Pulso entre dos imperios – Brecha digital
Con Rafael Poch-de-Feliu, sobre la invasión rusa a Ucrania

Pulso entre dos imperios

En diálogo con Brecha, el veterano corresponsal catalán analiza el discurso de Rusia, el papel de la OTAN, la situación ucraniana y la ambigua posición china frente al conflicto.

Militar ucraniano en la línea de frente con Rusia en la región de Donetsk, 19 de febrero Afp, Anatolii Stepanov

Al cierre de esta edición, el ataque ruso alcanzaba ya la capital de Ucrania. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, prometía permanecer en su puesto hasta el final y llamaba a la movilización nacional contra la agresión rusa. Brecha conversó con el periodista y ensayista Rafael Poch-de-Feliu para profundizar en varios aspectos que hacen al contexto internacional de esta crisis bélica. Poch-de-Feliu estudió historia contemporánea en Barcelona e historia de Rusia en Berlín Occidental, fue corresponsal en Moscú del periódico español La Vanguardia durante 14 años –labor que luego desempeñaría en Pekín, Berlín y París– y es autor de varios libros, entre ellos: Tres preguntas sobre Rusia. Estado de mercado, Eurasia y fin del mundo bipolar (Icaria, 2000), La actualidad de China: Un mundo en crisis, una sociedad en gestación (Crítica, 2009) y Entender la Rusia de Putin. De la humillación al restablecimiento (Akal, 2018).

—¿Por qué Putin decide invadir Ucrania ahora? Parece como si quisiera confirmar todo lo que se venía diciendo de su gobierno en la propaganda de sus enemigos.

—Está haciendo lo que dijo que haría. El 17 de diciembre Rusia presentó un documento a Estados Unidos y otro a la OTAN [Organización del Tratado del Atlántico Norte], en los que exigía una negociación sobre las garantías de seguridad que Rusia consideraba que le faltaban. Esos documentos pedían una serie de cosas, que se han solicitado durante más de 20 años sin nunca haber sido atendidas. Esta vez las ha vuelto a pedir, con 100 mil soldados en la frontera. Recibieron una respuesta, que fue un proceso diplomático, en el que los rusos dijeron que, si no hacían caso a lo que estaban planteando, adoptarían «medidas técnico-militares». No dijeron nada más, no explicaron en qué consistirían. Algunos pensaron que se trataría de reconocer a las repúblicas rebeldes del este de Ucrania; otros especularon que podía haber ataques con misiles en infraestructuras militares ucranianas, y otros dijeron que Rusia podía llegar a invadir ese país, pero casi nadie creía que pudiera pasar lo que finalmente ha pasado: que se invadiera Ucrania de esta manera.

Todo esto era, en primer lugar, una presión para solucionar el tema ucraniano, que en la concepción oficial rusa tiene varios puntos: la amenaza militar que supone, según Rusia, la posible pertenencia de Ucrania a la OTAN; el pedido de una retirada de las infraestructuras militares ya existentes de la OTAN lejos de las fronteras con Rusia, y, además, el repliegue de la OTAN hacia sus límites de 1997, lo que prácticamente es replantear toda la seguridad europea y dar marcha atrás a todo lo que se hizo desde ese año en las cinco oleadas de ampliación de la OTAN. Eso es lo que pide el gobierno ruso; al no obtener respuesta a estas cuestiones, lo que han hecho es invadir Ucrania.

—Más allá de la responsabilidad directa de Rusia al cometer esta invasión, ¿hay también responsabilidad de las potencias de la OTAN al mostrarse inflexibles en los meses previos?

Es una responsabilidad compartida. Esta invasión infame es la culminación de un proceso que empezó inmediatamente después de la disolución de la Unión Soviética, cuando Occidente creyó que Rusia ya no era una potencia y la dejaron de tomar en serio.

En el año 94, un puñado de guerrilleros chechenos, no más de 2 mil, puso en jaque al ejército ruso del Cáucaso. A poco de que eso ocurriera, Rusia le dijo a la OTAN: «No se expandan al Este, porque perjudica mis intereses de seguridad». La postura de la OTAN fue: «Bueno, que les aproveche, ustedes no son nadie». Han pasado los años y Rusia hoy es menos débil que en aquel entonces. Estas son las consecuencias.

—¿Cuáles serían los objetivos de esta inflexibilidad de la alianza atlántica, en vista de que Rusia, en los años noventa y los primeros dos mil, se mostraba alineada con el discurso antiterrorista y liberal, y ya no era un país que representara una amenaza militar a la altura de la soviética?

