Releer la belleza - Semanario Brecha

Releer la belleza

Próximo estreno: “Mujercitas”.

Es indudable que el valor de un texto clásico no es estático: se reconfigura en la medida en que es posible reinterpretarlo a la luz de las diferentes épocas, y lo interesante es ver qué sucede al iluminarlo de nuevo, cuáles son las zonas que quedan al descubierto y cuáles las sombras que se proyectan desde y sobre él. Pero, además, al partir de una misma base narrativa y variar los enfoques y los cuerpos –ese procedimiento de actualización natural que realiza el cine con la literatura–, las historias funcionan como dispositivos base desde donde dejar en evidencia los códigos de representación: cómo se relacionan los actores entre sí, dónde se ponen los énfasis dramáticos, cuáles son las pericias técnicas propias de ese tiempo creativo dentro de la disciplina cinematográfica. Greta Gerwig sabe que al reversionar Mujercitas no sólo se está metiendo con la educación sentimental de gran parte del mundo occidental, sino que está haciendo una declaración de principios con respecto a la concepción del cine que plantea su generación, tan influenciada por ese movimiento llamado “mumblecore” que ella misma protagonizó y que derivó en la única renovación capaz de contrarrestar con energía la asquerosa rigidez de pose que había cooptado la mayoría de los dramas producidos por Hollywood.

Los filmes del mumblecore, que eran producciones de bajo presupuesto, apostaron todas sus fichas a los actores, a la calidad de los diálogos, al balbuceo y al atolondramiento como parte fundamental de la construcción de los personajes, y a la improvisación y la neutralidad en las reacciones expresivas, consiguiendo un realismo fresco, de una fuerza emotiva particular, lograda, justamente, por la falta de solemnidad. Gerwig dirige a sus actores guiada por esta escuela y confía en ellos: los filma con deseo, elegancia y paciencia y les quita cualquier rigidez caricaturesca, salvo a Meryl Streep, con quien aplica el proverbio que sugiere unirse al enemigo y la deja hacer lo suyo, esa cosa tan Actor’s Studio. Y está bien, porque el personaje de la tía March lo permite y, al fin y al cabo, lo más interesante de un director de cine es eso, que sepa integrar a las personas a un todo lo suficientemente grande y diverso como para que cada uno halle su lugar perfecto.

Gerwig trabaja el ritmo del montaje de manera obsesiva, trasladando a la pantalla los eventos más sonados y clásicos de la historia (el episodio de las limas, la pelea entre Amy y Jo, el momento del baile en que Jo conoce a Laurie, y tantos otros) sin apelar al suspenso narrativo, sino a la complicidad del público; es como si te dijera, te voy a mostrar esto que estás esperando que pase, sí, pero apenitas, con suavidad, para que lo recuerdes, para que lo evoques. Es imposible no emocionarse. Lo magistral de la dirección de esta película es que entiende que no es necesario enfatizar en los hechos, y que lo que importa (y lo que actualiza la historia) es el cómo: las miradas, los movimientos, la consistencia vincular entre los personajes. Y también utiliza la luz de una manera muy cuidadosa, porque nunca nada luce televisivo: el claroscuro es una constante, y la alternancia lumínica entre la frialdad y la calidez se acompasan con delicadeza a la diégesis no cronológica, ayudando a la comprensión cabal del relato.

Es una película llena de amor y fidelidad a lo que se cuenta, que va, despacito, acariciando el alma de ese primer público que es el estadounidense, aunque, por extensión, también la nuestra. El modo en que aparecen las personas afro; la manera recatada, pudorosa, en que se muestran las diferencias sociales; la construcción de la guerra en fuera de campo: así se construye una verdadera adaptación, no respetando los hechos a rajatabla, sino siendo capaz de traer a la superficie el espíritu de la obra. De devolvernos eso tan intangible, tan difícil de definir. Y es de ese modo, inteligente y sobrio, también, que Gerwig trabaja las ideas feministas, poniendo en evidencia las formas de construcción del amor romántico sin matarlo, sin frustrar la emocionalidad. Su manera de resolver el problema no es una renuncia al erotismo existente en la obra –y en la educación sentimental de medio mundo occidental–, sino sumar una mirada que cuestiona su representación y pone el foco en la invitación a preguntarnos sobre el destino del personaje de Jo, sobre qué es lo verdaderamente importante de su periplo, de su deseo. Hay que celebrar la existencia de esta película, porque, aunque para la perspectiva cultural de género es fundamental cuestionar los relatos hegemónicos, negar Mujercitas sería darle la espalda al millón de maneras de la emocionalidad femenina con el que nos encontramos de forma cotidiana, y que también debemos aprender a valorar. En la cita que supone este libro con la historia del amor romántico, Gerwig se ríe con nosotros de lo ridículo de toda la situación, pero el cinismo nunca le gana: nos invita a subir la escalera de su casa y nos besa a tiempo, porque sabe que la vulnerabilidad femenina está contada en ese libro como en pocos y que necesitamos transformar nuestras maneras de amarnos y de amar, no avergonzarnos de ellas. Esta película se parece mucho a la felicidad; lleven a las niñas, no se la pierdan.

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