Una alergia a lo grandioso – Brecha digital
HAT, el hombre bajo el sombrero

Una alergia a lo grandioso

Fue un periodista que quiso desaparecer detrás de lo escrito, un mal estudiante y un excelente autodidacta, un humorista cascarrabias y un editor impaciente. Fue, además, el crítico cinematográfico más importante que ha dado nuestro país y uno de los mejores de Latinoamérica (aunque él seguramente le daría gustoso ese título a su maestro, Arturo Despouey, y, de paso, sacaría este paréntesis). También hubo muchas cosas que Alsina no fue. Sobre todo, y a pesar de Onetti, no fue Bob.

Homero Alsina Thevenet. NANCY URRUTIA

Onetti había publicado el cuento «Bienvenido, Bob» en La Nación el 12 de setiembre de 1944, pero Homero se enteró de que su compañero de pieza en Buenos Aires le había dedicado un cuento recién cuando lo vio impreso en el diario. No era un cuento amable.

Narra una relación de rivalidad entre un narrador innominado y Bob, un joven idealista. El cuento transita uno de los temas más visitados de Onetti, uno en el que, a la larga, se volvería un maestro. Me refiero a la degradación producto del pasaje del tiempo y el invariable destino del hombre, condenado al fracaso, la desesperanza, la mezquindad y la podredumbre.

«Bienvenido, Bob» es un cuento de envidia y venganza que Homero tomó con elegancia. Él no era Bob, por más que pudieran encontrarse algunos rasgos de su persona en la construcción del personaje. Es verdad que allí están su amor por el jazz, el humor seco y burlón, cierto estoicismo, una ética que se enarbola como inquebrantable. Pero no, él no era Bob, sobre todo porque nunca sería Roberto.

Se había templado a fuerza de saber lo que se puede y lo que no se puede. Así de precisa fue la descripción de su infancia cuando se la contó a Leila Guerriero: «Aquí, en este terreno donde estamos ahora, mi madre hizo un ranchito, con su sueldo de maestra y mucho sacrificio. Nunca me morí de hambre, pero necesidades hubo, y envidia por la gente rica también. Siempre supe la diferencia entre lo que se puede y lo que no se puede. Toda la vida me impresionó una frase de Scott Fitzgerald, de un tipo pobre con la nariz apretada contra el vidrio, mirando la fiesta desde afuera. Nada. Mi vida era eso».1

Sin embargo Alsina nunca romantizó la pobreza ni la puso como la piedra angular de la formación de su carácter. Solía descartar esa excusa, alegando que muchas infancias son difíciles, pero lo cierto es que la disciplina y el ascetismo seguramente provinieron del ejemplo de su madre y del dolor propio por no haber podido ayudarla más. Lo cierto es que una parte importante de ese temperamento también se lo aportó el cine. O al menos el aprendizaje de la práctica profesional de la crítica. Y es que Arturo Despouey, su mentor, no era un hombre de dejar pasar las cosas. «Despouey me castigó y me castigó duro. En cierta manera me enseñó a escribir por la negativa. Yo llevaba mis primeras crónicas a la revista [Cine Radio Actualidad], él las leía, las corregía y decía: “Mocoso atrevido, ¿por qué ponés esto si no sabés esto otro? Andá a pasar en limpio eso”. Era la humillación del adolescente, todo lo cual me podía dar mucha bronca en ese momento, pero me sirvió para evitar macanas».2 Despouey le enseñó mucho más: no solamente la importancia del dato riguroso, sino la noción de que una película empezaba mucho antes de hacerse e involucraba aspectos artísticos, técnicos, económicos, políticos, sociales e históricos, así como a las compañías, los equipos y las personas que la realizaban. La imagen de Despouey en 1937 cargando un pesado libro de Rembrandt para leer antes de ver la película biográfica dirigida por Alexander Korda no se le olvidaría jamás.

No puede hablarse de HAT, sin embargo, sin transitar tres anécdotas: la quebradura de clavícula que llevó a su padre a regalarle un pase libre para el Cine Latino, el descubrimiento de Bergman para el mundo en el Festival de Punta del Este de 1952 y su célebre manual de estilo titulado Algunas sugerencias para periodistas modestos, en el que recomendaba sobriedad, un estilo directo y sin rodeos, ideas fundamentadas, datos precisos y evitar el uso de pronombres personales, sobre todo, la primera persona. ¿Pero cómo se cuenta un hombre? O, peor, ¿cómo se cuenta un hombre que siempre dijo ser, en un 80 por ciento, su obra?

Luego de su paso por Cine Radio Actualidad, era inevitable que Alsina terminara escribiendo en Marcha, donde primero fue corrector de pruebas. Allí conoció a Onetti, que era el secretario de redacción y vivía en un cuarto al fondo del semanario. En Marcha, Alsina compartió la página de crítica cinematográfica con Alfaro y Emir Rodríguez Monegal, al punto de que muchas veces es muy difícil determinar quién escribió qué. Sin ir más lejos, el célebre libro sobre Bergman3 está hecho de esa manera, rescatando artículos suyos y de Emir. Curiosamente, el primer crítico con quien HAT compartió la página de cine en Marcha no fue ninguno de ellos, sino Wilson Ferreira Aldunate.

