Romance anti Trump

Overboard, Estados Unidos, 2018.

Overboard, Estados Unidos, 2018

Las comedias románticas estadounidenses no abundan en la cartelera, y aunque el género sufra una crisis profunda –derivada en gran medida de nuevas ideas sociales respecto del amor que las formas clásicas no han podido incorporar–, continúa negándose a desaparecer. Otras cinematografías están intentando llenar ese vacío (no es casual el resurgimiento comercial de una gran cantidad de romance italiano y francés). Antes era abundante la cantidad de títulos que lograban hablar de los vínculos contemporáneos; ahora esa necesidad de representación encuentra su lugar casi exclusivamente en las series televisivas. Ahora que la familia nuclear dejó de ser una aspiración generalizada, Hollywood entró en una espiral de formas anacrónicas que intentan “aggiornarse” sin lograrlo del todo. Las remakes aparecen como salida provisoria a una crisis creativa de la industria de la que sólo parece zafar el cine de superhéroes.

Amor a la deriva es la remake de Hombre nuevo, vida nueva, una película de 1987 protagonizada por Goldie Hawn y Kurt Russell, quienes en ese momento eran pareja fuera de la ficción y estaban en la flor de su estrellato. El planteo es tenebroso si se lo piensa con perspectiva de género: una “rich bitch” –“perra rica”– maltratadora y cruel vive en un yate, obligando a sus empleados a cumplir con sus excéntricos deseos. Kurt Russell, un carpintero “de barrio”, hace un trabajo en el barco que termina con un altercado cuando ella se niega a pagarle. El karma no la perdona: cae del barco, pierde la memoria; Russell le hace creer que es su esposa y se la lleva engañada para que haga las tareas domésticas y cuide de sus hijos. Por supuesto que en este proceso de rebajarse a la función que le corresponde en la “vida real” ella descubre que ser esposa y madre es lo que la hace feliz, y terminan locamente enamorados.

Es evidente que hoy en día no es posible plantear el conflicto en esos términos. Amor a la deriva 2018 se basa en intercambiar los géneros y desafiar la era Trump con una serie de inversiones bastante interesantes, que aunque no llegan a una ruptura real de las convenciones, aparecen como actos de disidencia que potencian un posible disfrute. Es él y no ella quien pierde la memoria, y verlo realizar las tareas domésticas mientras ella estudia no está nada mal. Ella, la pobre trabajadora, es blanca y rubia; él, despreciable pero rico, es un mexicano hijo de un millonario, y gran parte de la película está hablada en español. Los amigos de la chica blanca son latinos; del mismo modo, los empleados del barco son de nacionalidades europeas, planteando una convivencia multicultural pacífica que está bastante lejos del discurso oficial en Estados Unidos. Hay varios gestos metadiscursivos: la película reconoce una deuda explícita con las telenovelas (chica-pobre-enamora-chico-rico). El más logrado está al final, cuando en el momento del clímax romántico –ambos van rumbo al abrazo en medio del mar– el protagonista lo arruina todo intentando negociar para tratar de no perder todo su dinero.

Anna Faris y Eugenio Derbez tienen química y suplen la obviedad de los diálogos con una buena actuación. Sin embargo, a pesar de la indignación que pueda causarnos hoy la original del 87, la ironía que trasunta la realización y sobre todo la interpretación de esos dos monstruos de la comedia que eran Hawn y Russell hacen que esa primera versión nos genere una identificación mucho mayor. Es que en el uso magistral de sus cuerpos y voces, esos dos logran condensar una verdadera postura crítica de los prejuicios de clase, y potencian la significación hacia un humor con aristas subversivas; eso es, finalmente, lo que nos hace reír. Parece ser que invertir roles para refritar guiones viejos no alcanza. Habrá que seguir esperando a que Hollywood logre satirizar los vínculos contemporáneos con una agudeza que parece haber perdido.

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