Diez años de Marine Le Pen al mando de la ultraderecha francesa

Un ángel pasa

Como líder de uno de los partidos fascistas más fuertes de Europa, su gran victoria, más que el 34 por ciento de votos en 2017, fue su campaña para desdiabolizarlo. No le faltó ayuda mediática.

Marine Le Pen al llegar a una reunión para discutir un proyecto de ley contra el «separatismo islamista» con el ministro del Interior francés, el 6 de octubre de 2020 Afp, Ludovic Marin

Desde que el 16 de enero de 2011 tomó las riendas de su partido entronizada por su propio padre, Marine Le Pen dio la impresión de que no se contentaría con ser la «hija de» y apenas pudo comenzó a echar a rodar una maquinaria de lavado de cara del por entonces llamado Frente Nacional (FN). No porque el FN estuviera en decadencia –más bien lo contrario–, sino porque para poder aspirar a jugar en la cancha grande de la política debía deshacerse de algunos «excesos» de su movimiento, que su padre, Jean Marie, encarnaba como ninguno.

Con su aspecto de bulldog, su antisemitismo, su supremacismo blanco apenas disimulado, sus insultos a diestra y siniestra, su reivindicación del colaboracionismo con los nazis, Jean Marie Le Pen, un antiguo paracaidista que había peleado y torturado en la guerra de Argelia en los sesenta, ya había llegado a su techo. Mucho había hecho por la causa, pero era hora de que, entrado ya en su octava década de vida, pasara la posta. Máxime cuando era su hija dilecta la que la tomaría y él quedaría como «presidente de honor del partido», en la reserva, presto para el combate, de ser necesario. Y además se retiraba con gloria: no sólo porque en 2002 había logrado la proeza para un partido de extrema derecha de pasar a la segunda vuelta de unas elecciones presidenciales, sino porque había conseguido algo mucho más importante, aunque intangible: contaminar con su discurso xenófobo, antinmigrantes y securitario a buena parte de la dirigencia política francesa, incluidos algunos referentes de la progresía socialdemócrata y de cierta izquierda nacionalista, que lo abominaban a él, pero que reconocían la «justeza» y la «pertinencia» de muchos de sus planteos, atractivos para, al menos, una cuarta parte del electorado.

Por decir fútbol

UN CÉSAR

Cuando el FN se fundó, en 1972, la extrema derecha francesa estaba dividida en una multitud de grupúsculos, a menudo peleados entre sí: católicos ultramontanos, monárquicos, nostálgicos de la Francia colonial y del régimen de Vichy –colaboracionista con los nazis–, nacionalistas revolucionarios, militantes del partido neofascista Orden Nuevo, sofisticados y elitistas intelectuales reunidos en el Grupo de Investigación y Estudio de la Civilización Europea (GRECE), negacionistas del Holocausto, exintegrantes de la Organización del Ejército Secreto –el escuadrón de la muerte que intentó asesinar a Charles de Gaulle por haber «abandonado» Argelia–, militantes de organizaciones estudiantiles de choque, como el Grupo Unión Defensa (GUD), que había hecho sus armas apaleando rojos en el 68 y años posteriores…

Los más lúcidos de entre ellos (referentes del GRECE y de la Nueva Derecha, como el filósofo Alain de Benoist) vieron entonces en el exsargento Le Pen una figura suficientemente atractiva –por su anticomunismo a toda prueba, su combatividad, pero también por su pragmatismo, su carisma y, sobre todo, su experiencia política– como para federarlos en una formación que tuviera participación electoral. El hombre ya había sido parlamentario –el más joven de la historia francesa– a fines de los cincuenta, en representación de un movimiento clasemediero de «rebelión fiscal» dirigido por el pequeño comerciante Pierre Poujade, una especie de Benito Nardone a la francesa con pasado fascista, y luego, a mediados de los sesenta, había dirigido la campaña electoral de uno de los referentes históricos de la ultraderecha, Jean Louis Tixier-Vignancour.

