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Sindicato de Artes Gráficas

Un siglo de lucha obrera

El domingo el Sindicato de Artes Gráficas cumple 100 años, pero la organización de los obreros gráficos del Uruguay tiene unos cuantos más, atravesada casi desde su inicio por un debate sobre el sentido de su acción, que en algunos planos aún nos toca.

Asamblea de gráficos durante la huelga general de 1934. Revista El Auto Uruguayo, órgano oficial del Centro de Protección de Choferes de Montevideo

1.

La conmemoración el 20 de diciembre de 2020 de los 100 años de la unificación del Sindicato de Artes Gráficas (SAG) o el pasado mes de marzo de los 150 años de la constitución de la Sociedad Tipográfica Montevideana (STM) nos invitan a volcar la mirada hacia los procesos colectivos emancipatorios de nuestra región en oposición a las dinámicas de consolidación capitalista.

La historia del movimiento obrero es la historia de la lucha de los sectores perjudicados por la organización política y económica de la sociedad en procura de su transformación y es, a su vez, la historia de la tensión entre los sectores revolucionarios que pretenden transformar dichas estructuras, superando la violencia institucional inherente a cualquier régimen, y los sectores reformistas o conciliadores que ven en dicha transformación una meta inalcanzable y se proponen la conquista de derechos legales que garanticen en el corto y mediano plazo mejores condiciones de vida.

El gremio gráfico, particularmente, transitó dichas tensiones a lo largo de toda su historia.

2.

Si bien el primer intento organizativo que se registra del gremio data de 1857, recién en 1870 se constituye la STM, considerada la primera organización gremial de la región uruguaya.

La trayectoria de la STM evidencia la transición de las sociedades obreras desde el mutualismo hacia las sociedades de resistencia, lo que marcó la práctica gremial general.

Las sociedades de socorros mutuos fueron las primeras asociaciones obreras que se crearon en nuestra región y procuraban el bienestar de sus asociados al ofrecer principalmente atención médica y gastos fúnebres.

La temprana fundación de la STM se explica por el contacto de los tipógrafos con las letras y la cultura. En 1873, el gremio funda la primera biblioteca obrera local y para 1883 edita El Tipógrafo, que explicará así su razón de ser: «La Sociedad Tipográfica Montevideana ha comprendido que no era sólo necesario atender los males del cuerpo respecto del obrero, sino que es necesario atender los males sociales que está sufriendo el obrero, que es necesario instruirle».1

Si bien durante sus primeros años y hasta entrada la década de 1880 el gremio resalta públicamente que no promueve las huelgas ni adhiere a las doctrinas socialistas, y que busca el entendimiento pacífico con los propietarios, la constante falta de acuerdo con ellos junto con la creciente presencia de obreros europeos con experiencia gremial generan un vuelco en la prédica y práctica del gremio, el cual encuentra aliento y sostén en la sección local de la Asociación Internacional de Trabajadores, reorganizada en 1884 como Federación Regional de los Trabajadores del Uruguay, de tendencia bakuninista.

Con jornadas laborales que superaban las 12 horas, en talleres muy poco higiénicos, para 1884 el gremio ya había creado su caja de resistencia, que consistía en un fondo económico destinado a resistir en una futura huelga, buscando pasar a la ofensiva a través de la lucha gremial y no sólo paliar las inclemencias de la explotación capitalista. Al año siguiente se declararía en huelga por primera vez.

El proceso de radicalización de la STM tuvo su punto cumbre cuando en 1888 se constituyó como sociedad de resistencia, es decir, un organismo que pretendía transformar el sistema económico y político de la sociedad, y no sólo hacer la vida del obrero menos penosa, a través de la aplicación de medios de lucha como la huelga, los piquetes y sabotajes.

3.

El período que va del comienzo del siglo XX hasta el triunfo de la revolución rusa de 1917 está marcado a nivel local por un crecimiento exponencial de la organización obrera y una confluencia casi total de los gremios con la prédica cultural y revolucionaria del anarquismo, la consolidación de decenas de sociedades de resistencia y la realización de violentas y masivas huelgas.

Mientras la ideología revolucionaria del anarquismo impregnó la práctica gremial local, el gremio gráfico se posicionó, desde distintas organizaciones, como la Sociedad Tipográfica Gutenberg, la Federación Gráfica, la Unión Gráfica o la Unión Linotipista, distante de las demás, tejiendo alianzas con la corriente sindicalista argentina (que cuestionaba la imposición ideológica de los gremios anarquistas y alentaba la negociación con los poderes públicos).

Pero la radicalización ideológica del movimiento obrero internacional tras el triunfo revolucionario ruso impactaría en la dinámica organizativa gráfica.

La Unión Linotipista (UL), fundada en 1907, que mantuvo fuertes polémicas con la orientación anarquista de la Federación Obrera Regional Uruguaya (FORU), finalmente hizo causa común con esta desde su reorganización en 1915. A su vez, la Unión Gráfica se reorganizó como Sindicato de Artes Gráficas a comienzos de 1916.

