Sin apellido - Semanario Brecha

Sin apellido

Tres obras en cartel “El alma buena de Sechuán”, “Cliché” y “Resquicios y grietas”.

El alma buena de Sechuán.

No siempre, para individualizar a los personajes de una historia, se los distingue con un nombre completo. Basta, algunas veces, con redondear ciertos rasgos de las siluetas en cuestión para que éstas cobren vida y logren trasmitirle algo significativo al lector o, como en este caso, al espectador.

El alma buena de Sechuán (Alianza, sala China Zorrilla), del alemán Bertolt Brecht, dirigida por Alberto Zimberg, reúne a casi una veintena de jóvenes que finalizan sus estudios de actuación, asumiendo los distintos papeles de la presente saga colectiva que el autor de La resistible ascensión de Arturo Ui desarrolla en la China prerrevolucionaria. Tres comprensivos dioses se hacen presentes también a lo largo de una trama que incorpora la intervención de un puñado de hombres y mujeres representantes de un pueblo en el que conviven trabajadores, familias, agentes del orden, desocupados y prostitutas, entre quienes quizás se encuentre un alma realmente buena, si tal cosa resulta realmente posible en una sociedad regida por el poder del dinero. Todo un tema que el gran dramaturgo despliega con múltiples alusiones a grupos e individuos que, a menudo, requieren el desdoblamiento de los miembros del elenco en diversos personajes, así como un casi constante deambular por el espacio. La labor de Zimberg acierta al saber imponer las incidencias del nutrido equipo en escena, de modo que sus integrantes asuman las distintas partes que el texto les asigna, consiguiendo, de esa manera, una visión sugerente de un relato popular y sin protagonismos absorbentes. No sucede otro tanto, empero, con el decir más declamado que sentido que la mayor parte de los jóvenes intérpretes mantienen a lo largo de una puesta que debería haber apelado más a la sinceridad de quienes lo trasmiten de cara a la platea.

Cliché (La Gaviota, sala 2), de Diego Araújo, con dirección de Sebastián Silvera, responde a las exigencias del género grotesco para dibujar no sólo las contradicciones y los defectos de los integrantes de una familia aparentemente corriente sino también a algunos empleados de un supermercado, un par de policías y hasta una representante de esos grupos religiosos que llaman a la puerta, y que el inquieto autor de la reciente Los indeseables maneja con agudeza para poder aludir a la hipocresía, el egoísmo, la desconsideración y otros males que afectan a la especie humana, una consigna que Silvera lleva adelante con todos los bríos de un elenco que acomete varias caracterizaciones con la celeridad del caso. A la entrega del equipo que integran Julio Lachs, Cristina Cabrera, Maia García, Jorge Olivera Sosa, Eugenia Josponis, Fernando Lofiego, Jorge Bell e Ignacio Duarte cabe agregar la inspirada iluminación de Nicolás Amorín y el apropiado vestuario de Fernando Olita, al servicio todos de una puesta que elige un ritmo sostenido que recuerda el de una comedia musical, aunque aquí el sentido comulgue más bien con lo profano, un campo que, más allá del impacto de un par de términos gruesos, no hace más que recordarle a la platea que, muchas veces, la realidad no se queda atrás respecto de lo que se ve en el escenario.

Resquicios y grietas (La Gringa), de Augusto Vázquez, dirigida por Maite Yerle, ya desde la entrada se encarga de hacerle notar al espectador que la historia que va a presenciar sea quizás diferente a lo que esperaba. Un punto que el equipo sostiene mediante un aporte colectivo que enfatiza la imprevista relación entre una solitaria mujer que vive en un barrio donde –como en muchos otros– no impera la seguridad, y un misterioso y castigado joven vagabundo que se le aparece de tanto en tanto. El trabajo de Yerle no apuesta al naturalismo, por lo cual, aquí y allá, se encarga de introducir algún toque llamado a indicar que algo raro puede acontecer con respecto a estas dos únicas siluetas visibles –hay un tercero a quien sólo se le oye– que llevan adelante una trama en la que asoman ciertos datos que la labor de los responsables no llegan a aclarar con la esperada precisión. Parece muy acertada, en cambio, la pintura del vínculo entre la dueña de casa y su visitante, dos figuras que María Morales y el mismo Augusto Vázquez encaran con suma credibilidad, al servicio ambos de una historia que por distintos resquicios –valga el título de la propuesta– le llega a una platea conmovida.

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