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Un mundo complejo

En La Candela: “El extranjero”

En La Candela: “El extranjero”

Hijo de inmigrantes franceses en Argelia, es probable que Albert Camus (1913‑1960) se haya sentido, algunas veces, un extranjero en tierra ajena. Razones geográficas y culturales podrían haber impulsado tal sentimiento, que, sin embargo, el laureado autor no vaciló en extender a los rasgos que convierten a cada ser humano en alguien diferente. Novelista, dramaturgo y quizás, antes que nada, gran pensador, Camus, además de apoyar los postulados del comunismo, adhirió a la corriente filosófica existencialista, habida cuenta de que en su propia escritura las contradicciones del absurdo se reflejan a cada paso. Todo eso asoma en su novela El extranjero, en la que un detenido relata cómo, en un confuso episodio, se ve involucrado en la muerte de un joven árabe. Los visos alegóricos de ese relato le llegan al espectador, en la presente oportunidad, a través de una adaptación teatral emprendida por Mariana Trujillo y Carlos A Muñoz.

Más que la culpabilidad o la inocencia del acusado, a Camus le preocupan sobremanera los rasgos de personalidad que hacen a cada uno tan distinto de los demás como para, en muchos casos, provocar la indiferencia. Esa indiferencia transforma a quien la experimenta en un verdadero extranjero, a pesar de que sus papeles no lo acrediten como tal. Extraña, entonces, que, aun siendo acusado de asesinar a un desconocido, en una ocasión que no alcanza a explicar con convicción, el hombre se muestre más afectado por todo lo relacionado con el reciente fallecimiento de su madre, un acontecimiento ante el cual adopta un comportamiento que él mismo, tiempo después, se cuestiona. Sus acciones ayudan a entender las encontradas reacciones de los seres humanos frente a hechos tan concretos como la muerte de un semejante u otros menos trascendentes pero igualmente propensos a dar lugar a reacciones inesperadas.

El traslado al escenario de un relato que movía al lector a sumergirse en las complejidades y los alcances de un sentimiento tan resbaladizo como la culpa halla en Trujillo y Muñoz la bienvenida inspiración de quien se decide a volcar el asunto en términos auténticamente teatrales, capaces de impulsar a la platea a extraer sus propias conclusiones, como aspiraría el también autor de El malentendido. El mismo Muñoz, desde la dirección, consigue imprimir un adecuado y verosímil ritmo al desarrollo sonoro y visual de una trama, en principio, concebida para ser leída. El elenco, a su vez, consigue ilustrar cada secuencia con giros tan imprevistos como significativos. Álvaro Pozzolo, en su humana composición del “indiferente” acusado, se ubica de cara a los asistentes para narrar lo que le sucedió en relación con la muerte del joven árabe, al tiempo que contesta las preguntas y los comentarios que efectúan Karina Molinaro Acebo, Diego González Savoia y Fernando Gallego con eficaz precisión, desdoblándose los tres en varios personajes que impulsan al “extranjero” a intentar explicar o analizar puntos que quizás, hasta ese momento, él mismo no termina de entender. El espacio escénico y los objetos –sillas, en su mayoría– se transforman y adaptan a las idas y venidas del cambiante trío a lo largo de un proceso que empuja a pensar en el sinnúmero de motivaciones que se pueden descubrir en la conducta de cada ser humano respecto de hechos que, de una forma u otra, rara vez pueden catalogarse como similares. Al concluir la representación, al espectador le queda muy claro que la cantidad de extranjeros que lo rodean puede alcanzar cifras insospechadas.

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