A lo largo de casi 40 años, Jean Marie Le Pen lideró con mano de hierro su partido, pero con la suficiente flexibilidad como para tolerar la existencia de corrientes, siempre y cuando no cuestionaran su autoridad. Y tuvo la paciencia necesaria como para persistir a pesar de la sucesión de derrotas aplastantes que sufrió hasta bien entrados los ochenta. En esa época comenzó su auge, cuando, a raíz de la crisis económica, millones de personas quedaron sin empleo, se desplomaron industrias tradicionales, como la minería y la siderurgia, y se multiplicó el descontento entre los sectores populares con la gestión cada vez más liberal de los equipos de gobierno hegemonizados por el Partido Socialista, poco distinguibles de las versiones light de la derecha tradicional, mientras el Partido Comunista estaba en franca decadencia. Le Pen fue aglutinando a esos sectores populares y de capas medias con su prédica «antisistema», contra las «elites transnacionales» y en favor de una «Francia para los franceses». Le gustaba repetir que su partido no era «de derecha ni de izquierda» y sabía que para acumular debía sacar de los primeros planos (de los primeros planos, no del FN) a los elementos más abiertamente fascistoides que lo rodeaban.

Mucho antes de que su hija se presentara como adalid de los esfuerzos por volver presentable al FN, Le Pen padre ya hablaba de «normalizar» a su fuerza política y, como esos nuevos ricos que pretenden que los burgueses de pura cepa los reconozcan como uno de los suyos, daba de vez en cuando signos de moderación programática y comportamental. Pero nunca los señores burgueses lo invitaron a su mesa, a pesar de que coqueteaban con él o con sus lugartenientes cada vez con menos tapujos. Y a él su natural bestialidad lo llevaba muy a menudo a salidas de tono que después intentaba corregir, sin que nadie le creyera demasiado.

El «cordón sanitario» creado en torno a él por el resto de los partidos políticos en 2002, cuando se enfrentó a Jacques Chirac en la segunda vuelta de las presidenciales, le impidió a Jean Marie Le Pen alcanzar la presidencia: se quedó con un 17 por ciento de los votos. Nada mal para un partido de extrema derecha, pero muy poco para lograr el objetivo. Algo similar –o peor, porque dejó muy atrás a su padre: logró el 33,9 por ciento en la segunda vuelta– le pasaría a su hija 15 años después (véase «El arriba que se mueve», Brecha, 12-V-17). En ambas ocasiones, el «frente republicano», constituido de hecho entre el resto de los partidos, le cerró la ruta al Elíseo a la ultraderecha. Y el sistema electoral a dos vueltas hizo que en las legislativas, aun llegando en primer lugar en muchas circunscripciones durante la primera vuelta, el partido se quedara finalmente casi con las manos vacías por falta de aliados. El FN de Jean Marie no pasó de dos diputados sobre un total de 577. Su hija cuadruplicó esa cifra en 2019, pero el Partido Socialista, que tuvo muchos menos votos, logró seis veces más escaños por el juego de alianzas y desistimientos mutuos con comunistas, ecologistas y otras formaciones. Desde un primer momento, Marine Le Pen se prometió romper el cordón sanitario.

Por decir fútbol

OPERACIÓN MICKY VAINILLA

Mujer, abogada, simpaticona, entradora, la hija tenía un registro bien distinto al del papá. Para Jean Marie, ella debía mejorar la estirpe sin renegar de la tradición. Pero la nena aspiraba a más y uno de sus consejeros de la época, Florian Philippot, un muy joven alto funcionario con pasado gaullista (una aberración para la tradición del FN), le recomendó que se fuera deshaciendo de la vieja guardia del FN y hasta del propio nombre del partido. Y, cuando pudiera, hasta de su propio padre. Progresivamente, Marine lo fue haciendo: apareció menos a menudo que antes al lado de los católicos ultramontanos en manifestaciones contra el aborto legal, renunció a proponer el restablecimiento de la pena de muerte –la reemplazó por el planteo de una pena a cadena perpetua «efectiva»–, abandonó las referencias públicas antisemitas de su padre, se cuidó de hablar del pasado colonial del país como de una época gloriosa, así como de elogiar el régimen de Vichy, moderó su discurso contra los gays –sin renunciar a su oposición al matrimonio igualitario–, dejó de referirse a los inmigrantes de origen árabe con nombres despectivos y, en vez de hablar de «preferencia nacional» para el acceso a trabajos y servicios sociales –que sonaba mal–, pasó a hablar de «prioridad nacional». Y le dio un acento más «social», más «asistencialista» a su partido.