En 1996, cuando la ampliación de la OTAN hacia el Este todavía no había comenzado, ya el ministro de Relaciones Exteriores británico de aquel entonces había dicho que el objetivo final era Ucrania. Por aquella época, se hicieron las maniobras OTAN-Ucrania, con escenario en una rebelión separatista en Crimea. En el año 97 se publica El gran tablero mundial, del exconsejero de Seguridad Nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski, que postula que Estados Unidos no puede permitir un competidor que intente hegemonizar Eurasia. Desde hace años tenemos sistemas antimisiles de la OTAN desplegados en Rumania que Rusia considera una amenaza directa. Se trata de un interés estratégico, de muchas décadas, de evitar que Rusia intente volver a ser una gran potencia.

—A pesar de los argumentos rusos sobre la OTAN, en su última columna en CTXT, usted señala que «no se puede ser antimperialista y no sentir repugnancia» ante lo que ahora está haciendo Rusia.

—Hay dos niveles en este conflicto. Uno es el pulso entre dos imperios, el euroatlántico y el ruso. Están disputando zonas de influencia. El imperio ruso se considera amenazado por esta ampliación occidental hacia sus fronteras y reacciona con esta agresión a Ucrania. Pero hay otro nivel, que es la relación de Rusia con su entorno postsoviético. Putin la plantea en términos de un discurso nacionalista ruso puro y duro. Eso complica mucho para que el entorno de Rusia se integre con Moscú, porque la afirmación nacional de estas nuevas repúblicas no casa nada bien con un discurso nacionalista ruso. Estos Estados se han independizado de una Rusia que antes se llamaba Unión Soviética. Esta antigua Unión Soviética ahora les dice que se tienen que disciplinar en honor al nacionalismo ruso, algo que, por supuesto, es imposible si quieren mantener su independencia.

A eso añadamos otra cosa, que parece banal: ¿qué atractivo tiene el sistema político ruso para un ucraniano o para alguien de los Estados bálticos? Pues, muy poco. En su discurso del otro día, Putin prácticamente denunciaba la injusticia social en Ucrania, el maltrato a la oposición de parte del gobierno ucraniano. Cosas que son reales, pero ¿desde qué posición se formula semejante reproche? La situación interna de Rusia es todavía peor, existe mucho menos pluralismo en Rusia que en Ucrania. La situación social económica puede ser mejor en Rusia que en Ucrania, pero el sistema oligárquico dominante es común a los dos países, por tanto, un ucraniano que busque una vida más libre, más próspera, difícilmente tendrá a Rusia como referencia.

—En los medios occidentales han comenzado a aparecer testimonios que señalan que la población rusa no apoya la guerra, así como imágenes de grandes protestas en Moscú, San Petersburgo y otras ciudades. Se habla de, al menos, 1.000 detenidos. ¿Cuál es su impresión acerca de la popularidad que esta invasión puede tener en Rusia, teniendo en cuenta que la aprobación del gobierno creció cuando anexó Crimea?

—Dependerá mucho de los resultados. Si esta aventura militar de Putin sale mal, es decir, si el ejército ucraniano se defiende con eficacia, si empiezan a llegar cadáveres a las ciudades rusas, habrá protestas muy grandes. Si, además, eso se complicara, en la hipótesis de que la OTAN y Estados Unidos vayan más allá de las sanciones; si ensayaran algún tipo de medida de fuerza y eso obligara a Rusia a replegarse y, por tanto, a ser derrotada militarmente, eso crearía una masa crítica peligrosa para el régimen. Lo que hemos visto hasta ahora, sin embargo, no nos da perspectiva para saber qué es lo que va a suceder finalmente.

Me preocupa cómo va a reaccionar la población ucraniana ante este ataque. En el este de Ucrania, no sé cómo recibirán a las tropas rusas si esto deviene en una ocupación. Dudo mucho de que Rusia ocupe toda Ucrania, sería peligroso para sus intereses, pero sí es posible que haya algo como una ocupación en el este del país. En Ucrania hay 15 millones de rusos y se trata de una población que no está muy contenta con el gobierno ucraniano. El presidente actual, Volodímir Zelensky, llegó al poder con la promesa de restablecer las relaciones con Rusia, abandonar el nacionalismo radical antirruso de la anterior administración, luchar contra la corrupción, etcétera. No consiguió nada de todo eso. Habrá que ver en los próximos días cuál es el apoyo que obtiene de la población ante esta agresión.

Por otro lado, hay que analizar la declaración de guerra de Putin. Ha dicho que el objetivo de esta operación militar es «desmilitarizar» y «desnazificar» Ucrania. Moscú repite que el gobierno de Ucrania es nazi, lo cual es una estupidez, un absurdo. En Ucrania hay una extrema derecha influyente, sí, pero bastante minoritaria. Desde luego no mayor que la extrema derecha que hay en Rusia. Cuando Putin dice que quieren «desnazificar», lo que está diciendo es que quiere un cambio de régimen en Ucrania. Recordemos, además, que Zelensky es judío, o sea que de nazi…

—¿Cuál es el contexto de esta guerra fuera de Europa del Este?

