Perfomance con riesgo

“The Square”

“The Square”

En Force majeure (2014) el sueco Ruben Östlund introducía una cuña fatal en una bien formada familia sueca. La reacción del padre, que se olvida de su esposa e hijos ante el riesgo de una avalancha de nieve, puso en cuestión no sólo la vigencia de los roles del esquema familiar aceptado, sino que hizo emerger algo más oscuro, amarrado a la condición humana, resistente a los milenarios esfuerzos por domesticarla. Todo en una estación de esquí en los Alpes, lo que proporcionaba una atmósfera cerrada y de a ratos asfixiante.

En The Square,1 Östlund hace, en apariencia, lo contrario. “Sale” a la luz urbana, a los signos y posturas de la modernidad, y en una de sus manifestaciones más extremas y características: el ambiente del arte contemporáneo, con su multiplicación de sentidos y aperturas. Todo es “abierto”, física e intelectualmente; personajes liberales y educados se deslizan entre palabras importantes de vagos sentidos y sobreentendidos, resistiendo sin que se les mueva el jopo los dardos que cada tanto intentan molestar ese ballet civilizado. Si en Force majeure Östlund ponía en cuestión la institución familiar al confrontarla con reacciones primarias, en The Square parece buscar los signos que subsisten alrededor del acuerdo tácito de interpretación civilizada y abierta, deteniéndose a mostrar las distintas formas en que lo interrumpen u horadan por todos lados. De menor a mayor, de casual a absurdo: puede ser el llanto de un bebé que corta las conversaciones para el armado de una exposición; los insultos y el batir de palmas de un hombre que sufre del síndrome de Tourette, en plena entrevista en vivo a un artista; los ruidos de trabajos en un museo interfiriendo con un diálogo entre un hombre y una mujer (la banda sonora, desde los ruidos hasta la música, tiene aquí un papel relevante). O cosas más fuertes y concretas, como un robo que adopta los aires de una puesta en escena callejera, la presencia constante de mendigos, una intervención en una cena para distinguidos asistentes que se sale de madre.

El protagonista es Cristian (Claes Bang), todo un prototipo de modernidad educada: apuesto, amable, padre divorciado de dos niñas, director del museo de arte contemporáneo que instalará en la plaza a su frente, previa demolición de una antigua estatua ecuestre, la obra de una artista argentina titulada precisamente “The Square”. Square significa cuadrado y también plaza, y la obra en cuestión es ambas cosas, un cuadrado señalado con adoquines en el interior del cual, indica la curaduría, se pretende “un santuario de confianza y empatía”. Pero así como en El discreto encanto de la burguesía nadie llegaba a comer, acá nadie llega a habitar el melódico espacio. La película se compone como una sucesión de viñetas, algunas de las cuales se materializan como las performances tan caras al arte contemporáneo. Así los cultos asistentes a una inauguración se convierten en una multitud desbocada cuando se anuncia la comida; el encuentro sexual de una noche culmina en una ridícula discusión sobre quién arroja el preservativo a la basura; la campaña promocional de la exposición lleva al extremo la provocación generando una crisis institucional en el museo; el educado Cristian se porta como un energúmeno al invadir un edificio de viviendas populares para dejar en cada departamento el reclamo por el celular y los gemelos que le robaron, hecho que, además, tiene una derivación donde lo risible y lo dramático se mezclan sin solución. Hay dos escenas casi catárticas coronando las dos líneas narrativas –la personal de Cristian y la colectiva, en su entorno–. Una es el curador revolviendo en la basura para encontrar un papel con una dirección, filmada en un plano cenital que parece multiplicar la basura hasta ocupar todo el cuadro, sepultando prácticamente al protagonista. La otra es a la vez una muestra, un comentario sobre ciertas formas de arte y de quienes lo sustentan, y un caricaturesco retrato de los humanos en su representación social: la performance de un actor-hombre mono que saltando sobre las mesas de un banquete y llevando al paroxismo su papel maltratando a los asistentes, extrae de éstos tanto su cobardía como sus impulsos más salvajes. Corrosiva, inmisericorde con los espectadores –por ejemplo en la extensión de algunas de sus escenas más punzantes–, tan salvajemente divertida como, por momentos, voluntariamente fastidiosa, The Square es un derroche de talento y de nervio, que como tal, en tanto algo a ser puesto a consideración de los demás, corre el riesgo de cruzar el límite del exceso y el desmadre. Y lo cruza, más de una vez.

  1. Suecia/Alemania/Francia/Dinamarca, 2017.

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