«Fueron todos cambios de fachada, algunos puramente semánticos, todos muy bien estudiados, que, en realidad, profundizaban la “normalización” del FN emprendida por su padre. Marine inventó un concepto: el de desdiabolización. Su partido, decía, había sido injustamente «diabolizado» y ella iba a demostrar que lejos estaba de ser lo que se decía que era», afirma en el portal Mediapart el politólogo Alexandre Dézé, que en 2015 publicó un libro titulado Las falsas apariencias del Frente Nacional. Para que la operación de lavado de cara resultara creíble, Marine necesitaba las otras cosas que le proponía Philippot: el cambio de nombre y el parricidio. Llegó primero lo segundo: en 2015, luego de que Jean Marie se mandara una serie de barrabasadas al hilo (antisemitas, misóginas, xenófobas), su hija lo apartó de la presidencia de honor del partido. «Se suicidó políticamente», dijo de su padre, sin enfrentarlo sobre el fondo de sus afirmaciones. Tres años después, en junio de 2018, en un congreso refundacional, la Agrupación Nacional (RN, por sus siglas en francés) sustituyó al FN. Paradójicamente, Philippot ya no estaba: había formado su propia corriente, y Marine, más cesarista incluso que su padre, le había mostrado la puerta de salida justo antes de la mutación (véase «De aquellas mieles a estas hieles», Brecha, 2-II-18).

En el primer congreso de la nueva-vieja fuerza, Marine habló de «abrirse» a alianzas con otros partidos de derecha y, al mismo tiempo, para dar signos de continuidad, destacó que conservaría el logo del FN: una llama azul, blanca y roja (los colores de la bandera francesa) rodeada de un círculo, un símbolo directamente inspirado en el fascista Movimiento Social Italiano (MSI), que apoyara financieramente en sus orígenes al FN. Exdirigentes del MSI, un partido que se disolvió en 1995, militan actualmente en La Liga y en Hermanos de Italia, los aliados peninsulares de la RN. «Si uno escarba en los postulados actuales de la RN, no hay aggiornamiento ideológico alguno», dice Dézé: la misma xenofobia, el mismo conservadurismo, el mismo racismo, aunque el lenguaje haya cambiado y ya no se hable de «invasión», sino de «sumersión» migratoria y el rechazo visceral a los musulmanes ya no se haga en nombre de la superioridad de la raza blanca, sino de la «defensa de la laicidad» (véase «Guerra de posiciones» o «Temporada de caza», Brecha, 12-I-18 y 6-XI-20). Todo a lo Micky Vainilla, el personaje de Peter Capusotto.

Marine también ha coqueteado con ambientalistas, algo que no pasaba por la mente de su padre, pero ha elegido con cuáles: aquellos que «defienden la flora y la fauna», dijo, no los que proponen un cambio del modelo productivo. Y con el trumpismo coincidió hasta el final, salvo cuando el ataque al Capitolio, al que condenó por demasiado impresentable. Y si uno mira de cerca quiénes componen la guardia de seguridad de Marine, reconocerá a exmilitantes del GUD, el grupo de choque fascistoide de los sesenta, señala Mediapart (20-I-21). No se los ve, pero ahí están.

En 2012, cuando la maquinaria desdiabolizadora de Marine Le Pen ya se había echado a andar, la periodista Claire Checcaglini se infiltró en una célula del FN en una localidad de clase media de la periferia parisina para ver qué de cierto había en la supuesta «revolución ideológica» que se habría estado operando en el partido de extrema derecha. Militó ocho meses en el FN, escaló posiciones, se codeó con dirigentes y estuvo a punto de convertirse en candidata en una elección. Lo que vio, y recogió en su libro Bienvenida al Frente. Diario de una infiltrada, es similar a lo afirmado por Dézé. «La vitrina es muy distinta al interior. Lo que piensan de verdad los militantes del FN actual huele tan mal como antes y como siempre en los grupos de extrema derecha, pero ahora lo ocultan», contó. Un día la periodista se vio obligada a participar en una manifestación en favor de la expulsión de una familia inmigrante. «Lo hice para no levantar sospechas, pero fue un límite. Me repugnaba la islamofobia rampante de esa gente. Le tienen realmente terror a la colonización musulmana, creen que van a devorarnos, que están por todos lados. Lo dicen de manera más solapada que antes, pero en las reuniones da miedo. Por otro lado, es gente muy simpática y sienten al FN como una familia, una comunidad. El FN explota muy bien ese sentimiento, tanto en la gente de clase media entre la que yo me moví como en los excluidos», dijo la periodista.

MEDIO VACÍO, MEDIO LLENO

Al festejar en enero sus diez años de gestión, Marine Le Pen no se privó de destacar que bajo su conducción el movimiento no sólo había tenido un resultado espectacular en las presidenciales de 2017, sino que había sido el partido más votado tanto en las departamentales y regionales de 2018 como en las dos últimas elecciones al Parlamento Europeo. Pero le sigue costando hacer bazas sólidas.