En los convulsionados años que van de 1916 a 1920 se profundizaron las relaciones entre ambas entidades y si bien el SAG se mostraba distante de la línea ideológica con que los anarquistas impregnaron a la FORU, su práctica se fue radicalizando al calor de las huelgas generales de 1917 y 1918, y, por ejemplo, el local de esta última fue asaltado a balazos y allanado por las fuerzas policiales.

4.

Luego de cuatro años de relacionamiento, el SAG se fusionó con la UL y conformaron un nuevo sindicato con la misma denominación (SAG).

En el boletín editado especialmente por la unificación, los gráficos señalaban que «el proletariado necesita estar debidamente organizado y adquirir una conciencia marcadamente revolucionaria para la conquista de sus legítimos derechos, [lo] que equivale a la destrucción del actual sistema de privilegio capitalista». Y fijaron su sede en el viejo Centro Internacional de Estudios Sociales de la calle Río Negro, donde se ubica actualmente el Sindicato de la Aguja.

El nuevo sindicato gráfico integró una pluralidad ideológica que abarcaba las dos tendencias en pugna del anarquismo y al Partido Comunista, predominando la tendencia «maximalista» impulsada tanto por comunistas partidarios como por anarquistas simpatizantes de la revolución rusa, reivindicando el sindicalismo en oposición al Parlamento y al Estado, potenciando la lucha de clases y la acción directa, y proponiendo «primero la dictadura, seguida del comunismo, después el comunismo libertario».2

La unificación del SAG estuvo marcada por el contexto de la división obrera. Entonces, en una convulsionada Montevideo, varios de los anarquistas más destacados predicaban en las tribunas la necesidad de ir hacia una dictadura proletaria como momento transitorio hacia la sociedad anarquista luego de realizada la revolución social. Ante esto, el Consejo Federal de la FORU decidió que dicha propaganda contradecía el Pacto Federal, que consideraba la organización obrera como «distinta y opuesta a toda organización política».3

El SAG se posicionó entre los gremios opuestos al Consejo Federal, argumentando que «los sindicatos [quieren] entrar de lleno en el terreno de las realizaciones, de los hechos prácticos y eficientes […]» y que «el dilema es sencillo y es de acero: o con Rusia libre o con la Liga de las Naciones; con la dictadura proletaria o continuar con la dictadura burguesa».4

La división en el campo gremial se consolidó con la fundación de la Unión Sindical Uruguaya (USU) en 1923, de la cual el SAG formó parte activa.

La USU era una clara escisión de la FORU, de los elementos anarcomaximalistasen alianza circunstancial y siempre conflictiva con los comunistas partidarios.

En los años siguientes, hasta finalizar la década del 20, no se produjeron conflictos de importancia y la huelga de 1923 fue la más significativa del período. Se participó activamente en la agitación por Sacco y Vanzetti, convocándose a los dos paros generales masivos del 9 y del 23 de agosto de 1927.

En 1928 se colaboró económicamente con una importante suma de dinero para la construcción del Ateneo Popular del Sindicato de la Aguja, uno de los escasísimos edificios de la ciudad construidos especialmente para ser sede sindical (incluyó espacios para varias oficinas y una amplia sala teatral), y que aún se conserva.

En 1929 los militantes comunistas, más consolidados en el movimiento obrero, emprendieron la organización de la Confederación General del Trabajo del Uruguay; el asunto se discutió en una polémica asamblea del SAG, que finalmente resolvió no adherir a ella y permanecer en la USU. Ante esto, el grupo de gráficos en minoría abandonaron el sindicato y constituyeron un nuevo gremio gráfico.

5.

Deslindadas las luchas ideológicas tras la escisión gremial, el SAG, orientado por los anarcosindicalistas, transitó los complicados años de la década del 30, marcados por la crisis económica y el avance fascista internacional, oponiendo medidas gremiales de resistencia.

Consumado el golpe de Estado de Gabriel Terra en 1933 y tras la pretensión de regular institucionalmente el accionar gremial, el SAG impulsó un comité de acción contra los sindicatos estatales. El 2 de diciembre declaró un paro de 24 horas contra las deportaciones de la dictadura de varios militantes gremiales y anarquistas a raíz de un violento tiroteo entre un grupo de acción anarquista y la Policía en las calles de Paso Molino.

En agosto de 1934 inició un fuerte conflicto contra las patronales gráficas –que contaban con el apoyo represivo de la dictadura– que dividió a los gremios obreros y estudiantiles entre quienes brindaron su solidaridad o la negaron, alegando lo inoportuno de la medida de lucha ante un enemigo consolidado políticamente. El conflicto, que se extendió varios meses, fue derrotado, ya que el gremio no aceptó una cláusula de conciliación que le impedía realizar huelgas durante cinco años, priorizando la entidad gremial su autonomía e independencia de clase en la lucha social por sobre los acuerdos con sus patrones.

Dicha huelga debilitó la presencia anarquista en el gremio y fortaleció el Centro de Obreros Gráficos, dirigido por los comunistas, que nucleaba el sector de la imprenta, a excepción del de los diarios, que siguió bajo la influencia del SAG. Durante la década del 40, el sindicato continuaría sosteniendo el anarcosindicalismo de la USU, rechazando las propuestas estatales de regulación laboral y en la década del 50 sostendría la autonomía obrera frente a las centrales existentes y sus posicionamientos políticos.

