¿Qué podría salir mal?

Una formación docente con escasos contenidos disciplinarios.

La formación de profesionales de la docencia (profesores de matemática, por ejemplo) está disociada en Uruguay de la formación de investigadores en las disciplinas respectivas (matemáticos, para seguir con el ejemplo). Esto realmente no tuvo mayores consecuencias hasta después de 1985, porque antes de esa fecha apenas se hizo investigación científica en el país. Esta afirmación puede parecer temeraria, pero no lo es. La investigación científica durante la mayor parte del siglo XX fue una práctica marginal en Uruguay, encarada con tesón, entusiasmo, entrega y valentía por unos pocos individuos verdaderamente excepcionales cuya memoria rara vez se honra. (El país no empezó a formar matemáticos, para redondear el ejemplo, sino hasta la segunda mitad del siglo XX.)

Los rectores Mario Cassinoni y Óscar Maggiolo intentaron en los años cincuenta y sesenta transformar lo que en Uruguay se llamaba “universidad” en una verdadera institución creadora de conocimiento y cultura. Uno de los esqueletos iniciales de la futura ciudad universitaria que soñó Cassinoni, pujante y moderna, permaneció durante décadas en Malvín Norte como testigo mudo pero elocuente del valor que varias generaciones de uruguayos les asignaron a la cultura científica y a la investigación. Ninguno. Que ese edificio se haya transformado hace algunos años en la sede de la Facultad de Ciencias es también un hecho significativo. Indica que en los últimos lustros la investigación ha empezado a ser valorada. Pero ese cambio de mentalidad es todavía muy incompleto y bastante incipiente.

En los hechos, el divorcio entre la formación de docentes y la formación de investigadores no empezó a sentirse, pues, sino hasta los tiempos posteriores a la recuperación democrática, que fue cuando las cosas empezaron lentamente a cambiar. Desde entonces, el problema no ha hecho sino agudizarse en forma creciente.

En el camino, el desencuentro entre ambos mundos tropezó con el auge pos sesentista del rechazo a la educación tradicional. Fueron el hambre y las ganas de comer.

La función tradicional asignada a la educación es la enseñanza: la trasmisión intergeneracional de los logros y conquistas culturales de la humanidad. Esta vieja y venerable función es considerada obsoleta por los diversos enemigos de la educación tradicional: una alianza variopinta que incluye a partidarios de formas pedagógicas flexibles, de fuerte componente emotivo e inspiración antiautoritaria, relativistas posmodernos, constructivistas más bien toscos y rudimentarios, simples tecnócratas entronizadores de la racionalidad económica, presuntos expertos y asesores de organismos internacionales, aspirantes a ingenieros sociales de diversas orientaciones ideológicas, fetichistas de la tecnología que consideran vetusta y superada la figura del docente y un sinfín de otros.

Los enemigos de la educación tradicional cuestionan su arrogante pretensión de enseñar. Una pretensión que consideran academicista, enciclopedista, elitista, autoritaria e, incluso, antidemocrática.

Esta moda, que llegó a Uruguay hace tiempo, vino a retroalimentar la escisión ya mencionada. Su bandera es la pedagogía. El tipo de conocimiento que circula y debe reproducirse en una institución dedicada a la formación de docentes, dicen, es el conocimiento pedagógico. Pero el conocimiento pedagógico tiene el inconveniente de no estar relacionado con la enseñanza. Podrá tener que ver con la educación en su sentido más amplio, pero no con la enseñanza.

La enseñanza es un arte, no una ciencia ni una tecnología. Es un saber práctico, no uno teorético. Se parece a tocar el piano, no a construir un puente. La investigación pedagógica no mejora la enseñanza, de la misma manera que la investigación musicológica no mejora las técnicas de ejecución de los pianistas. Por supuesto que un profesor debe saber de lo que enseña. Es por ello, precisamente, que su formación teorética debe estar centrada, antes que nada, en la incorporación de conocimientos disciplinarios, no en la incorporación de conocimientos de las ciencias de la educación. Porque no se va a dedicar a la investigación educativa sino a la enseñanza. Y nadie puede enseñar lo que no sabe, por más pedagogía, por más didáctica, por más ciencias de la educación que haya estudiado. Nadie se convierte en docente por haber “aprendido a enseñar”. A enseñar se aprende enseñando. Y a tocar el piano se aprende tocando. No existe un saber teorético que convierta a alguien en un pianista, y no existe tampoco un saber teorético que convierta a alguien en un docente.

