Una democracia que está mutando

“¿Ha sido tan mala la campaña del FA como para comprometer sus posibilidades de continuidad en el gobierno? ¿Estamos en presencia de una “revolución electoral”, o se trata más bien de una “ilusión óptica” que los resultados electorales se encargarán de desmentir o moderar en sus magnitudes efectivas?”

Hace más o menos un año la política uruguaya parecía proyectar hacia el futuro cercano panoramas y perspectivas bastante diferentes a las actuales. Julio María Sanguinetti decía que si bien el gobierno estaba pronto para perder, la oposición todavía no demostraba estar pronta para ganar. Juan Martín Posadas reflexionaba que el Frente Amplio debía comprender que ciertas reformas que el país requería en forma acuciante no se podían hacer sin su concurso pero tampoco sólo con él. El promedio de algunas encuestadoras uruguayas (Cifra, Equipos y Factum) otorgaba entre setiembre y diciembre de 2013 una intención de voto de 43 por ciento al Frente Amplio (FA), 26 por ciento al Partido Nacional (PN) y 15 por ciento al Partido Colorado (PC). Luego del anuncio de Tabaré Vázquez aceptando ser candidato presidencial en los comicios de 2014, 77 por ciento de los uruguayos encuestados opinaban que él sería con seguridad el futuro presidente. No se esperaban sorpresas en las internas de los principales partidos uruguayos, y dentro del PN el senador Jorge Larrañaga surgía como claro favorito. Los analistas enfatizaban en un cuadro de tendencias estables y más o menos previsibles, mostrándose en general distantes de las hipótesis de sorpresa. Nadie por entonces auguraba un clima de incertidumbre y de elección abierta como el que hoy prevalece a escasas horas de la primera vuelta del domingo 26 de octubre.

¿Qué ha pasado en verdad en todo este último año que las circunstancias han cambiado tanto? ¿Todo se explica por la “sorpresiva” victoria de Lacalle Pou en las internas nacionalistas, que con su campaña “por la positiva” habría alterado libretos y estrategias de sus adversarios? ¿Ha sido tan mala la campaña del FA como para comprometer sus posibilidades de continuidad en el gobierno? ¿Estamos en presencia de una “revolución electoral”, o se trata más bien de una “ilusión óptica” que los resultados electorales se encargarán de desmentir o al menos de moderar en sus magnitudes efectivas? ¿Estamos ante una incertidumbre que es básicamente producto de la estabilización de un cuadro general con “dos mitades” competitivas, o tras la superficie se esconden transformaciones de mayor calado que permiten hablar de una democracia que también está mutando? ¿Son cambios de sintaxis política o también involucran interpelaciones más hondas y acuciantes de la semántica de nuestra democracia, ese ámbito de propuestas y anticipaciones realmente estratégicas de las que tanto necesitamos para un “salto al desarrollo” razonablemente cercano?

Vale la pena comenzar por calificar las magnitudes de los cambios anunciados. Salvo que las encuestadoras estén convergiendo en proyecciones y estimaciones rematadamente equivocadas, de lo que estaríamos hablando es de eventuales variaciones de entre dos y cuatro puntos porcentuales con respecto a la última votación frenteamplista de 2009, con cambios aun menores en el caudal de votos recogido por los partidos tradicionales y una mayor (aunque acotada) dispersión del electorado hacia los partidos más chicos. Si esto es así, claramente no se está ante nada semejante a una “revolución electoral”, y se mantendría el cuadro de razonable estabilidad electoral que ha prevalecido en las últimas dos elecciones que ha ganado la izquierda. Resulta útil recordar aquí que en 2004, en la primera vuelta, la distancia entre el FA y la suma de blancos y colorados fue de aproximadamente un 6 por ciento, lo que cayó a una diferencia de 2 por ciento en 2009. En este marco, parecería confirmarse que el tiempo de los cambios electorales dramáticos que se desplegó entre 1984 y 2004 ha terminado y que un cuadro de estabilidad se confirmaría en el último decenio, con un sistema de dos mitades más o menos simétricas, en el que las oscilaciones de aproximadamente 100 mil votantes (dentro de un electorado efectivo algo superior a los 2,2 millones) son las que definen el rumbo.