No es casualidad que Rusia haya elegido este momento para hacer este reclamo de forma tan enérgica y, al no ser atendida, decidiera esta agresión militar. Este momento se caracteriza por la debilidad de todos. Joe Biden parece encaminarse a ser un presidente entre dos períodos de Donald Trump. Hace un año hubo una intentona de golpe de Estado en Washington. El establishment estadounidense está tan peleado en su interna que los comentaristas de los principales medios discuten la posibilidad de una guerra civil. Y tuvimos la desbandada de Afganistán. En Reino Unido, Boris Johnson está en la cuerda floja, investigado por el partygate. En Francia, hay elecciones en abril. Alemania tiene el corazón partido entre la rusofobia y el interés de sus negocios con Rusia y Europa del Este, energéticos y no energéticos, que movieron más de 200 mil millones de euros el año pasado. Todo esto le dice a Rusia que sus rivales están en una posición muy débil y es un buen momento para intentar explotar las contradicciones dentro de la OTAN.

Por lo pronto, tenemos estos anuncios de sanciones que no sabemos hasta dónde llegarán, y que le harán daño a Rusia, sin dudas, pero Rusia también se ha venido preparando. Son sanciones que no se pueden llevar a extremos porque afectarían a la propia Unión Europea. Biden no ha querido, hasta ahora, dar el paso de retirar a Rusia del sistema interbancario internacional Swift. Si lo hace, ¿cómo van a pagar los occidentales por el gas o los hidrocarburos rusos? Si se corta el comercio energético con Rusia, ¿cuál será la alternativa? Subiría enormemente el precio de la energía. Mientras tanto, rusos y chinos están creando un sistema paralelo de pago y el dólar se debilita en el largo plazo porque se comercia menos con él. Todo eso es muy peligroso y las potencias occidentales tendrán que calibrarlo con mucho detenimiento.

—Por estas horas hay mucha especulación acerca del apoyo que China le daría a Rusia en esta guerra. Sin embargo, China ha sido muy cuidadosa en el pasado: nunca reconoció la anexión de Crimea, por ejemplo. Este jueves, la vocera de la cancillería china dijo que Rusia es un país independiente que toma sus propias decisiones y que lo que pasa ahora en Ucrania no es lo que China esperaba.

—Lo primero que hay que comprender es que la alianza ruso-china es el producto de la estupidez estratégica de Estados Unidos. Ha rodeado militarmente a sus dos adversarios y, al hacerlo, los ha unido en el mismo sentimiento de amenaza. En los primeros años de su gobierno, Putin buscaba una alianza con Estados Unidos y con Occidente. Tras el 11 de setiembre de 2001, llamó inmediatamente a George W. Bush, le ofreció su solidaridad, todo tipo de facilidades en las bases rusas en Asia central, cooperación de inteligencia, posiblemente apoyo en Afganistán… Todo eso no tuvo el más mínimo resultado, Rusia siguió siendo ninguneada.

Después de tantos años de humillación, Putin se volvió hacia China porque a China le hacían un poco lo mismo. Se han encontrado allá, pero, objetivamente hablando, si miras el mapa, verás que Rusia es un país enorme, pero económicamente no muy poderoso, que se encuentra situado en medio de dos potencias mucho más fuertes que ella: de un lado, China y, del otro, la Unión Europea y su alianza euroatlántica. Es un país con una posición geoestratégica sumamente difícil. Moscú deseaba un acuerdo con los occidentales, sin ser un vasallo, con cierta autonomía. Y ahora la situación la empuja a ser socio de China. Pero un socio de China, cuando el desequilibrio entre ambas es tan grande, al final implica el peligro de que Rusia quede subordinada a China.

Kissinger y otros estrategas estadounidenses llevan años diciendo que lo que hay que hacer es ganarse a Rusia para enfrentar a China. Estados Unidos no sabe qué hacer con China, no está preparado para que un día no muy lejano deje de ser la potencia hegemónica y que haya otra potencia –que, además, no será blanca– que puede llegar a ser más poderosa que él. Y ante este dilema existencial no saben bien qué hacer. Y es comprensible, porque piensa el ladrón que todos son de su misma condición. Si ellos han hecho lo que han hecho en estos 200 años, piensan que cualquiera que venga de relevo hará lo mismo con ellos.

Seguramente China no se esperaba que Rusia llevara las cosas tan lejos. En su última comparecencia pública sobre este tema antes de la invasión, el canciller chino lanzó a la OTAN la pregunta de si no debería adecuarse a los nuevos tiempos y reconsiderar si su ampliación al Este está contribuyendo a la paz y al diálogo. Una actitud muy prudente y, a la vez, muy razonable. La política china ha demostrado una gran calidad en varios frentes; de lo contrario, no se explicaría cómo China, en 30 años, ha logrado lo que ha logrado. Otra cosa es cómo reaccionará si se ve en la misma situación que Rusia.

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