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Respuesta a una reseña de El misterio de Alberto Methol Ferré

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Las repercusiones del libro El misterio de Alberto Methol Ferré. Un estudio sobre el verticalismo latinoa-mericano, de mi autoría, fueron mayores de las que imaginaba. Desde que salió en setiembre pasado, además de las presentaciones, hubo muchas entrevistas de prensa, numerosas invitaciones a tomar cafés e incluso importantes dirigentes políticos, como Lucía Topolansky y Luis Lacalle Herrera, hablaron del libro en sendas entrevistas. El público lector también respondió, lo que hace necesario que en los próximos días salga una segunda edición.

Una de las reseñas que recibió el libro fue escrita por Andrés Rivarola Puntigliano, académico uruguayo que se desempeña como profesor en la Universidad de Estocolmo, Suecia, y que en junio de 2025 publicó, junto con Ramiro Podetti, una antología de textos de Methol, editada por la Universidad de Salamanca. Su reseña, publicada el 20 de noviembre en el semanario Búsqueda, amerita continuar la discusión. Su título es, oportunamente, «Un libro para discutir». Allí, Rivarola hace comentarios críticos sobre El misterio… y plantea temas relevantes para las discusiones actuales sobre el nacionalismo, la izquierda y la derecha.

La reseña de Rivarola funciona como una defensa de Methol contra lo que considera «duros juicios» que, a su modo de ver, «no tienen correlación con la obra ni con el legado de Methol». Por supuesto, cada quien tiene derecho a un modo de ver, pero, para demostrar que una afirmación no se condice con la realidad, es necesario ofrecer evidencia y argumentos. Rivarola resume esos «duros juicios» de la siguiente manera: «El autor llega incluso a plantear que, sin gente como Methol, no hubiera sido posible el triunfo neoliberal. Deja aquí preguntas abiertas sobre cómo un intelectual rodoniano y profundamente antiestadounidense como Methol termina siendo un peón en la estrategia imperial en América Latina». El libro en efecto dice esas cosas, pero, además, las argumenta. En concreto, esos pasajes se refieren a la actividad de Methol en los años setenta y ochenta como cuadro de la Iglesia católica, cuando fue un polemista contra la teología de la liberación, defendió las dictaduras de las críticas que se les formulaban desde la óptica de los derechos humanos y fue parte de una batalla contra los izquierdistas en la Iglesia que se retroalimentó con la contrainsurgencia estadounidense en la región. Es razonable pensar que esas acciones se sumaron al despliegue de la estrategia imperial en el continente y ayudaron al triunfo del neoliberalismo. Rivarola no discute sobre los hechos ni ofrece interpretaciones sobre este punto, por lo que no sabemos en qué elementos se apoya para su desacuerdo.

MÁS ALLÁ DE LA IZQUIERDA Y LA DERECHA

A Rivarola le parece forzado que el libro vincule a Methol con ciertas regiones del pensamiento de derecha, en particular con el del jurista nazi Carl Schmitt. Si bien, como dice el libro, Methol cita poco a Schmitt, poco no es lo mismo que nada. Schmitt aparece de forma protagónica en un momento definitorio del pensamiento de Methol, cuando de joven se define en favor de la defensa de la línea vertical del pensamiento medieval contra el inmanentismo moderno (esto es tratado en el capítulo 2.4 del libro). Luego, Schmitt es una pieza importante de la red político-intelectual que unía a la Falange, el nacionalismo argentino y el herrerismo, en la que Methol se formó (esto es tratado en el capítulo 1.10). Finalmente, Methol dedica una parte importante de su obra a una teología política del amigo y el enemigo, con evidentes ecos schmittianos, en especial al pensar en la historia de América Latina (esto es tratado en el capítulo 3.11).

