Una asimetría irritante – Brecha digital
China y la «prosperidad común»

Una asimetría irritante

El milagro económico chino es indiscutible. El milagro social, no tanto. La redistribución de la riqueza entre regiones y clases sociales es la nueva promesa del liderazgo del país.

Persona mayor revende objetos reciclables encontrados en la basura. Calle en los alrededores de El Gran Salón del Pueblo, en Beijing, marzo de 2021 Afp, Nicolas Asfouri

La persistencia de déficits sociales en China es harto conocida y constituye uno de los más significativos aspectos que ensombrecen el despegue económico de las últimas décadas. La China maoísta, que, a pesar de todos sus sinsabores, logró catapultar a la condición de trigesimosegunda potencia económica del mundo a un país que en 1949 tenía un producto bruto interno (PBI) equivalente al de 1890, elevó a los altares el igualitarismo. En 1978, el índice de Gini ascendía a 0,16. En 2008, en el denguismo tardío, con Hu Jintao en la presidencia del país, este índice ascendía a su máximo histórico, 0,49.

La clave de esa brusca transformación fue la apertura promovida por Deng Xiaoping a finales de los setenta. El llamado al enriquecimiento orquestado por Deng incluía el reconocimiento de que no todos podrían lograrlo al mismo tiempo y ello agravó tanto las desigualdades sociales como los desequilibrios territoriales. Xi Jinping, al frente del país desde 2012, apela ahora a la «prosperidad común». Le endilgan, por ello, la etiqueta de maoísta recalcitrante. En verdad, el concepto procede de la época de Mao, en los años cincuenta. Sin embargo, el contexto es bien diferente. En aquella China todo era escasez y penuria. Hoy hablamos de la segunda potencia económica del mundo (primera desde 2011 en términos de paridad de poder de compra), aunque ubicada en la posición 85 en el índice de desarrollo humano. La asimetría es irritante.

El acento en la prosperidad común, dicen, está agravando las tensiones en el liderazgo chino, por cuanto implica obligar a los grandes empresarios privados que en los últimos lustros de reforma y apertura han acumulado, con el aval del Partido Comunista, ingentes fortunas a compartir su riqueza con las capas menos privilegiadas de la población. Gigantes como Tencent han invertido ya 50.000 millones de yuanes (aproximadamente 7.700 millones de dólares), mientras que Alibaba, el gigante del comercio electrónico, ha desembolsado el doble de ese monto. Uniendo esta campaña con el incentivo del propósito regulador de los grandes monopolios, la imposición de límites en los videojuegos, las limitaciones a las pasantías, etcétera, algunos comentadores concluyen que la época de liberalización ha concluido. Lo que hace Xi va en contra de las leyes del mercado y puede derivar en una «pobreza común», ha dicho Zhang Weiying, profesor de Economía en la Universidad de Beijing.

LO SOCIAL POR DETRÁS DE LO AMBIENTAL O LO TECNOLÓGICO

El milagro económico chino es indiscutible. El milagro social no tanto. Tras la crisis de Tiananmen, durante los noventa, la primacía de la eficacia económica sobre la justicia social (o ambiental) derivó en un crecimiento de pésima calidad. No supuso el estallido de una gran crisis porque, quien más, quien menos, los habitantes veían mejorar su nivel de vida, pero la persistencia de esa evolución nos conduce a una China insostenible.

En el denguismo tardío, al pasar página de la «fábrica del mundo» y apostar por el cambio del modelo de desarrollo, se privilegió un nuevo tridente: los factores ambientales, tecnológicos y sociales serían los nuevos pilares del desarrollo chino, en detrimento de la inversión extranjera, la mano de obra barata y la orientación de la producción hacia el exterior. El cambio de paradigma causó algunas expectativas, pero estas pronto menguaron. Con la llegada del xiismo, el índice de Gini pasó de 0,45 en 2013 a 0,467 en 2017 (la media en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos es de 0,3).

En los dos últimos lustros, el gobierno y el Partido Comunista han hecho importantísimas inversiones en lo tecnológico y lo ambiental, pero lo social sigue siendo una asignatura pendiente, tanto que puede llegar a convertirse en un lastre que condicione la estabilidad social y política. China es el único país en desarrollo del mundo que logró pasar de un índice de desarrollo humano bajo a uno alto. También erradicó la pobreza extrema en 2020, ha mejorado el ingreso per cápita de la población, multiplicó la inversión en salud, educación y vivienda, pero, según Credit Suisse, si en 2000 el 1 por ciento de la población poseía el 20,9 por ciento de la riqueza nacional, en 2020 ese porcentaje de riqueza concentrada por el 1 por ciento ascendía al 30,6 por ciento. El rumbo no se ha torcido.

