La llegada de la edición uruguaya de Instrucciones para las ruinas, de Ana Fornaro, es una buena noticia por al menos dos razones. La primera, por el valor del libro en sí, una compilación sumamente compacta y variada a la vez, que recoge material de entre casi tres lustros de escritura. Pero la aparición del volumen también significa una confirmación de la vitalidad del género de la crónica que las letras uruguayas cultivan ininterrumpidamente desde las últimas décadas del siglo XIX. La bien trenzada antología revela un trabajo de selección y edición a destacar; se forma con una mayoría de artículos publicados en los últimos 15 años en medios rioplatenses gráficos y digitales –alguno, incluso, publicado en las páginas de Brecha– y se estructura en dos secciones. Las cinco crónicas más extensas conforman la primera («Largo aliento»), y se trata de piezas que hablan de «realidades muy diferentes a la mía», como confiesa Fornaro.
«El Hombre araña uruguayo» acompaña a Bismarck, personaje característico del parque Rodó capitalino. El hecho de que sea una figura relativamente conocida, objeto de diversas notas, fotorreportajes e incluso de un documental, permite justipreciar la clase de crónica practicada por Fornaro, que se propone ir bastante más allá del traje (y del seudónimo) en el que se escuda el protagonista.
¿Qué agrega la autora? El contrapunto entre la segunda y la tercera persona con el que juega la cronista permite la interacción simultánea entre dos ámbitos: el de la propia verdad existencial a la que se asoma el protagonista y la del descubrimiento que vamos haciendo los lectores en paralelo. La idea de acompañarlo a otros lugares, fuera del parque infantil, que remiten a la historia y al presente del personaje consigue, en efecto, adentrarse de una manera diacrónica en Bismarck, una que va más allá de su disfraz y penetra en su identidad.
Una pregunta adicional sobre esta crónica y que aplica a otras del libro es si la historia y el texto pierden fuerza sin las imágenes que los acompañaron originalmente en la publicación periódica. En este proceso de pasaje de la revista –sujeta a los vaivenes del tiempo y la coyuntura– al formato y soporte del libro es en el que se pone a prueba la perennidad de la crónica. En este caso, sin el sustento fotográfico, opera una especie de reconcentración literaria (a lo que ayuda, también, en otras crónicas de la sección, una puesta a punto desde la época de la primera aparición del personaje hasta que hace su ingreso al libro).
«Un lobo de Wall Street» introduce a un bróker neoyorquino de origen español llamado Javier al que un informante lo presenta como «todo un personaje». «Zamba para un padre solo» acompaña a Jean Michel Bouvier, padre de la joven historiadora Cassandre Bouvier, quien junto con Houria Moumni fue asesinada en unas vacaciones en la provincia argentina de Salta. En medio del encubrimiento de las cúpulas policial y judicial de dicha provincia, Fornaro logra hacer pie en la verdad profunda de un padre que busca la verdad –«como su grial»– y la justicia. Es una crónica que conmueve, puesto que da a conocer, en medio del abrumador proceso, detalles muy reveladores de Jean Michel, como en el caso del diálogo con un tipo falsamente acusado y finalmente absuelto y a quien exhorta a «educar a tus hijos en la verdad», mientras le encarga el cuidado de la tumba de su hija para «que no la tape el olvido».
«Las chicas de Nordelta» sigue, a raíz de una discriminación en el transporte, a trabajadoras domésticas de ese complejo de barrios cerrados a media hora de la capital argentina, en su búsqueda de conciencia social y la lucha por sus derechos. «Arena en los ojos», con el que se cierra esta primera sección, es el que retrata mayormente a Fornaro en su proceso de decantamiento como periodista-cronista. Su recorrido del Sahara Occidental junto con el fotógrafo Rogério Ferrari, en el que documenta las peripecias del pueblo saharaui, es un recorrido también por su educación sentimental como cronista, como confiesa al pasar: «Lo que estaba mirando y sintiendo era tan diferente a todo lo vivido, que incluso mi narradora interior se quedó muda».
Sin las fotos de Rogério, pero a partir del repaso de su amistad, la crónica cierra una sección que prueba los ciclos de largo aliento que dispara la escritura.
La segunda sección, «Sin aliento», además de constar de textos más breves, se decanta por cuestiones vinculadas a los asuntos de género, de vecindad, de vida cotidiana y hasta alguna pieza autobiográfica. Lo que llama la atención, además de la versatilidad que acusa la antología y los múltiples recursos literarios de los que tan bien echa mano Fornaro, es la presencia del humor en sus textos, como bien recuerda en la contratapa Sonia Budassi.
LA VITALIDAD DE UN GÉNERO
Hace diez años, la escritora y traductora Rosario Lázaro Igoa afirmaba que, mientras que en Brasil la crónica contaba con una vasta bibliografía que delimitaba el género y a sus actores, la situación era diferente en el Río de la Plata, puesto que no existía una tradición crítica que identificara «la crónica como un género cardinal»,1 que resulta en que, sobre todo en Uruguay, su genealogía «todavía se cuente de a fragmentos». Esta constatación –una tarea pendiente para la crítica literaria– no ha sido óbice para que el género muestre cierta vitalidad, sin ir más lejos, en esta última década. La obra de Fornaro se suma, entonces, a la reciente publicación de varios libros de crónica: Hasta el sol y todas las ciudades en el medio (Criatura), de Rosario Lázaro Igoa, y los cuatro volúmenes que recibieron el apoyo de la convocatoria Incentivo a la edición de crónicas literarias De acá, del Instituto Nacional de Letras: Soy lo prohibido (Fin de Siglo), de José Arenas; Los peces no lloran (Estuario), de Juan Manuel Bertón; Allanamientos (Pez en el Hielo), de Sebastián Mederos, y La peste y otras ruinas (Ediciones de la Banda Oriental), de Silvia Soler.
A partir de las últimas décadas del siglo XIX, alejada de la primicia, la escritura periodística latinoamericana, en vías de masividad, bautizó al género, ampliando el horizonte del campo literario y otorgando a la crónica ciertas cualidades específicas de las letras de nuestro continente. La crónica periodística, en nuestro país, conoció textos de Sansón Carrasco y de Samuel Blixen, e incluso los escritos sobre la revolución del Quebracho de un joven Javier de Viana pueden ser adscriptos al género.
La crónica, nacida en el periodismo como literatura de no ficción, aún con los múltiples atributos que pueden reconocérsele hoy, alcanza, en el libro de Fornaro, un nuevo mojón. Llama la atención, dada esta tradición tan viva, que no exista una categoría específica en los Premios a las Letras del Ministerio de Educación y Cultura. Sería de verdad y justicia.
- Crónica brasileña del siglo XIX y principios del siglo XX en castellano: una antología en traducción comentada, de Rosario Lázaro Igoa. Florianópolis, Universidade Federal de Santa Catarina, 2016, pág. 94. ↩︎








