Tiempo al tiempo

Literatura uruguaya y renovación (III).

En primer lugar, quisiera pedirle disculpas, Lema Mosca, por mi reclamo con respecto a su retorno. Ya lo dije antes: estoy por fuera de las redes sociales y no cuento con más mundo que el real, que me basta y me sobra; por eso no me entero de los tuits burlones y paparruchescos que usted menciona. Sin embargo, parece que algunos organismos oficiales se hicieron eco de ellos y renovaron, en parte, el plantel de jurados de premios nacionales y municipales. Cosa rara la academia atendiendo el qué dirán de las redes; tal vez la causa del asunto deba buscarse en otro lado, pero ya lo dijo usted: “Cada loco con su tema”.

Es que aquí, en Uruguay, a veces somos demasiado concretos. Mire lo que ha pasado con Ida Vitale, a quien aludió el viernes pasado. Fue una poeta olvidada, ignorada por la crítica y la academia uruguaya hasta que… regresó a estas latitudes. Ahora la hemos llenado de homenajes y reconocimientos, hasta el límite de la idamanía. Por estos días, en el Centro Cultural de España, la muestra Ida Vitale. Palabras que me cantan le rinde tributo a la más reciente ganadora del premio Cervantes. Pero ¿qué hicimos durante las últimas décadas? ¿Cuántas ediciones hubo de su obra en Uruguay? Pocas, más bien; casi ninguna.

Así de ingratos somos: si no se está acá, (a veces) no se existe. Por eso me permití sugerirle una visita, un pequeño retorno. Nada más lejos de mi intención que prohibirle algo a ningún compatriota, ¡faltaba más! Usted puede opinar desde el otro lado del océano sobre lo que sucede acá, como yo he opinado en algún semanario de Tacuarembó o San José sobre lo que sucede allí. Los debates de centro‑periferia dependen, siempre, del punto de vista. El carácter provinciano es relativo y está supeditado al lugar desde donde se mira. Eso sí, estará en la voluntad de cada uno elegir para dónde mirar. Como puede apreciar, a mí el Interior me puede.

Es curioso –o tal vez no, y sea justamente sintomático– que usted cierre su artículo aludiendo a “cuán provincianos somos”. No quiero plantear oposiciones, para que no se me malinterprete; ya me acusó usted de zanjar el debate en la oposición jóvenes/viejos, pero creo que, viendo el paisito desde el norte, es fácil –y no menos ingrato– tildar de provinciana a esta aldea, a la que tanto le debemos usted y yo. Tampoco debemos rendir pleitesías gratuitas, pero insisto: es una cuestión de perspectiva.

Usted se preguntaba cuántos uruguayos salieron corriendo a comprar libros de jóvenes escritores; lo ignoro, pero le recuerdo que Uruguay sigue siendo el país de América Latina que produce más libros por habitante. La cantidad no es calidad, me dirá usted, y tendrá razón, pero es un dato que algo dice de nuestro mundo editorial. En pocos días comenzará la 42a Feria Internacional del Libro de Montevideo y seguramente será un espacio de reflexión de editores y libreros, además de un lugar de presentación de novedades editoriales de escritores jóvenes y viejos, consagrados y no tanto.

“La academia debería dedicarles tanta atención a los poetas ultrajóvenes publicados por Estuario Editora como la que les dedica a Ida Vitale o Cristina Peri Rossi.” Discrepo. No puede haber tantas Idas o Cristinas como poetas uruguayos ultrajóvenes, porque –discúlpeme– no todos son poetas, como no todos los 1.100 escritores (o escribientes) madrileños de su primer artículo son poetas. Enhorabuena que la juventud se muestre, experimente, haga, opine, participe, pero no los consagremos por ese primer impulso, al menos no solamente por él.

El tema de fondo, reitero, es que pensar el canon desde la sustitución de una lista de nombres por otro es minimizar el asunto. Me alegro de que, según usted, por lo menos, coincidamos en una cosa: “Lo que hay que cuestionar en profundidad y con mayor atención son los mecanismos de legitimación”.

