Sobre encuentros

“Amigos por la vida”

“Amigos por la vida”

Un muchacho de 22 años, un “ni-ni” romano que no trabaja ni estudia y pasa en las calles o en un bar sus libres ratos –todos– ganduleando con otros como él, pillos pero no delincuentes, aunque a veces parecieran asomarse al borde, es obligado por su padre a tomar un empleo. Éste consiste en acompañar en sus paseos diarios a un poeta de 85 años que padece Alzheimer. Más tarde, debe mudarse a la casa del anciano y ampliar considerablemente su horario de trabajo. En algún momento, sus camaradas se meten también en la casa, y por vías más o menos trilladas, todos descubren en el viejo aspectos que les resultan tan atractivos como intrigantes.

Es el viejo tópico del encuentro generacional, muy transitado por el cine en las últimas décadas, por lo general agregando diferencias culturales y existenciales aun más sustantivas que las relativas a la edad. Películas como Vitus (2005, Fredi Murer), Lo mejor de nuestras vidas (2006, Danièle Thompson), Venus (2006, Roger Michell, aunque quien la recuerde lo hará gracias a Peter O’ Toole), Mis tardes con Margueritte (2010, Jean Becker) son apenas algunos ejemplos, seguramente entre los mejores, de ese cine que apelando al humor, el optimismo y, a veces, a ciertas dosis de medido realismo procura remendar, o al menos enviar un mensaje en ese sentido, las dañadas relaciones entre diferentes.

El italiano Francesco Bruni, prolífico guionista de varias de las películas de Paolo Virzì  (Besos y abrazos, La prima cosa bella, pero hay más), entre otros, incluyendo algún episodio del popular comisario Montalbano para la televisión, inscribe éste su tercer filme en esa suerte de corriente que busca adaptar las viejas huellas de la comedia a la italiana a los tiempos que corren, corriente en la cual se ubican directores como el mencionado Virzì, Paolo Genovese, Francesca Comencini, Edoardo Falcone, y más –y no se incluye en la lista a Nanni Moretti porque él se corta solo en algo que es único–. Ese cable a la tradición es una legítima opción, que estas nuevas comedias transitan con desigual suerte, es cierto que apelando a veces a lo “tierno y emotivo” un poco más de la cuenta. Los encuentros se dan como se puede.

Esta película1 no es una excepción, y tiene todo para no serlo. El muchacho desamparado –quedó huérfano de madre a los 2 años, no se lleva bien con un padre preocupado pero tosco, emparejado con una joven inmigrante–, al igual que sus pares, puede descubrir que existe la poesía porque el anciano escribió un montón en las paredes de su estudio: “todo un grafitero”, dicen los pibes con admiración. Los pasos hacia el entendimiento son más o menos previsibles, aunque una vuelta del libreto embarca a toda la patota, viejo incluido, en una búsqueda del tesoro de difícil credibilidad en sus motivaciones: está bien que esos ragazzi sean casi analfabetos, pero en general los pibes callejeros no suelen ser tan ingenuos. Se beneficia, en cambio, de la austeridad con que pauta las situaciones y, regalo adicional, de mostrar bellos rincones de Roma que remiten al mundo del viejo poeta, difícilmente encontrables por el turista.

Pero lo más llamador es, como no podría ser de otra manera, el viejo. Un viejo tiene que tener algún tipo de luz especial para capturar la atención de los muy jóvenes, y éste lo tiene. Para más datos, quien lo encarna es Giuliano Montaldo, el realizador de Sacco y Vanzetti, Giordano Bruno y El hombre de los anteojos de oro, entre otras películas. Un sobreviviente de los viejos tiempos, en los que arte y política no estaban reñidos, sino que se azuzaban e inspiraban mutuamente. Para los que no llegamos a verlo como actor (lo fue hasta 1961, en películas como Achtung! Banditi!, de Carlo Lizzani y Crónica de los pobres amantes, de Valerio Zurlini), que nos sea presentado a los ochenta y tantos años no es algo menor. Otro encuentro.

Salute, maestro. 

  1. Tutto quello che vuoi, Italia, 2017.

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