Siempre la ambición

En El Tinglado: “Maldito”.

Maldito.

Los grandes textos no solamente aceptan el traslado de su trama a otros tiempos y lugares, sino que hasta parecen solicitar tales giros, de modo de adquirir un mayor sentido universal. De ahí que al mismísimo Shakespeare le corresponda inspirar a los guionistas estadounidenses Ernest Lehman y Arthur Laurents, y al coreógrafo Jerome Robbins para convertir Romeo y Julieta en el musical West Side Story, cuyos protagonistas pasan a llamarse Tony y María, quienes, en lugar de sufrir las presiones de Montescos y Capuletos, se ven sumergidos en las rivalidades y los enfrentamientos de dos bandas juveniles neoyorquinas. No parece tan extraño, entonces, que las páginas de Macbeth hayan tentado al realizador británico Ken Hughes a ubicar al personaje central en pleno hampa londinense de mediados de los años cincuenta y bautizarlo Joe Macbeth en la película que en Uruguay se dio a conocer como Joe Macbeth, el canalla. En tal historia, la pareja que componían Paul Douglas y Ruth Roman con ropajes del siglo XX no desdibujaba en absoluto los sentimientos y las actitudes que “el bardo inmortal” logró transmitir casi cuatrocientos años antes.

Por tales caminos se interna ahora el director José María Novo, al ubicar el nudo argumental de Macbeth en pleno arrabal montevideano de comienzos del Novecientos, como marco adecuado para las andanzas de un malandrín al que llaman el Escocés. La codicia que afloraba en el texto original sigue imperando en el presente traslado en las siluetas que afloran a lo largo de un desarrollo que involucra la participación de más de treinta personas en escena y un amplio aprovechamiento de la totalidad de la sala. La música y la danza son una parte fundamental en las idas y venidas de un argumento que incorpora composiciones de Celedonio Flores, Horacio Ferrer y Stamponi, entre otros, y temas tan contagiosos como “Hay que aprender a bailar”, todos ellos interpretados en vivo.

El marco elegido resulta propicio para que el relato encuentre la afinidad buscada en los desplazamientos y las reacciones del vasto elenco, que incluye atendibles aportes de figuras como Charly Álvarez (el Manco), Carina Méndez (la mujer del Escocés), Danilo Pérez (el Tordo), Washington Sassi (el Pardo), Rosita Freiría, Suka Acosta, y Cristina Morán y Rosario Fernández Chaves –como reas o brujas–, sin olvidar la incidencia del joven Cristian Amacoria, quien, más allá de algún repentino apresuramiento en el decir, consigue retratar al Escocés con eficiencia. Similares asomos de prisa tiñen las voces de otros integrantes de un equipo llamado a transmitir el texto que Novo adaptara teniendo en cuenta la época, el ambiente y las expresiones –el lunfardo– que este reclamaba.

El aporte de los escenógrafos Bruno Torres y Diego Cáceres Massaro, el iluminador Martín Blanchet y el vestuarista Nelson Mancebo, la dirección musical de Luciano Gallardo y la coreografía de Juan Macedo Mastrascusi adquieren, a su vez, una importancia fundamental en una puesta en escena que insume más de dos horas de duración, a lo largo de las cuales sí incide un par de demoras en cambios escenográficos que reclamarían menos complicaciones. Los reparos mencionados, sin embargo, no impiden la aceptación y el disfrute de estos pistoleros de principios del siglo XX, herederos de las andanzas del maldito escocés original.

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