Con Diana Bellessi: Quedarse muy quieto es como andar sin parar - Semanario Brecha
Con Diana Bellessi

Quedarse muy quieto es como andar sin parar

En un puñado de meses, la gran poeta argentina reeditó La pequeña voz del mundo y publicó el primer tomo de su obra completa: Tener lo que se tiene.

«Vamos a recorrer el pueblo», me pide. Apenas encuentro una bifurcación, doblo hacia la derecha y abandonamos la ruta 11. Llamo por teléfono a alguna de mis compañeras y les advierto que vamos a llegar una hora tarde. O dos. Aunque Diana Bellessi tiene algunas cosas programadas en el Encuentro Provincial de Bibliotecas Populares, ahora está completamente arrobada por las calabazas de Chapadmalal. Por las ondulantes calles de tierra. Por los perros callejeros que, guiados por el pulso atávico de la especie, corren y ladran a este Fiat Palio como si fuera una criatura del Pleistoceno. Mis compañeras me responden que no hay problema. Después de todo, este y no otro es el trabajo de Diana. «Día y noche, ver las cosas inocentes que nadie ve», me dirá, semanas después. «Esa es, por sobre todas las cosas, la tarea de la poesía.»

En apenas un puñado de meses, la gran poeta argentina reeditó La pequeña voz del mundo y el sello Adriana Hidalgo publicó el primer tomo de su obra completa: Tener lo que se tiene. A priori, este golpe de uno-dos no estaba planificado. Sin embargo, misteriosamente, los dos libros funcionan con un movimiento de sístole y diástole. Por un lado, el volumen delgadísimo en el que Bellessi condesciende al ensayo para pasar en limpio su ars poetica. Por otro lado, la ejecución del trabajo: un ladrillo de 800 páginas que reúne sus libros desde el iniciático Buena travesía, buena ventura pequeña Uli (1974) hasta los destellos de La edad dorada (2003), pasando por Crucero ecuatorial (1980), Tributo del mudo (1982), Danzante de doble máscara (1985), Eroica (1988), El jardín (1992) y Sur (1998).

La multiplicación no es gratuita. Aunque estamos habituados a verla delineada de un solo trazo sobre el horizonte de la poesía argentina, Bellessi se hizo. Ahí está la prosa beat y homérica de los primeros tanteos. Ahí está la guitarra sensiblera. Ahí los pezones combados y los versos políticos de saque y volea. Los piquetes y la murga de los noventa. La gente de antes, vestida de domingo. La epifanía botánica concentrada en un cantero, en una maceta, en la gota adamantina que doblega la hoja de todos estos años. Todos esos caminos que, como las arterias del sistema sanguíneo, parecen conducir a un solo lugar. «Desde El jardín en adelante, soy Diana Bellessi», dice. «Antes no sé quién era.»

—Hace muchos años, como todo el mundo, yo era joven. Despotricaba contra los hábitos y celebraba la vida rimbaudiana. Pero Donvi Vitale, mi maestro, me dijo: «Ojo, porque en la rutina está la poesía». En vos aparecen las dos líneas: el viaje y el jardín.

—Ahora que estoy viejita solo pienso en la rutina… aunque la semana que viene igual me voy a China [risas]. Mi vida está hecha de ambas cosas: de andar con una mochila por el mundo y de vivir en el Tigre. Te levantabas, la mañana era preciosa y te sentabas a trabajar. Muchas de las traducciones las hice ahí, en plena dictadura, mientras vivía en esta casita sobre el arroyo Felipe. Quedarse muy quieto es como andar sin parar. Se dan la mano el uno con el otro, porque, ¿sabés qué?, la luz es la mano izquierda de la oscuridad, como decía Ursula Le Guin.

—Si bien la poesía siempre fue marginal, hoy hay más ruido que nunca: discursos cerrados, redes sociales, publicidad, señal de celular en todos lados. ¿Cómo se hace para sintonizar esa «pequeña voz del mundo»?

—Cada uno tiene que escuchar lo que tiene en su corazón. Si no hacés eso, no hay poesía. De todas maneras, yo leo un poema de mis chinitos queridos (el Wen Tzú de Lao Tsé, por ejemplo) delante de 1.800 personas, y lo aplauden como locos. No sé qué tocás en el corazón del otro que el otro lo devuelve con el aplauso. Y no es tan difícil… No sé. Pero lo hacés en un refinado castellano y los cien barrios porteños vienen y te aplauden. Es una cosa rara eso. No es necesario bajarse. Se puede subir, subir y subir, y lo mismo el corazón del pueblo te escucha.

—Sin embargo, aunque tenemos mil editoriales e Instagram parece estar lleno de poetas, las redes sociales no favorecen a la poesía, sino un espejismo nuevo: una escritura en verso que, en la propia lógica de las redes, busca desesperadamente gustar.

—Yo también busco gustar.

—Sí, uno busca establecer contacto. Pero no debería limar su discurso en busca de la aceptación.

—Eso sería horrendo. Eso te saca de la poesía con un cross a la mandíbula. Ojalá no hagan eso. Yo no veo mucho poeta bueno en Instagram.

