También hay teatro

Temporada de verano en la Sala Verdi.

El centro de Montevideo parece un desierto empapado; el calor sofoca y acompaña cualquier actividad extralaboral, sumiendo a cada ser vivo en una desidia de no querer hacer absolutamente nada. La gente persiste a pesar del verano y prefiere salir a la calle, dar una vuelta, sentarse a esperar que corra un poco el aire en alguna esquina o perderse en los encuentros que acontecen durante las noches citadinas. La costumbre de ir al tablado es moneda corriente y, tal vez, la primera opción a tomar dentro del espectro de posibilidades que ofrecen los meses de máxima potencia carnavalera, pero ahora –y desde hace algunos años– la variedad se impone y también hay teatro.

Sorprende ver, durante el mes de enero, la larga fila que invade la calle Soriano, dobla por Convención y bordea la Sala Verdi. El público espera mientras atardece y se acumula una hora antes, porque el ingreso a la séptima edición del Festival Montevideo de las Artes es con entrada libre y por orden de llegada. La programación corresponde a las 19 obras seleccionadas en el llamado 2018 del Programa de Fortalecimiento de las Artes, desarrollado por la Intendencia de Montevideo junto con la Sociedad Uruguaya de Actores y la Federación Uruguaya de Teatros Independientes, y se realiza, en paralelo, en el Centro Cultural Florencio Sánchez, del Cerro.

Enero se termina y el teatro prosigue. La Sala Verdi, en su temporada 2019 –denominada Nelly Antúnez en homenaje a la actriz uruguaya–, empieza febrero con el Festival Temporada Alta de Girona, con obras de España, Argentina y Uruguay, con entradas bonificadas. Del 1 al 10 se presentarán cinco piezas: cuatro unipersonales y una instalación interactiva. Cases, la instalación catalana, es un espectáculo autónomo de pequeño formato para seis espectadores por función; un proyecto sobre la representación de la intimidad que se destaca como parte de la programación por su carácter inusual, ligado a las artes plásticas y sonoras. Programar dispositivos escénicos como Cases es un gesto artístico de riesgo que no puede pasar desapercibido y que debería suceder con mayor frecuencia. En los teatros públicos son necesarios impulsos de gestión que sostengan experiencias estéticas diversas, que potencien y amplíen la multiplicidad de horizontes.

Sobre modelos de gestión y diálogo entre artistas viene basando su grilla Gustavo Zidan, actual director de la Sala Verdi. En 2017 invitó a distintos grupos a presentar sus obras, y recibió una contrapropuesta que se consolidó en 2018 como el Festival Cercanías de Teatro Litoraleño en Montevideo. El festival se repetirá este año, con nuevas creaciones de Paysandú, Montevideo y Buenos Aires, del 13 al 21 de febrero. Ya en su versión anterior, el Festival Cercanías y quienes lo componen instauraron una modalidad de encuentro permeada por la pluralidad de contenidos y formas, pero sobre todo por la conciencia escénica y teatrera de pensar no sólo en el espacio, la obra, las actuaciones y escenografías, sino también en el encuentro con el público como hecho sustancial. La Liga de Artes Escénicas del Litoral, que convirtió a la Verdi en una fiesta amena de detalles y poesía, vuelve para continuar y confirmar que desde el cariño y la amistad también se hace teatro.

Los dos festivales y la Temporada Alta de Girona toman la Sala Verdi y son ejemplos de formas de concretar ideas acerca de cómo y qué se debe programar en un teatro público. Debemos tener presente que detrás de cada obra elegida hay una noción del arte, de la cultura y de las políticas culturales, lo que resulta fundamental a la hora de reflexionar acerca de la conjunción de las estéticas representadas. Tal vez se trata, simplemente, de confiar y creer que aún se puede elegir de modo cuidadoso aquello que se ve o se hace en el mercado del arte, instaurando hábitos de programación para que el teatro pueda ser un espacio de libertad. Hacerse preguntas, abrirse a un encuentro sensible y racional, son, sin duda, excelentes recetas para paliar cualquier ola de calor.

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