Página de vida - Semanario Brecha
Algunos fragmentos de «La lección intelectual del semanario Marcha»*

Página de vida

Ángel Rama en su oficina de la Biblioteca Ayacucho en la Avenida Urdaneta.

Mi relación con el semanario uruguayo Marcha es tan larga como toda su existencia y esta es tan larga como una vida humana completa, habiendo quienes piensan que es tan larga como la eternidad. Comenzó en 1939, cuando apareció su primer número, que la impenitente curiosidad de mis 13 años me llevó a comprar, y desde entonces no cesó, generándome esa adicción de los viernes que acabó contagiando a miles y miles de uruguayos y latinoamericanos en los años de esplendor de Marcha, en la década del sesenta. Hoy, en 1982, se mantiene igual, y vivo a la expectativa de los Cuadernos de Marcha que Carlos Quijano hizo renacer en el exilio mexicano, junto a una robusta editorial, siendo de ambos su colaborador asiduo.

[…]

Es de la parte cultural del semanario y sobre todo de su sección literaria que puedo hablar con mejor conocimiento de causa. Por ella desfilaron prácticamente todos los intelectuales que aspiraron a una renovación de las letras de conformidad con la pauta histórica que se vivía […]. Nunca he sido nerudiano pues siempre fui vallejiano, sin que esto me impida reconocer la magnificencia poética del chileno. Cuando apareció su libro Navegaciones y regresos, un típico libro de recortes y de cumplidos en el estilo de la década rosada («querido hermano Pablo») que siempre he detestado por su insufrible retórica, me indigné y escribí quince centímetros de columna diciendo que no estaba a su altura y que un poeta de su calidad debería recordar el rigor de Vallejo y su esencial servicio de la poesía. Apareció el mismo viernes en que Neruda cayó repentinamente por Montevideo, a pasar unos días en la casa de sus (y mis) amigos millonarios. Coincidencialmente despedí a unos familiares en el aeropuerto ese día y allí encontré a la plana mayor de la intelectualidad partidaria, cuyas caras consternadas proclamaban que llevaban el recorte en el bolsillo. Cuatro días después anunció un recital de su poesía en un teatro local, al cual mi agitada vida de entonces me imposibilitó asistir, perdiéndome así un espectáculo regocijante que me concernía. Una espléndida actriz, Dahd Sfeir, se prestó al inmerecido honor de recitar frase a frase mi nota bibliográfica, a la cual el poeta somnoliento contestaba con largas lecturas de sus poemas, incluyendo, claro está, sus poemas al «hermano César». Contesté en el siguiente número de Marcha recordándole que las «payadas» populares se hacen con dos partícipes y que gustosamente hubiera aceptado su invitación, pues si bien creía que era uno de los mayores poetas de la lengua, no creía que fuera Dios.

[…]

Solo quienes han atendido una sección literaria semanal, con cuatro a seis páginas que llenar, saben la tortura cíclica que impone, con los dos momentos de pánico que tienden a producirse fatídicamente los domingos (la repentina muerte de un gran escritor y el repentino premio internacional, sobre todo los que otorgan los malditos del Nobel) y exigen la documentada nota para el próximo jueves. Era el honor del semanario lo que se jugaba en esas ocasiones: mientras los diarios reproducían los servicios de las agencias internacionales, a nosotros (¡a mí!) me cabía el artículo de fondo informando de la personalidad, su obra y analizando sus principales producciones. Lo más parecido a la parrilla de san Jerónimo que haya conocido, la cual me perseguía por doquiera yo viajaba: cuando la muerte de Ramón Gómez de la Serna, quien tuvo la cortesía de agonizar durante varios días, yo estaba dando un curso en Santiago de Chile, de modo que entre clase y clase me aposentaba en la Nacional de Santiago a releer sus obras e ir redactando precautoriamente el obituario, calculando que le llegara al semanario con tiempo; cuando le dieron el premio Nobel a Steinbeck (¡a quién se le puede ocurrir sino a la Academia Sueca!) yo estaba en Paria, de modo que, después de comprar las ediciones francesas de sus libros y teclear la noche entera, salí corriendo para Orly a depositar un paquete en manos del piloto de Air France que partía para el Río de la Plata. Pero otras veces las dificultades parecían insuperables: el viernes la Academia Sueca anunció que le habían dado el premio a Ivo Andric de quien no había un solo libro en español (al menos en Montevideo) y desde ese día hasta el jueves siguiente, me aposenté durante ocho horas diarias en el cotolengo de ancianos de una iglesia, para que un paciente sacerdote yugoeslavo de ochenta años me tradujera de viva voz las novelas de Andric que él tenía en su poder (igualito al cuento de Evelyn Waugh sobre el lector de Dickens) mientras yo le servía unas copitas de jerez y tomaba notas, procurando que el anciano no se distrajera mucho con sus explicaciones aclaratorias sobre la geografía de Yugoeslavia y las peculiaridades de su cocina.

Creo que fue Cyril Connolly quien ha dicho que un crítico es un hombre que semanalmente recibe veinte libros de los cuales no hubiera querido leer dieciocho.

[…]

No volvería a dirigir una sección semanal de literatura, nunca jamás, ni le aconsejo a nadie que lo haga, no digo por diez años, ni por cinco ni por dos. Junto a eso, el columnista semanal de literatura que he sido después es un paseo por un jardín. Tampoco he querido nunca recoger en libros mi producción de esa década, ni espero que me sobrevenga post mortem un vengativo Cobo Borda que hurgue los diarios y reúna los escritos (es por otra parte lo que yo le he hecho a Pedro Henríquez Ureña en el volumen La utopía de América, de la Ayacucho) porque, como dicen las tías de sus muertos: están bien donde están. Todo está escrito sobre el tiempo, en más o en menos, a nadie se le ha conferido la eternidad, pero hay cosas que son más afines al tiempo que otras, son ese tiempo que ha pasado y ellas quedan reservadas a unos muy pocos que padecen de su seducción de un modo intolerable: podrán saciarla en la colección amarillenta de la Biblioteca Nacional, una vez que hayan sido convertidos en polvo los cancerberos analfabetos que han amordazado la espléndida cultura uruguaya, de la que Marcha fue su más honroso exponente.

*Original mecanografiado, publicado en Cuadernos de Marcha, segunda época, número 19. En la edición web del semanario se reproduce facsimilarmente el texto completo, gracias a la gentileza de Amparo Rama.↩︎

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