiencias infantiles durante el terrorismo de Estado también ganaron visibilidad pública. Las memorias producidas por quienes vivieron sus infancias en dictadura aparecen ahora en obras y performances, en alfombras que contienen eso que se sabe pero no se recuerda, en hilos que emergen de contenedores con tierra o vestidos en el aire, en vigilias por la democracia, en nuevas publicaciones, fotografías, audiovisuales; también en jardines. En diciembre de 2022 la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República publicó Infancias en dictadura: sobre narrativas, arte y política, que aúna las diversas perspectivas desarrolladas en Uruguay sobre el tema y permite conocer las organizaciones juveniles que emergieron en la posdictadura. El libro se agotó rápidamente, casi sin difusión. Quizás fue la magia de la caricatura de Ombú en su portada. Ya está disponible una segunda edición, para aportar a un campo de estudio que tiene ahora nuevas preguntas.

Quizás estemos actualmente ante un nuevo ciclo de la memoria en Uruguay. Parecería ser que, en el presente, se precipita una ruptura, –una deconstrucción– del familismo a través de múltiples apropiaciones y resignificaciones.

Un punto de inflexión claro se puede observar en la consigna «Todos somos familiares». O en cómo, durante la Marcha del Silencio de 2022, Jóvenes por la Memoria –y no es casual que se trate de un agrupamiento de otro rango de edad, de personas nacidas luego de la apertura democrática– repartió 20 mil imágenes de las detenidas y los detenidos desaparecidos uruguayos. Las fotos aparecieron multiplicadas, no restringidas a la cabecera de la marcha, sino esparcidas a lo largo de ella. Luego circularon de las más diversas formas: se subieron al ómnibus, aparecieron en el estadio Centenario, estuvieron en las hinchadas de diversos cuadros de fútbol y básquetbol, así como muchos otros ámbitos que hasta hace poco tiempo parecían ajenos a este tipo de demandas.

Año a año, se abre un cauce más amplio para instalar la memoria sobre el accionar del terrorismo de Estado. «No son solo memoria, son vida abierta», trazó Circe Maia hace muchos años en forma precursora. Hoy es vida renovada y multiplicada, que circula en el tejido social con fuerza expresiva, rompiendo los límites de lo individual, sorteando la peripecia o el acontecimiento personal, para incorporarse como una marca bajo la piel.

1. Fracturas de memoria: crónicas para una memoria por venir, de 1993.

2. De esas publicaciones, destacamos GAS Subterráneo, La Oreja Cortada, Suicidio Colectivo, Kamuflage, Kable a Tierra, Ratas i Rateros, entre otras.

3. La revuelta juvenil de los 90: las redes sociales en la gestación de una cultura alternativa, de 1997.

4. El pasado en el futuro: los movimientos juveniles, de 2006.

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