Esto nos lleva al punto central. Rivarola critica la idea de verticalismo, que se propone en el libro como concepto necesario para entender el pensamiento de Methol. El autor señala que «una debilidad del concepto vertical, usado por Delacoste, está en la imprecisión y la vaguedad de su contrario, el término horizontal, conectado a una perspectiva marxista» y que, si Methol es verticalista, «cabe preguntarse qué sería entonces el otro extremo, el horizontalismo, que parecería ser el punto de vista desde el que se analiza a Methol». Rivarola señala, con razón, que una de las referencias en las que me apoyo para pensar esto es la obra del investigador brasileño Rodrigo Nunes. Pero bastaría con leer el título en el que Nunes expone su pensamiento, Ni vertical ni horizontal, para que quede claro que no estoy planteando, contra el verticalismo, un horizontalismo.

La idea de lo vertical es tomada del pensamiento de Methol y sus compañeros de ruta. Distintas derechas nacionalistas, peronistas y católicas, de muchos modos, retoman la idea de lo vertical para hablar de Dios, de la trascendencia, del mando del líder, del orden social y de la relación entre el ser humano y la naturaleza. Cuando uno investiga una corriente de pensamiento, una de las cosas que tiene que hacer es entender los conceptos con los que piensa y clarificarlos. El concepto de verticalismo se va elaborando de manera gradual a partir de numerosas citas a lo largo del libro, pero, sobre el final, un capítulo entero, titulado «El verticalismo», está dedicado a definirlo. Allí, se dice expresamente que al verticalismo no se debe oponer un horizontalismo, por varias razones. La primera es que hacerlo nos mantiene encerrados en el esquema ofrecido por los verticalistas, que traza una cruz en la que lo vertical debe primar sobre lo horizontal. La segunda es que el horizontalismo político puro es impracticable (cualquiera que lo haya sufrido en espacios militantes lo sabe). Criticar al verticalismo puede implicar, eso sí, reivindicar algunas de las cosas que los verticalistas llaman horizontales: la afirmación de la igualdad y la democracia en los terrenos social y político, y de un naturalismo inmanentista en el terreno filosófico.

Si el libro no plantea una disputa en el eje vertical-horizontal, tampoco, contrario a lo que dice Rivarola, superpone este eje al eje izquierda-derecha. Rivarola señala que el pensamiento de Methol no es fácil de ubicar en la izquierda o la derecha. Y si bien esta afirmación es relativizable, hay algo de verdad en ella. Para entender el pensamiento de Methol, más que un eje con dos extremos, hay que trazar un triángulo cuyos vértices son el verticalismo, el liberalismo y el socialismo. El misterio… se dedica a explorar las relaciones del verticalismo con los otros dos vértices y muestra cómo tiene zonas de frontera con ambos. Los verticalistas, antiliberales, a veces buscan una alianza con los socialismos contra el liberalismo y los imperialismos británico y estadounidense; pero también anticomunistas, en otras ocasiones, buscan alianzas con el liberalismo contra los movimientos revolucionarios. La trayectoria de Methol se entiende mejor si pensamos con este esquema, que también es útil para pensar muchos fenómenos contemporáneos, protagonizados por derechas antiliberales y zonas de superposición difíciles de entender con un eje de dos extremos. En un artículo reciente profundicé sobre este tema.1

Esto nos permite entender las razones de relación de Methol con personajes híbridos entre el nacionalismo y el liberalismo como Luis Alberto de Herrera y Benito Nardone, y también su participación en la cruzada anticomunista de Juan Pablo II y Joseph Ratzinger en los ochenta. Pero también existen vínculos entre el verticalismo y el socialismo, que son trabajados en el libro. Esto se ve claro en la izquierda nacional de los sesenta, en la que los intelectuales nacionalistas que vienen de posiciones fascistas se encuentran con corrientes socialistas que buscan nuevos caminos. Existe incluso un vínculo más profundo entre izquierdas y verticalismo: en las situaciones en las que la política revolucionaria debe enfrentar momentos agudos de disputa, aparece una tendencia a la militarización, la centralización y el autoritarismo, claramente visible en el marxismo-leninismo y en muchas otras situaciones, empezando por el Terror de la revolución francesa.