En “Cada loco con su tema” usted cuestiona mi concepto de “diálogo intergeneracional”. Es cierto, no basta con que por un mismo estudio de televisión pasen Natalia Mardero y Mauricio Rosencof. Importa el diálogo entre ambos, o, mejor, entre ambas generaciones, representada una por Delgado Aparaín, ya que, a su juicio, Alfredo Fonticelli y Pablo Silva son aún jóvenes en este “país de viejos”, de longevos, diría yo. Para retomar a otra escritora, a quien usted citaba en su artículo, le contaré una anécdota personal, con el permiso de Cristina Peri Rossi: ella me dijo que Horacio Cavallo le parece una de las voces más originales de los uruguayos que ha leído últimamente. Me consta, también, que la escritora, aunque exiliada y bastante olvidada por nuestro Estado, sigue atenta a lo que sucede por estos lares y que en su biblioteca hay unos cuantos títulos de literatura nacional reciente. Tal vez sea un caso aislado, tal vez no sea trascendente, o tal vez sí, y el diálogo intergeneracional se está dando, pero no en ámbitos tan públicos o mediáticos (inmediatos) como a los que usted aspira. Escritores de distintas generaciones conviven, interactúan y se leen, como siempre ha sucedido en la breve historia de nuestra literatura nacional.

Netuy marzo21

En 1966 Emir Rodríguez Monegal decía en su Literatura uruguaya del medio siglo: “Una promoción auténticamente joven está golpeando a las puertas de la ciudad”, con respecto a los nuevos –hoy ya viejos– escritores de la generación del sesenta. El año 1958 fue el momento en el que los del 45 accedieron a puestos de poder en la cultura uruguaya y los más jóvenes los cuestionaban. Las historias se repiten y hoy otros golpean, nuevamente. Algunos obtendrán respuestas y otros no… Pero si su literatura tiene algún valor, alguien atenderá, tarde o temprano.

Como usted está lejos y desconfío de las redes sociales, permítame contarle una noticia referida al mundo del cine, género que conoce muy bien. Desde ayer la cartelera presenta el estreno de Así habló el cambista, de Federico Veiroj, película basada en la novela homónima del desconocido Juan Gruber, inmigrante polaco radicado en Uruguay en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, que publicó esta novela en 1979, en ambas orillas del Plata. El texto debió esperar cuatro décadas para ser valorado; debieron pasar 40 años para que alguien reparara en él y reconociera algún valor. Tarde –lamentablemente para Gruber, que falleció en 1981–, pero el descubrimiento llegó. Con esto no digo que haya que publicar y cruzarse de brazos esperando el éxito, porque así, por sí solo, no llegará.

Hace unas cuantas décadas, Ida Vitale hablaba de todo esto –incluso de los poetas que este año promocionó el Ayuntamiento de Madrid–. En diciembre de 1961 la joven poeta participó del cuestionario “¿Adónde va la poesía?”, que publicó el semanario Marcha. Decía Vitale: “El mundo cambia; las cosas esenciales cambian, por suerte, un poco menos y, de todos modos, nos interesa a todos que no cambien. ¿Estaremos de acuerdo en que la poesía es una de esas cosas esenciales? Cervantes, que algo sabía de justicia, decía que la poesía no debe ser traída por las calles ni publicada por las esquinas de las plazas, ni por los rincones de los palacios. Es decir, entiendo yo ahora, que la poesía tiene su ámbito propio, donde casi todo y casi todos caben. No es un ámbito enrarecido; simplemente tiene sus leyes, a las que todo y todos debemos someternos si queremos estar en él. Es, por qué no, una tiranía. Y lo mejor es respetarle sus fronteras. Quien la necesita sabrá dónde encontrarla, exacta, necesaria, trascendente”. Lo mismo podríamos decir de la literatura toda y de los (buenos) escritores. Tiempo al tiempo, querido amigo.

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