En las municipales de junio pasado, la RN obtuvo un gran trofeo: la alcaldía de la sureña Perpiñán, la primera ciudad mayor a 100 mil habitantes conquistada por un partido de extrema derecha en Francia. Pero retrocedió territorialmente. En 2014 había apuntado a expandirse, presentando listas en casi todo el país y abriéndolas poco menos que a cualquier persona que más o menos coincidiera con dos o tres planteos muy básicos de la agrupación (el rechazo epitelial a los inmigrantes de origen musulmán, el aborrecimiento a las instituciones supranacionales europeas y a las «elites» liberales bienpensantes, el reclamo de mano dura contra la delincuencia). Sólo pudo ganar en una decena de ciudades de pequeño porte y sus ediles eran tan poco sólidos, tan malsonantes, con tan pocos lazos orgánicos con el partido que muchos se fueron yendo del movimiento a mitad del mandato. Para 2020, la agrupación cambió de estrategia: se presentó en menos zonas, apuntando a controlar el poder en algunas regiones, y despachó a ciudades consideradas estratégicas y ganables a algunos de sus mejores y más promisorios cuadros.

Salió mal. Ninguno de esos «jóvenes lobos» ganó y la RN perdió la mitad de los ediles que había obtenido en 2014. La conquista de Perpiñán matizó en algo el fracaso, pero algunos dirigentes admitieron que todavía le falta a su partido recorrer un gran trecho para llegar al Elíseo.

«Todos los cuadros del partido coinciden», destacó el diario Libération unos meses atrás (16-IX-20): «La hija de Jean Marie Le Pen sigue siendo una formidable máquina electoral, capaz de reunir sin alianzas, o casi, a un tercio del electorado. Pero todos saben que la promesa del marinismo era otra: quería reformar el partido para convertirlo en una fuerza mayoritaria», y en 2022, si las cosas no cambian, puede repetirse el escenario de 2017. Un sondeo publicado en el semanario Le Nouvel Observateur la semana pasada le da hoy a Marine la condición de favorita en una primera vuelta presidencial, con 24 por ciento de los votos, seguida de Emmanuel Macron, con 23. Pero el actual presidente no tendría ningún problema en aparecer nuevamente como la única opción «democrática» para impedir la victoria de la ultraderecha. Nada le costaría sumar el 21 por ciento que atraen actualmente otros dos candidatos de la derecha liberal ni tampoco –a pesar de la deriva cada vez más autoritaria y conservadora de su gobierno (véase «Macron, su Rambo, Júpiter y la monarquía», «La estrategia del miedo» u «Orwellianas», Brecha, 27 -VII-18, 29-III-19 y 27-XI-20)– a una franja mayoritaria de las opciones socialdemócratas.

RIVALES

En la interna, Marine se ha deshecho de sus rivales. Philippot había logrado constituir una corriente «socialpopulista» que la cuestionaba «por izquierda», para llamarle de alguna manera: pensaba, como años atrás propusiera el GRECE de Alain de Benoist, que, para crecer, el FN ya no debía apostar al «pueblo de derecha», sino al «pueblo de abajo», a representar a los sectores populares en toda su variedad, incluyendo a los trabajadores precarios, en torno a una propuesta soberanista. En 2017 Philippot se fue del FN.

La otra rival que tiene Marine es su propia sobrina, la joven –de 31 años– rubia y bonita Marion Maréchal. Marion es también nieta de Jean Marie y reivindica la tradición. También en 2017 se apartó del partido, pero en enero desafió abiertamente a su tía y podría volver por sus fueros para recuperar «la pureza del apellido». Y corre otro peligro la poderosa Marine: la posibilidad de quedar inhabilitada si se la condenara por sospechas de malversación de fondos públicos y maniobras financieras en su partido, que hoy está al borde de la bancarrota.

Por ahora sigue en carrera, festejada por buena parte de la prensa por su obra de exorcista. Fue esa prensa, señaló Mediapart el 20 de enero, la que «año tras año, en esta década, banalizó de manera increíble los temas y las tesis de la extrema derecha en el espacio político y mediático. Fueron diez años de invitaciones cada vez más amables, de coberturas cada vez más espectaculares y despolitizadas de la familia Le Pen. Diez años de conquistas semánticas que fueron hasta rechazar el término de “extrema derecha” para calificar a su partido» (véase «Algo huele mal en Francia», Brecha, 10-XII-15). La propia Marine Le Pen lo reconoció, y esa victoria, la mediática, fue una de las que más festejó el mes pasado.

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