César Aguiar solía señalar que en Uruguay los “no creyentes” eran los que definían las elecciones nacionales. Bien propia de un “país laico”, esta reflexión mantiene vigencia entre nosotros, aunque no parece alcanzar para dar cuenta de lo que está pasando en estos momentos. A los “indecisos tradicionales”, en este 2014 se les suma un conjunto no despreciable de ciudadanos “descontentos” o “enojados”, preferentemente en la izquierda pero también provenientes de los reiterados vencidos en las internas blanca y colorada (“wilsonistas” y “batllistas” respectivamente). Se ha ampliado la segmentación del electorado, pero a su vez ha crecido en magnitud la franja de aquellos que vacilan hasta último momento, dentro de un grupo con alta fluidez política que puede reorientar su voto de un modo más dramático e imprevisible que lo ocurrido anteriormente. Aunque todavía lejos de la volatilidad electoral de la mayoría de los países sudamericanos, esta situación complica y mucho la tarea de las encuestadoras. Pero mucho más importante que esto: puede derivar, en forma casi distraída, en la consolidación de opciones antagónicas en una encrucijada particularmente desafiante para el país, con dos proyectos de desarrollo muy distintos.

Estos contrastes programáticos y también ideológicos parecen invisibilizarse tras esa obsesión por amortiguar diferencias y parecerse más allá de todo lo razonable que invade a los programas partidarios, en esa carrera de “extremo centrismo” que ha ganado a todos los candidatos y partidos. ¿Será esto último una evidencia de responsabilidad propositiva, del triunfo del marketing electoral, o una prueba más de la debilidad semántica que a nuestro juicio aqueja a la democracia uruguaya? Habría que tomarse más en serio esta última posibilidad. Sobre todo luego de esta campaña tan light, en la que la “renovación” ha sido más de formas que de contenidos, en la que se ha hablado tanto más de la campaña que de los asuntos, en donde los yingles y los asesores de imagen parecen haber ganado por goleada la partida. Y por supuesto que las formas y los estilos de comunicación son siempre importantes en la política, pero no pueden agotarla. Los ciudadanos merecen bastante más.

Por cierto que en esta misma dirección de enfatizar la necesidad de ideas y de cambios sustantivos para empujar la posibilidad cierta del desarrollo cercano no debe dramatizarse el tema de la mayoría legislativa propia como condición para un gobierno de progreso efectivo. Claro que podría decirse que no es la hora del “freno” sino la del “impulso”, parafraseando a Real de Azúa. Pero la política uruguaya ya no resiste esa dicotomía entre sólo dos opciones de gobierno: el Frente Amplio con mayorías legislativas propias, o una coalición blanquicolorada con prescindencia de la primera fuerza política del país. Aunque no sea un buen momento para decirlo, el futuro que viene requiere más que nunca de puentes entre las dos grandes mitades políticas del país. En definitiva, se trata de la confirmación de aquella sabia metáfora de “los tornillos y las tuercas” –que tan bien supo anticipar en su discurso inaugural el presidente Mujica, en referencia a la imprescindible articulación entre los partidos del gobierno y de la oposición– pronunciada el 1 de marzo de 2010 y que lamentablemente no pudo confirmarse durante su administración en temas acuciantes para el futuro del país, a pesar de sus afanes.

Resulta necesario reiterarlo: tal vez no estemos entendiendo suficientemente lo que está pasando en el terreno más concreto de los comportamientos de los ciudadanos uruguayos “realmente existentes”, que el próximo domingo votarán y decidirán como soberanos que son. La democracia uruguaya también está mutando, aunque en los ritmos y formatos que prefieren sus ciudadanos. También en Uruguay se están tramitando liderazgos nuevos de popularidad, representaciones contenciosas, volatilidad amplia y fluidez política en los vaivenes de la opinión pública, elecciones que desbordan previsiones instaladas y que inducen en forma acelerada escenarios que pueden ser fugaces, poco consistentes para faenas de más alto calado. Ojalá que en estos nuevos contextos el soberano sepa ser sabio. Como sociedad tenemos oportunidades relevantes que aprovechar pero no disponemos de más tiempo para perder.

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