Sobre un grito ahogado

“Apenas el fin del mundo”

“Apenas el fin del mundo”

Por segunda vez el director Diego Arbelo trabaja sobre un texto del dramaturgo francés Jean-Luc Lagarce y explora sobre su crudeza y oscuridad (recordemos su puesta de Music Hall en 2011, texto con el que debutó como director). En Apenas el fin del mundo1 el desafío es darle cuerpo a una imposibilidad: lograr anunciar la propia muerte inminente, que el personaje central Louis (Mauricio Chiessa) viene a confesar a su familia. Sobre los vínculos humanos y, sobre todo, sobre la comunicación versa esta puesta que se presenta en la sala Zavala Muniz.

Arbelo se destaca en la construcción de atmósferas derivadas de la ambientación sonora. Sus universos surgen de los sonidos y de comprender el teatro como una perfecta composición musical. En este caso cuenta con el trabajo de Sylvia Meyer, responsable del “silencio” de esta obra (como cita el programa de mano). Y es que lejos de ser un guiño al espectador lo que marca la potencia de este texto de Lagarce es todo lo no dicho. El desarrollo de las escenas nos muestra a Louis reencontrándose con su familia luego de muchos años sin verlos y, si bien no conocemos la causa de su anterior partida, comienzan a dibujarse las consecuencias de su ausencia durante tanto tiempo. Cada escena deriva en largos monólogos de los demás personajes: su hermana Suzanne (Camila Sansón), su cuñada Catherine (Mariela Maggioli), su hermano Antoine (Fernando Amaral) y, como único nexo, su madre (Bettina Mondino). Monólogos que exponen los propios dolores, los reproches, las hipótesis sobre la partida y el regreso del hermano ausente, y que evidencian la incapacidad de estos seres para comunicarse.

El personaje de Louis tiene mucho de autobiográfico. Lagarce falleció a los 38 años de sida y, tras enterarse de que padecía esta enfermedad, en sus obras aparece el tema de la muerte como un hecho inevitable. Chiessa crea a un Louis parco, medido, leve. Todas características necesarias de aquel que regresa y toma el lugar de quien escucha, un receptor del dolor del otro. En el juego propuesto por la ambientación sonora expone un parlamento inicial y otro final casi susurrante, y deja al público totalmente atento a sus palabras. Casi como una confesión estos momentos son los únicos en los que el personaje es realmente escuchado. Arbelo trabaja con el elenco sobre una dualidad: las consecuencias tanto de su ausencia como de su actual presencia. El regreso implica para el personaje volver sobre sus pasos y recurrir al vínculo primario: la familia como último refugio del moribundo.

El director se rodea de un gran elenco, que compone con soltura todos los matices emocionales de cada personaje. Camila Sansón trasmite la rebeldía y el enojo de la hermana menor que conoce muy poco a su hermano y lucha por recomponer algunos recuerdos; Fernando Amaral explota con la neurosis de un hermano mayor resentido; Bettina Mondino crea a una madre idealista y conciliadora que aporta el toque de humor a esta tragicomedia; y Mariela Maggiolo representa a la cuñada que hace saltar los demonios desde la visión del afuera y es en quien hace carne la ausencia. Como en todas las puestas de Arbelo los detalles técnicos no son menores, la iluminación tiene un rol muy presente para destacar los estados y los altibajos entre susurros y gritos que posee el texto.

Apenas el fin del mundo reflexiona sobre las diversas caras de la muerte: el tabú que la rodea, la necesidad de reconciliación o reencuentro con uno mismo y con el otro, su carácter inefable y el dolor irreparable que la ausencia provoca.

 Sala Zavala Muniz, 23, 24 y 25 de febrero.

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