Comenzados los años sesenta, la agrupación gráfica comunista se disolvió y sus integrantes volvieron al SAG. A su vez, se integraban militantes de corrientes renovadas del anarquismo, como Gerardo Gatti, quien buscó, con cierto éxito, desde posiciones más conciliadoras con la militancia marxista fortalecer las posiciones revolucionarias en el campo gremial.

Gatti, desde la comisión de relaciones del SAG, trabajó incansablemente por la unificación de la clase obrera, intentando plasmar algunas posturas afines a la tradición anarquista, como ser la conformación de una convención y no de una central de trabajadores al constituirse la CNT en 1964, defendió la autonomía de los sindicatos ante los partidos políticos y la incompatibilidad de ocupar cargos sindicales y cargos políticos al mismo tiempo, y junto con León Duarte, de FUNSA, fueron destacados impulsores de la Tendencia Combativa, que pretendió hacer de contrapeso revolucionario al reformismo mayoritario sostenido por la militancia comunista.

Si bien la Tendencia era minoría, la capacidad organizativa y negociadora de militantes como Gatti la colocó en un rol destacado de la lucha social, como en la huelga gráfica de 1967, cuando, tras 100 días de conflicto contra empresas periodísticas y medidas represivas gubernamentales, logró salir victoriosa gracias a la solidaridad y el respaldo del conjunto del movimiento social.

En 1976 Gerardo Gatti fue secuestrado en Buenos Aires por militares uruguayos y argentinos, torturado y desaparecido, fue uno de los 11 militantes gráficos desaparecidos por la represión entre 1968 y 1978.

6.

La continuidad del gremio gráfico atravesó la dictadura, la transición y el enfrentamiento a las políticas neoliberales de los años noventa así como a la política de conciliación de clases impulsada por la izquierda en el gobierno. Sus locales, tanto el ubicado en Aquiles Lanza y Durazno como el actual, de Durazno 972, albergaron cientos de reuniones, coordinaciones y actividades solidarias en el correr de los años. El conflicto sostenido con el diario La Juventud desde 2014 recuerda los fuertes conflictos contra el diario El Día, propiedad de Batlle y Ordóñez, en la década del 20, pues en ambos casos la prédica obrerista de los medios contradecía la práctica capitalista de las empresas periodísticas.

Las actas administrativas, conservadas desde la fundación del SAG hasta la actualidad, evidencian cómo el núcleo militante que sostuvo el gremio desde el comienzo, cuando el rubro implicaba la demanda masiva de mano de obra en un contexto de movilizaciones multitudinarias, se sostuvo siempre en un puñado de obreros que gestionaban el sindicato. Dicho núcleo militante no superaba la decena de miembros. Incluso en períodos de participación obrera masiva, los problemas para sesionar de las asambleas por falta de cuórum, por la desidia o el desinterés de los afiliados fueron una constante con la que los militantes debieron lidiar durante toda su existencia.

Ante un siglo marcado por las disputas ideológicas, una lectura retrospectiva no puede evitar resaltar la importancia de la solidaridad de clase por encima de los enconos personales o los intereses tácticos de las tendencias en pugna. Ha sido la solidaridad el motor que ha creado las estructuras sociales de resistencia y la que ha conseguido mejorar las condiciones de vida de toda la sociedad. Actualmente el gremio sostiene una práctica y una prédica clasistas, inherente al espíritu combativo que dio sentido y permanencia a todas las organizaciones gremiales. Su participación activa y solidaria en los distintos conflictos que se producen en el seno de la sociedad nos recuerda el protagonismo que deben asumir los actores sociales para transformar los destinos colectivos en relaciones económicas, políticas y sociales más igualitarias, justas y libres.

La conmemoración de un siglo de existencia de un organismo creado por y para los sectores menos privilegiados de la sociedad evidencia la necesidad de su existencia, y abre caminos hacia el protagonismo que la sociedad organizada debe asumir para poder pensar, anhelar, soñar y concretar un proyecto colectivo de organización que supere cualitativamente la democracia capitalista.

Mientras el movimiento social oscile entre un apoyo más o menos crítico a los sectores menos agresivos del capital representados en la izquierda política y no busque la construcción de un proyecto alternativo de sociedad a través de su propio esfuerzo, y no sólo de las dinámicas que el capital permite, tal como lo hicieron las sociedades obreras en el pasado y como aún procuran varias en la actualidad, seguiremos alejándonos de la gesta emancipatoria que comenzó hace ya 150 años.

1. El Tipógrafo, número 1, Montevideo, 1 de setiembre de 1883.

2. El Obrero Gráfico, número 3, Montevideo, febrero de 1921.

3. Federación Obrera Regional Uruguaya, Acuerdos del 3.er Congreso Obrero en el Uruguay, Tipografía Morales Hnos., Montevideo, 1919.

4. El Obrero Gráfico, agosto de 1921.

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