Todo lo que no

La entrevista a Gavazzo que publicó “El País”.

Ilustración: Dani Scharf

Fue hace un montón de años: varios de nosotros conversábamos sobre “las dos campanas” sentados en los sillones desvencijados de la recepción del semanario. No recuerdo si era por una cobertura concreta o simplemente salió el tema, lo cierto es que en un momento de la conversación uno de los más veteranos dijo: “Es como si al hacer una nota sobre desaparecidos uno tuviera que ir a pedirle opinión a Gavazzo”. A mí, que entonces tenía veintitantos y hacía alrededor de un año había empezado a hacer periodismo, pero hacía muchísimos más que conocía quién era Gavazzo y el motivo de su fama, esas palabras me resultaron (me siguen resultando) de un estricto sentido común. Porque ¿puede Gavazzo negar los hechos y el rol que le cupo en ellos? La justicia uruguaya sentenció que no. En Italia, la fiscalía encontró motivo suficiente para pedir cadena perpetua en la causa por el Plan Cóndor en la que el represor está acusado, y en Argentina, en tanto, le espera un cúmulo de pruebas en su contra en la causa conocida como Automotores Orletti. ¿Hay algún resquicio, chiquito, nuevo, que permita sospechar que Gavazzo no es el asesino que es, el violador que es, el desaparecedor que es, el secuestrador de niños que es, el psicópata y mentiroso contumaz que es? ¿Hay razones para pensar, pasados los años, los juicios, los tribunales militares, las oportunidades anteriores que Gavazzo tuvo de hablar con periodistas, que ahora sí dirá algo que aporte a la verdad?No. Y la entrevista publicada por El País el pasado domingo es una innecesaria, por redundante, confirmación de esto. En ella Gavazzo obtuvo una nueva oportunidad de utilizar la artimaña de siempre: poner a un muerto –en este caso, Carlos Goessens, militante del Pvp que traicionó a la organización y entregó a sus compañeros– como pieza clave para validar su afirmación principal en el artículo: que los militantes del llamado “segundo vuelo” fueron asesinados en Argentina, y no trasladados a Uruguay y asesinados aquí; ergo, el vuelo y los asesinatos por los que fue condenado son una gran equivocación de la justicia.

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Existe un sentido común (otro), fané y descangallado pero en uso todavía, que establece que el “periodismo profesional” es aquel que se muestra neutro, equidistante del asunto a tratar. Si hay un tema y varias versiones en torno a él, hay que darles micrófono a todas las partes; de esa forma el periodista se asegura de que el lector/televidente/escucha no pueda acusarlo de “llevar agua para su molino”, de estar “flechado”, de “tomar partido”. Con todas las voces sobre la mesa, la misión está cumplida, porque el receptor no es tonto ni debe ser tratado como tal: sabrá desentrañar la verdad.

Paula Barquet, autora de la entrevista, explicó el lunes, en el programa radial que coconduce en Océano FM, qué fue lo que la llevó a escuchar durante diez horas la versión de Gavazzo, que será publicada en partes, según ya fue anunciado: “A nivel periodístico, nuestro trabajo es seguir buscando información. Ese fue mi objetivo”,comenzó diciendo. “Me parece que el hombre tiene mucho para decir, todavía tiene mucho para decir 40 años después. No puedo creer que se cuestione que es un testimonio a escuchar o a atender, sobre todo porque tiene información que todavía no ha dado”,siguió después. “Yo tengo la confianza de que después de que pasen un par de días de este impacto haya gente con el conocimiento suficiente como para contrastar lo que dice Gavazzo y ver qué de esto puede ser verdad, porque no es que haya que creerle todo, capaz que no hay que creerle nada. Eso queda más a juicio de cada uno”, remató.

Como si el periodista no tuviera la obligación de ser el primero en discernir la paja del trigo, en primer lugar para poder repreguntar incisivamente, algo que claramente aquí no sucedió: “Pero si él le dijo a usted que los habían matado a todos, eso terminaría con la hipótesis del segundo vuelo”, dijo apenas la periodista cuando el entrevistado terminó de exponer la versión en la que Goessens le habría informado que ya se había ocupado de aquellos por cuyas muertes Gavazzo paga pena (cómodamente), él, que tiene tanto para decir (a los diarios, que no al juez).

Pero parece obvio que si para recoger esas palabras es necesario un periodista es porque se confía en que ese oficio le permitirá situar al lector en el contexto imprescindible para entenderlas, en que sabrá advertirle de las trampas que pudieran tendérsele y, en definitiva, propondrá una lectura que no sea la reproducción de uno de los tantos cuentos que circulan, sino información de calidad. Porque he ahí la razón honda del periodismo, su objetivo y su mérito, y no, por cierto, en el mero hecho de haber conseguido la entrevista, por más difícil que esto sea, como algún colega deslizó en las redes sociales esta semana.

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En estos días de debate en torno al tema, surgieron múltiples referencias a anteriores entrevistas a represores. En particular, la que Oriana Fallaci le hizo al dictador argentino Leopoldo Galtieri en 1982, publicada en la revista Cambio 16,y que sirvió ahora como argumento de quienes defienden la posibilidad de entrevistar a represores tanto como de quienes cuestionan el trabajo publicado en El País. En aquella entrevista, que versó básicamente sobre la guerra de las Malvinas, que tenía lugar en esas fechas, Galtieri contestó lo que quiso, pero a través de la repregunta, una y otra vez, también se vio obligado a explicarse, lo que fue dejando en evidencia sus contradicciones, sus intentos de omitir datos sobre los porqués de la guerra, sus razonamientos absurdos sobre geopolítica. Y fue el escenario creado en ese ida y vuelta lo que permitió hacerse una idea del entrevistado, que no era otro que el responsable máximo de abrir una de las heridas más grandes y vigentes del otro lado del río.

La Argentina de la dictadura y la Argentina de la guerra no impidieron que Fallaci se enfrentara a Galtieri en busca de una verdad que quemaba. Fue ese contexto el que le dio sentido a su entrevista. En este presente de disputa por el relato de los hechos, y en honor a una profesión que a lo largo de su historia ha contribuido múltiples veces a llevar luz donde sólo había oscuridad, los periodistas deberíamos tener muy claro por qué y para qué buscar la voz de un genocida.

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