Pero estamos mezclando todo. Porque antes del descubrimiento de Bergman, antes del célebre festival, antes de la pelea con Quijano –que lo termina echando del semanario–, Alsina era de los que, hechizados por Onetti, se habían puesto a vender la primera edición de El pozo, la impresa en papel de envolver fideos con el falso Picasso en la portada, ese librito sorprendente y abyecto, a 50 centésimos, ese que hoy vale 1.000 dólares. Luego se fue a Buenos Aires: vivió con Onetti, sufrió un neumotórax, volvió a Montevideo, se casó con Andrea Bea, tuvo a su hijo Andrés y se divorció. Todo esto es parte del 20 por ciento restante de Alsina, la parte que no es escritura, pero que tendrá un peso enorme en su vida y en su formación. Porque Alsina, el que nunca va a ser Bob/Roberto, el que de viejo no será alcohólico y fracasado, o, como escribió Vargas Llosa, «se convierta en una parodia de sí mismo, sin alma, cínico, corrompido, mimando unos roles que les imponen los otros»,4 va a verse sacudido por lo que podríamos decir, casi sin gracia, «el viento de la historia». Un viento que, por cierto, también sacudiría a Onetti, esos dos, siempre distintos pero entreverados, incluso de maneras retorcidas. HAT lo narra de este modo: «Posteriormente la cosa evolucionó todavía más. La pregunta es así: si mi primera mujer se divorcia de mí y se casa con el hijo de Onetti, que era amigo mío, ¿qué paso a ser yo de Onetti? Y la respuesta es: admirador».5

La base del chiste es cierta: Andrea Bea se casó con Jorge Onetti, pero HAT, que se declara admirador, le propinó flor de golpe a La vida breve en Marcha el 24 de agosto de 1951. Allí aprovechó la ocasión para tomar distancia de Bob: «… [Onetti] inventa continuamente historias con intercalación de conflictos observados, de personas que pasan a su lado, de puntos de vista ajenos. Es curioso que no los integre fuera de su perspectiva, y que toda su ficción, incluso la que aparece en jirones desde sus cuentos cortos, sea siempre el mundo visto por Onetti».6

Para entonces, Alsina estaba en su apogeo, escribía para Film y más tarde comenzó a hacerlo para El País, hasta tomar a su cargo la página de espectáculos. Fueron, según su propia admisión, probablemente sus mejores años: viaja, vuelve a casarse (con Eva Salvo) y se radica de nuevo en Argentina, donde Tomás Eloy Martínez le propone trabajar en Primera Plana. Escribió en varios medios porteños hasta que, en 1972, sucedió lo impensable: su hijo Andrés cayó preso por pertenecer al ERP y participar en el secuestro de Oberdán Sallustro, director de la Fiat en Argentina, que días después sería asesinado. De pronto, el hombre metódico, que soportaba mal los inconvenientes y las contrariedades, que era contrario a la violencia y que no había tenido la más estrecha de las relaciones con su hijo, empieza a visitarlo en la cárcel y solo tras su liberación, gracias a la amnistía de Cámpora, decide exiliarse en Barcelona a raíz del golpe militar de Videla.7 Algo similar había ocurrido el año anterior con Onetti, exiliado en Madrid, luego de ser perseguido por premiar el cuento de Nelson Marra en Marcha. HAT retornaría a Montevideo recién en 1989, gracias a la propuesta de Jorge Abbondanza de crear un suplemento cultural para el diario El País.

En sus 65 años como crítico cinematográfico, Alsina publicó 20 libros, que no solamente mapearon sus obsesiones, sino, muchas veces, desnudaron sus necesidades. Sufrió el exilio económico y también el político, y es justo detenerse por un momento a pensar lo que significaba, para quien hizo del dato preciso una fortaleza, mudarse, trasladar o abandonar bibliotecas. Su obstinación y tenacidad para obtener la información que necesitaba para escribir una nota fueron tan grandes como su obra. Después de su muerte, sus amigos y colaboradores Fernando Martín Peña, Álvaro Buela y Elvio Gandolfo recopilaron su monumental obra dispersa.8 El resultado son cuatro mil páginas, cuyo capítulo introductorio «Algunas definiciones alrededor de HAT» es su mejor biografía.

1. Leila Guerriero, «Vida del señor sombrero», Frutos extraños: Crónicas reunidas (2001-2019), Alfaguara, 2020.

2. Pablo Rocca, Homero Alsina Thevenet: Onetti, el cine y algo más. El 45, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2004, pág. 42.

3. Ingmar Bergman, un dramaturgo cinematográfico, Ediciones Renacimiento, 1964.

4. El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, Alfaguara, 2008.

5. Jorge Ruffinelli, «H. A. T. y Onetti, la leyenda y la verdad», Nuevo Texto Crítico, vol. XXIII, n.º 45/46.

6. Homero Alsina Thevenet, Obras incompletas. Tomo I, Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, Buenos Aires, 2009, pág. 520.

7. La información sobre este episodio fue tomada de Autorretrato de Homero Alsina Thevenet, de Ana Solari, Palabra Santa Editorial, Montevideo, 2013, pág. 66 y siguientes.

8. Obras incompletas. Tomos I, II-A, II-B y III, 2009-2012.

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