—Sospecho que hay una línea directa entre esa lógica y el éxito del discurso de Milei, que iguala «libertad» con «satisfacción del deseo». Con «vas a poder hacer lo que quieras».

—El falso discurso de la libertad.

—¿Cómo te pega?

—Mal.

—¿Y en tu poesía?

—También mal, porque se calla la boca. Escribo muy poco ahora. No sé si es porque estoy viejita o si es porque está Milei, pero a partir de la pandemia yo me empecé a callar. Es eso. Dejé un libro por la mitad.

—Es muy curioso, ¿no? Porque va contra el mito del poeta en la adversidad.

—Tiene que haber un mito de la felicidad. No puede haber un mito de la adversidad todo el tiempo. Ojalá sea más feliz. Más feliz me siento, más escribo. ¿Y por qué es eso? Porque ahí tengo tiempo para mirar lo pequeño del mundo. De lo contrario, me arrebatan una cantidad de cosas horrendas que me sacan de la poesía. Cosas horrendas que no me ponen en la poesía.

—La poesía como política final solo atiende las necesidades profundas. ¿Hacerla te hizo bien?

—Claro que sí. Extraordinariamente bien. No sé qué hubiera sido de mí sin la poesía. A veces me lo pregunto, pero la suerte ya está echada.

EL ASALTO DE LOS OTROS

Zavalla con zeta. Y pronunciado como si la señorial dobleele fuera una humilde i griega. ¿O acaso decimos cabalio? Bellessi nació en ese pueblo de la pampa santafesina allá por 1946, rodeada de cultivos de papa y trabajadores golondrina, tensada por la aparentemente idílica vida rural y la mano invisible de la vida política argentina. «Mis abuelos eran analfabetos, mi mamá llegó a sexto y mi papá a cuarto grado», dice. «No había ningún libro en la casa. Mi escritura está hecha de la tradición letrada y de la otra.»

—¿Cuándo te diste cuenta del poder de la poesía?

—Tenía 4 o 5 años. Yo vivía en el campo y allá a lo lejos veía pasar un trencito, con su humito, que se iba por el mundo. Entonces dibujé el trencito con una pinturita naranja sobre el parante de una chata de maíz.
Ahí sentí que era artista. No sé si poeta. Por entonces también escuchaba las coplas populares, porque venía gente del noroeste y del noreste para juntar el maíz a mano con mi familia, y comíamos todos juntos. Creo que escuchar esas coplas también me volcó a la poesía para siempre. Ya escribía, pero no escribía en verso. Escribía prositas que iban hacia la poesía, digamos.

—En El jardín secreto, el documental de Cristián Costantini, hay un momento revelador: cuando agarrás los libros amarillos de la colección Robin Hood como amuletos. ¿Cómo te llegaron?

—Son los primeros libros que me regalaron mis padres. ¡Libros de aventuras que yo adoraba! ¡Sandokán! ¡Bomba, el niño de la selva! Ese niño que iba detrás de su mamá perdida. En el caso de Salgari, digamos, fueron las aventuras… que después tuve en la vida. Esos libros me marcaron. No me animo a volver a leerlos, pero los tengo ahí, frente a mí. En mi casita de Tigre. Siguen siendo una promesa.

—Por lo general no se te asocia con esa línea, pero generacional y éticamente podrías ser una poeta de la contracultura: los sesenta, el viaje, la guitarra, Dylan. ¿Te sentís cerca de eso?

—Me siento cerca. Antes creía que íbamos a tener la revolución mañana y quedó claramente demostrado que no. Y de los jóvenes, salvo los que vienen a mi casa, me voy alejando un poco. No sé muy bien qué piensa un jovencito hoy en día, además de votar a Milei. No sé en qué otra cosa piensa. Pero los sesenta fueron una gran década: nos marcaron para toda la vida.

—Antes de tu viaje iniciático, ¿pasaste por Buenos Aires?

—Venía todo el tiempo a Buenos Aires. Me hice muy amiga de Alejandra Pizarnik. Iba al Di Tella con mis amiguitos. Yo me fui con la mochila justo al final del 69, pero para entonces ya había conocido a mucha gente de Buenos Aires. Nos hospedábamos en un hotelito de putas donde el conserje me hacía té cuando volvía a las 3 o las 4 de la mañana. Nos quedábamos charlando. Una vez me echaron del bar El Faro porque tenía un sombrero raro y un amiguito me había hecho un dibujo con marcador en la cara. Usaba tapados hasta el piso. Veíamos cómo se vestían los Beatles y nos poníamos lo mismo. Yo era una chica muy bonita, y mi mamá me cosía la ropa que le pedía. Se copaba, aunque después no le gustó mucho lo que salió [risas]. Ella y las lecturas me hicieron. Y las canciones. Yo siempre fui una chica del rock and roll.

—¿Te acordás de lo que sentiste el día que dejaste tu casa para emprender aquel largo viaje?