“La base del pedagogismo, por lo menos entre nosotros, es un árido y sórdido formalismo. En la pedagogía al uso todo es formal, puramente formal. Es algo así como la disciplina militar. Lo interesante para nuestros pedagogos parece ser, no lo que se ha de enseñar, sino cómo se ha de enseñar. Y yo estoy convencido de que del ‘qué’ saca cualquier hombre medianamente listo el ‘cómo’, y en cambio no hay manera de sacar del ‘cómo’ el ‘qué’. Eso de que hay quienes saben bien una doctrina, pero no enseñarla, es casi siempre una falsedad. La experiencia me ha enseñado que la mayor parte de las veces en que se dice de uno que sabe algo, pero no sabe enseñarlo, o es que en realidad no lo sabe bien o no quiere enseñarlo. Y contra la falta de voluntad no sirve la pedagogía. Y en cambio he visto que los que enseñan bien lo poco que saben no es por pedagogía, sino porque saben bien ese poco que enseñan. (…) Hay un libro de un fuerte e intenso pensador uruguayo, (…) don Carlos Vaz Ferreira, libro titulado Ideas y observaciones, que está lleno de sagacísimas notas sobre la plaga del pedagogismo. Es un libro que he recomendado a nuestros maestros y he procurado hacer circular, lo que me han llevado a mal no pocos de nuestros normalistas. Los males tienden a constituir castas.”

Me disculpará el lector la larga cita de don Miguel de Unamuno, pero es que de ninguna manera yo podría decirlo mejor.

Bajo la bandera del pedagogismo se ha venido sosteniendo desde hace años en nuestro país que es necesario reducir el peso de las materias específicas en la formación de los docentes, en favor de las materias de corte pedagógico-didáctico-educativo. Y también que es necesario exigir que los docentes que imparten clases en los institutos de formación docente sean parte del sistema (sean egresados de esos institutos), porque los que vienen de fuera no tienen el conocimiento pedagógico específico que es requerido.

Patrañas, tanto lo uno como lo otro. Los profesores tienen que saber, y mucho, de lo que van a enseñar. Su formación debe ser fuerte en contenidos disciplinarios. No existe formación pedagógica que suplante la falta de conocimientos, salvo, claro está, para los enemigos de la educación tradicional: es que, para ellos, ya no se trata de enseñar. Y, en lo que respecta a los docentes que formarán a los futuros docentes, es importante que ellos mismos hagan investigación o estén cerca de la investigación disciplinaria, para que los conocimientos que trasmitan estén debidamente actualizados.

Ahora mismo se está discutiendo un cambio en los planes de estudio de formación docente. No es un tema que genere titulares en los diarios. No es un tema del que opinen los presuntos especialistas en educación que hay en el país. La mayoría de ellos, presumo, cree que las reformas que están en curso son buenas o incluso muy buenas. Van en la dirección correcta, sospecho que piensan, puesto que apuntan a destruir la educación tradicional, ese monstruo arrogante y vetusto, enciclopedista y academicista.

Lo que se está discutiendo hoy es una reducción (“un sacrificio”, entiendo que se ha dicho) del núcleo de materias que aportan el conocimiento disciplinario específico de cada una de las orientaciones de los estudios de profesorado. Esto está en perfecta consonancia con los lineamientos que las autoridades actuales del Consejo de Formación en Educación de la Anep han defendido en cada una de las oportunidades en que se han expedido acerca de estos temas. Su idea es que los profesionales de la educación sean individuos polifuncionales capaces de cumplir diversas tareas en el ámbito educativo, menos la de trasmitir nuestro legado cultural, una actividad que ya no se considera importante.

La idea de las autoridades actuales es ni más ni menos que mejorar la educación formando a docentes que dominen cada vez menos los contenidos de su disciplina. Es un plan perfecto. ¿Qué podría salir mal? Nada, en la medida en que se abandone la idea de que la educación tiene algo que ver con la enseñanza.

En eso estamos.

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