Perfume de ayer

La última de Woody Allen: “Un día lluvioso en Nueva York”.

Un día lluvioso en Nueva York.

Se esperaba esta película.1 Woody Allen, apestado por la larga sombra del supuesto abuso sexual cometido contra su hija adoptiva hace veinticinco años –sombra renacida y fortificada por el movimiento Me Too y el estrellato periodístico de su hijo Ronan Farrow, que sustenta la tesis del abuso–, quedó impedido de publicar sus memorias y de estrenar este, su último filme. Mientras se dirime el pleito que Allen le entabló a Amazon por suspender el estreno en Estados Unidos, Un día lluvioso en Nueva York llega a varios países, entre ellos el nuestro, y quienes seguimos las películas del neoyorquino desde siempre estamos de fiesta.

Una fiesta siempre cautelosa. Con tanta productividad, Allen pasa de una película maravillosa a una más o menos interesante, hasta otra de esas de las que se dice “atendibles” –palabra fea si las hay–, adjetivo resultante de un juicio bastante generalizado aunque no unánime: el que sostiene que la peor película de Woody igual es mejor que la mayoría de las que nos envía la industria estadounidense. A esa dudosa categoría pertenecen –juicio personal– los tres filmes hechos entre Blue Jasmine (2013) y Wonder Wheel (2017), pero, con esas dos como laderos, la confianza en lo que traerá la próxima tiene con qué alimentarse.

Pero bueno… El asunto de esta película es una vez más el amor, las distintas circunstancias que lo acechan y cómo reaccionan frente a ellas los miembros de la pareja en cuestión. En este caso, está formada por dos jóvenes, universitarios en una prestigiosa –o por lo menos cara– institución superior. Apenas veinteañeros y enamoradísimos, Gatsby Welles (Timothée Chalamet) y Ashleigh (Elle Fanning) van un fin de semana a Nueva York, para que, aprovechando la entrevista que ella le hará a un famoso director (Liev Schreiber), el muchacho de cinéfilo apellido le enseñe a su amada los encantos de esa, su ciudad natal, que ella, rozagante flor de Arizona, apenas conoce. Enredada la flor en los dramas de la crisis creativa del famoso director, los desvelos de su guionista (Jude Law) y los encantos de un actor de moda (Diego Luna), queda el pequeño Gatsby librado a su suerte y sus añoranzas en las entrañas de su ciudad. Entrañas maravillosamente registradas por la fotografía del gran Vittorio Storaro, con una paleta en la que predomina el ocre en los exteriores lluviosos y una cálida luz de intimidad en los interiores. Una Nueva York sin la agresión de las grandes avenidas o calles conflictivas, sin multitudes, luminosa pese a la lluvia casi constante, tan cercana que hasta le trae así, de una, seres de su pasado. Ciudad propia, de Allen y de su personaje, con un aire como de eternidad, o de constancia en el tiempo.

Pero además de esa atemporalidad del entorno, como un resultante diferido de La rosa púrpura de El Cairo, los personajes parecen salidos de una película de los años cincuenta o sesenta, como la música que suena o que citan, o las películas a las que se refieren. Tanto, que el uso de los celulares parece un (inadecuado) detalle futurista. Gatsby es una versión apitucada y embellecida de la galería de inconformes intelectualizados que Allen se reservó para sí a lo largo de su extensa filmografía; el famoso director y su guionista son apuntes rápidos de los clásicos veteranos que sucumben ante la frescura juvenil; el actor de moda –latino para más datos– es el sempiterno donjuán aprovechador. Y Ashleigh, la flor de Arizona: con su entusiasmo liceal, sus arrebatos y sus melindres, no sólo es imposible aceptarla como estudiante universitaria avanzada, sino que parece diseñada como una trampa fácil para posibilitar toda la historia.

No es la primera vez que Woody Allen juega con lo anacrónico, con lo que está donde aparentemente no debía estar. Hasta puede decirse que lo anacrónico forma parte de su cine. Pero a veces eso se impone desde la levedad y la gracia de juegos bien logrados, de apuestas arriesgadas, y otras sucumbe a una voluntad demasiado evidente. Es, creo, este caso. Pero, lo dicho más arriba, la cota es alta porque se trata de él, y sí, es una película “atendible” y, en algunos tramos, disfrutable.

1.   A rainy day in New York. Woody Allen, Estados Unidos, 2017.

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