—Estaba llena de miedo y llena de felicidad. Estuve seis años sin volver. Por las carreteras de América del Sur, de América del Centro y de América del Norte. Seis años caminando. El día que me fui había guardado el saco de dormir entre la ligustrina de mi casa. Vino el amiguito que me acompañaba, tomó el saco de dormir y nos fuimos. La mochila la había dejado en casa de Alejandra. Les dije a mis padres que me iba a Chile por un curso de alfabetización. Y no volví por seis años… Pobrecitos, los padres. Pero ese viaje fue maravilloso, fue el más maravilloso que hice nunca en mi vida. Había estudiado Filosofía en la Universidad de Rosario y me habían quedado dos materias finales que nunca rendí. Pero, bueno, mi amor, ya en ese entonces yo sabía cuál iba a ser mi destino. Acá estamos. A los 77 años.

—Lo abrazaste con todo. Era una gran apuesta.

—No, no era una apuesta. En una apuesta ganás o perdés.

—Una vez que volviste, te instalaste en Delta del Tigre, comenzó la dictadura y te pusiste en contacto con la gente del Expreso Imaginario. La revista, por entonces, funcionaba como refugio.

—Bueno, también fue mi refugio. Primero conocí a Pistocchi y a Fontova. Estaban en esa casa que les habían dado en Belgrano, donde funcionaba la redacción. Así que, cada 15 días, cuando venía de la isla a Buenos Aires, les llevaba algo a la redacción. Los quería mucho, aunque fueran todos unos machistas insoportables [risas]. Pero eran todos así. En la redacción de El Porteño era igual. Me acuerdo que hacían chistes contra las lesbianas hasta que me planté y les dije: «Bueno, ya basta porque yo soy lesbiana». Y quedaron mudos. En aquella época, con el reportaje que le hice, presenté a Leda Valladares para todo el rock and roll argentino.

—Tus libros de esa época son muy en tiempo presente. Eroica, por ejemplo, es un libro bien de los ochenta porteños: la noche, la sexualidad, los alicientes. ¿Fue tu destape?

—No. Mi destape fue mucho antes. Muchas de las chicas de los centros lesbianos y feministas de entonces se formaron en mi casa. Fue su destape. Yo ya había viajado. Acá entró mucho Lacan, pero muy poco feminismo. Los ochenta, en ese sentido, fueron muy liberadores. Ese libro lo presenté en un centro feminista y me acuerdo de que los muchachos estaban como atrincherados, porque eran todas minas [risas]. Ellas servían frutas, una cosa divina. Me gustó mucho esa presentación, porque por primera vez veía a los chicos tan asustados. Era una locura. Estaban asustados por todas las mujeres que salíamos a la faceta pública.
Antes de los ochenta, había muy pocas mujeres en la faceta pública. Y a las que hubo no les fue muy bien, pobrecitas. Por eso los ochenta fueron una gloria, aunque duraran un año o dos nomás.

—En ese sentido, ¿asociás cada momento poético con los sucesos vitales? Onda «en esta época estaba con tal pareja», «hasta acá viví en tal lado», «acá dejé de fumar o de drogarme».

—Yo no dejé de fumar ni de drogarme nunca, así que…. [risas]. Aunque drogarme ya me drogo poco porque estoy viejita y tengo miedo de que me dé un soponcio en el cuore.

—Pero, cuando ves el ladrillo que es tu obra completa, ¿cómo te sentís?

—Estoy liviana. No siento que me pese. Algunas personas se quedarán con algunos poemas, otros los tirarán,
pero siento que yo me hice en esos dos o tres tomos.

—¿Modificás tus poemas viejos? Valéry decía que corregir no es un acto de mera estética.

—Es que no te corregís nunca: te reescribís. Mis poemas salen casi enteros como son, pero me puedo quedar días enteros y hasta semanas con un de, con una coma, con un por. Cosas mínimas. Pero el ciclo de un poema solo se cierra cuando lo leés en público. Ahí es cuando decís «este poema está terminado» y cuando observás alguna última cosa. El público, Sin decirte nada, te hace ver eso. Escribimos a solas, pero con el asalto de los otros. Y por eso la creación es colectiva. El poeta existe cuando está con los otros. Cuando lee en voz alta, cuando lo escuchan. Ahí es cuando el poeta se convierte finalmente en poeta.

—¿Pero no escribirías si estuvieras sola en el mundo?

—Yo creo que no. No existiría el poeta solo. En este mundo, tenés que seguir a tu corazón y, al mismo tiempo, mantener un oficio. Leer mucho, estudiar mucho. Con el corazón solo no se llega y si perdés el corazón, te vas a la mierda. Por eso digo que en una cancha de fútbol es donde está la poesía. Que es en los corrales donde está la poesía. En un libro bastante reciente escribí un poema sobre un chanchito divino que yo adoro. No sé si es un gran poema, pero todo el mundo lo aplaude porque ven el corazón que va ahí. Ven que lo intento ahí. En la poesía, no podés hablar de ninguna otra cosa que no sea lo que vos querés y podés hablar. Es eso, mi amor. Y el esforzado oficio que una lleva adelante la vida entera.

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