En marzo de 2021, en las sesiones anuales de la Asamblea Popular Nacional, el primer ministro chino, Li Keqiang, comentaba que en China unos 600 millones de personas (dos veces la población de Estados Unidos) sobreviven con unos 1.000 yuanes (unos 156 dólares) al mes, la inmensa mayoría de ellas (76,5 por ciento) en las zonas rurales. La renta per cápita de China apenas supera los 10 mil dólares (frente a los más de 63 mil de Estados Unidos) y el objetivo, muy ambicioso, es que en 2035 ascienda a 30 mil. A China le falta aún un largo trecho. Sus autoridades lo saben y, por ello, los planes para lograr objetivos significativos en este campo nos remiten a otros 30 años más de desarrollo.

EL EXPERIMENTO ZHEJIANG

Zhejiang ha sido designada la provincia piloto del «socialismo de mercado con características chinas», con la aspiración de reducir las brechas de desarrollo y los abusos creados por los excesos del mercado. El antiguo bastión político de Xi se convertirá en una «zona piloto para la prosperidad común», ejemplo de la nueva agenda del «socialismo con características chinas», que ahora enfatiza la lucha contra los monopolios y el abuso de posición dominante, a la par que promueve nuevos enfoques, más incisivos, a propósito de lo social. Los críticos de este impulso ponen el acento en el riesgo de que la intención correctora de las desigualdades acabe por debilitar y ahogar el espíritu empresarial que hizo rica a la provincia.

La hoja de ruta entregada a Yuan Jiajun, de 59 años, el exitoso secretario del partido de Zhejiang, ingeniero espacial formado en Alemania, quien fue vicedirector de China Aerospace y director del programa de vuelos espaciales tripulados, es extraordinariamente densa. Abarca un amplio abanico de áreas: la promoción de la marca «producto de Zhejiang», la reducción de la huella de carbono, la mejora de la circulación de la mano de obra mediante la abolición del hukou o permiso de residencia, la mejora de la conectividad con las zonas de desarrollo adyacentes, la lucha contra la especulación inmobiliaria y los monopolios, sin olvidar la panoplia de objetivos sociales que están en el centro de las preocupaciones de equilibrio presupuestario del gobierno (salario mínimo, cobertura médica, pensiones, ayudas a las personas mayores y a las familias, a las que se puede añadir el apoyo a la natalidad mediante el aumento de la red de guarderías, una prioridad del gobierno destinada a impulsar la demografía).

Para llevar a cabo este proyecto piloto, que combina la planificación regional con los objetivos de desarrollo social y humano a una escala excepcional, la elección de Zhejiang como provincia líder –ya es una de las cuatro más ricas de China, tras Guangzhou, Jiangsu y Shandong– no carece de relevancia. Zhejiang (de 64,5 millones de habitantes) ya se encuentra entre las menos desiguales del país y alberga numerosas pymes y una potente comunidad empresarial privada. En 2020, las empresas privadas representaban el 66,3 por ciento de su PBI, el 74 por ciento de los ingresos fiscales, el 80 por ciento de las exportaciones y el 87 por ciento del empleo.

Según destaca la directiva de 12 puntos del Consejo de Estado, de aquí a 2025 Zhejiang debe aumentar su PBI per cápita en un 30 por ciento, hasta alcanzar el nivel de las economías «medianamente desarrolladas» (es decir, 20 mil dólares per cápita, acercándose al nivel medio europeo, de 23 mil dólares) y reducir las desigualdades entre las zonas urbanas y rurales. La directiva hace hincapié en la mejora significativa del bienestar social y en el aumento del nivel de vida de los grupos de bajos ingresos. Por último, para 2035 la provincia debería haber alcanzado «la prosperidad común» mediante, dice la directiva, «un desarrollo de alta calidad».

* Xulio Ríos reside en Beijing y es director del Observatorio Político de China y coordinador de la Red Iberoamericana de Sinología. Ha sido investigador visitante en universidades y centros de investigación de China continental y Taiwán.

(Tomado de CTXT, por convenio. Brecha publica fragmentos.)

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