Rivarola señala esto último con toda razón, pero, de manera contraria a lo que da a entender, ese señalamiento no funciona como crítica al libro, en la medida que el tema está explícitamente tratado y admitido como un problema dramático en varios capítulos. Cabe aclarar, sin embargo, que si Methol criticó al foquismo y al marxismo-leninismo, no fue por defender la democracia, sino por razones coyunturales y por rechazar la filosofía materialista y la idea comunista de una sociedad sin clases. Methol, de hecho, era un crítico durísimo de la democracia liberal, tal como consta en múltiples textos entre los años cincuenta y los setenta. De nuevo, para entender esta doble crítica al marxismo y al liberalismo, desde un nacionalismo católico, es útil el concepto de verticalismo.

GEOPOLÍTICA Y TEOLOGÍA

Rivarola critica que El misterio… no dé suficiente importancia a la geopolítica. Esa es una crítica válida, en especial cuando Rivarola señala la falta de atención a Ratzel y otros autores cuyo tratamiento enriquecería al libro. Pero también es cierto que este no se propone ser un libro sobre la visión geopolítica de Methol. Si bien busca exponerla, no la trata como único tema relevante. Incluso más: se propone mostrar que la visión geopolítica de Methol está al servicio de algo más. Esto es muy importante, porque muchas veces los pensamientos que buscan poner en el centro la cuestión nacional o la geopolítica llevan implícitas visiones políticas que se ocultan y contrabandean subsumidas en lo nacional o lo estratégico, y quedan así sin ser examinadas. La simpatía que produce en la actualidad en algunas personas de izquierda el multipolarismo reaccionario de Aleksandr Dugin es un ejemplo de este peligro.

La gran discusión sobre Methol, así, es si es fundamentalmente un pensador geopolítico secular o si es un teólogo político, con una visión geopolítica que se deriva de lo teológico. Una revisión del conjunto de la obra de Methol nos lleva a la segunda opción. Methol propone una geopolítica latinoamericanista, pero es muy explícito en que esta visión de América Latina se fundamenta en una reivindicación del rol del Imperio español, entendido como impulso evangelizador movido por la Providencia y por una Iglesia creadora de pueblos. Para Methol, si un día América Latina se une, esto tendrá que ser bajo el catolicismo. Su rechazo al marxismo, así, se fundamenta en la idea de que el pueblo latinoamericano es, en esencia, contrario al pensamiento de la Ilustración. Solo entendiendo este encadenamiento se puede comprender el pensamiento de Methol en sus propios términos.

Por eso no es posible entender, como lo hace Rivarola, el «proselitismo católico» de Methol como una de sus limitaciones, ni mucho menos considerar, como Rivarola, que la Iglesia fue para Methol un instrumento. Methol, de hecho, atacaba con gran agresividad a quienes consideraba que instrumentalizaban a la Iglesia para fines políticos. Su forma de entender el catolicismo era la orientación profunda de su pensamiento y no un límite accidental o arbitrario. Es válido usar el pensamiento de Methol para llevarlo en otras direcciones, pero es importante que, al hacerlo, entendamos el material con el que estamos trabajando. En caso contrario, podemos contrabandear elementos implícitos que nuestras limitaciones a la hora de leer nos impidieron ver.

En el mismo sentido, Rivarola señala como limitaciones del pensamiento de Methol la ausencia en su obra de temas como el género o el medioambiente. Pero esto no es exacto. En las discusiones sobre la píldora anticonceptiva de los años sesenta, Methol tomó posición, junto con Pablo VI, en un duro conservadurismo sexual. Esto lo ponía a la derecha del grueso de la opinión católica occidental. Sobre la relación del ser humano con la naturaleza, Methol consideraba que la selva de la Amazonia era un desierto verde y entendía que el ser humano estaba mandatado divinamente a controlar al conjunto de la creación. Es cierto que escribió estas cosas en los sesenta, cuando había mucho menos información que ahora, pero también es cierto que no mucho después, en su famoso mensaje a la conferencia de Argel de 1974, Juan Domingo Perón mostró un profundo conocimiento y preocupación por los problemas ambientales que se conocían entonces. No conozco rectificaciones de Methol al respecto, aunque no descarto que existan. Lo importante, en todo caso, no son las posiciones de Methol sobre cada tema, sino la forma en la que estos temas estaban articulados en su «tomismo silvestre» (así se definía), en el que las cuestiones de la mujer y la naturaleza tenían lugares muy específicos.

FORMAS DE LEER

Methol fue un gran intelectual. Por eso, a Rivarola no le cierra que se diga que formó parte de una tradición antintelectual. Contra esta idea, destaca que Methol no solo «interactuó con los más destacados intelectuales de su generación, tanto conservadores como marxistas», sino que, además, fue «un producto del Uruguay del Sorocabana». Para aclarar esta cuestión, es necesario partir de la idea de que antintelectual no quiere decir «lo contrario a un intelectual». Antintelectual es quien ataca a los intelectuales en su conjunto, es crítico del rol de los intelectuales en la sociedad, participa de alguna forma del irracionalismo u oscurantismo que ataca los intentos de comprender ciertas zonas de lo humano y plantea un antagonismo entre la gente común y los intelectuales como élite. Hay toda una tradición de antintelectualismo nacionalista y antilustrado, que ve a los intelectuales (y a las clases medias urbanas) como el gran villano de la historia de la modernidad. Es posible encontrar decenas de citas en las que Methol dice cosas de este orden.

Naturalmente, entenderlo requiere cierta disposición para lidiar con las contradicciones. Podríamos llamar a esto pensar dialécticamente. Entender que las cosas no siempre son esto o lo otro y que existe lo que en jerga dialéctica se denomina interpenetración de los contrarios. Así, podemos tener intelectuales antintelectuales, al mismo tiempo que zonas de superposición entre ideologías que en principio son opuestas, como en el símbolo de yin yang. Por ejemplo: conservadores recalcitrantes pueden desplegar discursos igualitaristas para atacar al liberalismo y ganar bases populares. La política está llena de este tipo de mezclas y tensiones. Pero cuidado: que los contrarios estén entreverados no quiere decir que se disuelvan ni que ciertas posiciones no se apoyen en alguno de los elementos contra el otro. Leer a Methol (y casi todos los documentos políticos) requiere poder lidiar con la ambigüedad, sin que esto nos nuble sobre el fondo de las cuestiones. Esta capacidad es en especial importante en tiempos de ascenso del fascismo, en los que la confusión es una de las principales armas en la disputa política.

Rivarola termina su reseña diciendo: «Poner en el centro el problema de la “cuestión nacional” no debería ser visto como sinónimo de una narrativa colonialista o de derecha». En eso estamos completamente de acuerdo. El problema es que una cosa es decir que la cuestión nacional no es sinónimo de derecha y otra muy distinta es decir que no existen posiciones que piensan la cuestión nacional desde la derecha y que la usan como forma de llevar agua al molino de la derecha o, en este caso, del verticalismo. Una cosa es el sano escepticismo sobre las formas simplistas de pensar la izquierda y la derecha y otra muy distinta es suspender cualquier juicio político, lo que, en vez de permitirnos ganar capacidad de pensar la complejidad, nos hace perder las distinciones analíticas más elementales y caer en la noche en la que todos los gatos son pardos. Es por esto que El misterio… dedica tanto tiempo a mostrar las diferencias entre el pensamiento de Methol y el de otros, como Eduardo Galeano, Enrique Dussel, Vivian Trías o Carlos Quijano. La mejor forma de mostrar que existen posiciones que ubican en el centro a la cuestión nacional y no son de derecha es mostrar las diferencias entre estas y las que sí lo son. Entender estas diferencias puede ser útil en los difíciles tiempos que vienen.

Pero no se trata de rechazar en bloque lo que no nos gusta. De hecho, los párrafos en los que el libro hace los «duros juicios» que Rivarola critica no tienen el ánimo de despreciar a Methol, sino de reflexionar sobre los momentos en los que el entrevero de la política y las vacilaciones subjetivas nos llevan a lugares inesperados. Methol dudó si hacerse marxista en los sesenta y colaboró con la ofensiva liberal en los ochenta. En los tiempos revueltos no es fácil para las personas ni las tradiciones mantenerse consistentes, y son necesarios enormes esfuerzos de creación. Algo de ese orden nos va a tocar.


  1. Véase «El triángulo», Hormiga Roja, 21-III-25. ↩︎

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