Violencia y memoria - Brecha digital
Literatura de Colombia

Violencia y memoria

Dos primeras novelas de autoras colombianas enriquecen el actual panorama literario de ese país. Son ficciones que relatan el horror de la violencia, enfrentan una naturaleza indomable, retoman la pregunta por la pertenencia y la memoria, enseñan cómo se desarrolla una voz.

El asedio animal, de Vanessa Londoño. Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2022. 94 págs.

Lorena Salazar Masso (Medellín, 1991) es la autora de Esta herida llena de peces, que fue el proyecto final de un máster de narrativa realizado en la Escuela de Escritores de Madrid. Publicado en 2021 por la editorial española Tránsito (cuyo fondo editorial incluye, entre otros libros escritos por mujeres, La azotea y No soñarás flores, de Fernanda Trías), va por su cuarta edición, la misma cifra que en la colombiana Angosta. La autora ya había publicado algunos cuentos en revistas y un libro digital para niños. Esta herida llena de peces es la historia conmovedora de una madre blanca que viaja en canoa con su hijo negro por un caudaloso río hacia un destino trágico. La maternidad, los miedos, la solidaridad entre mujeres, el racismo, la violencia están siempre presentes. Salazar Masso se encuentra en Montevideo desde hace algunas semanas, escribe su segunda novela.

A Vanessa Londoño (Bogotá, 1985) pertenece El asedio animal, publicado en Argentina por Eterna Cadencia y en Colombia por Tusquets, ambos en 2021. Abogada, periodista, docente de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York, ubica su relato en algún lugar del norte de Colombia, donde hombres y mujeres cuyos cuerpos fueron mutilados sobreviven como pueden. En una breve introducción, la autora expresa que «la literatura está en el acto de restituirles vitalidad a los miembros cortados, y en contar las historias de los cuerpos que persisten en recordar las partes mutiladas y sus fantasmas». Heridos también en el alma, los personajes enfrentan emociones intensas y radicales.

EL HORROR LACERANTE

Los temas que explora Londoño en su ficción son retazos de historias reales sucedidas en distintas regiones de Latinoamérica, sobre todo en Colombia. Narcotráfico, guerrilla, grupos parapoliciales e institucionales que ejercen toda clase de violencias contra los más débiles. El punto de vista narrativo muta constantemente y no acata una línea cronológica lineal. Las voces corresponden a víctimas de amputaciones que buscan compensar aquello que les quitaron: piernas, manos, lenguas, ojos, vidas. Son tramas corales que hablan del dolor de un pueblo. La naturaleza, el paisaje y el territorio –que apunta a lo que puede ser un país– guardan una profunda y compleja relación con los personajes, despliegan un carácter metafórico y se vuelven protagonistas. Cuando llueve –y, como en Pedro Páramo, en la novela de Londoño llueve siempre–, el barro arrastra cadáveres y los personajes recuerdan. «Tengo la sensación de que siempre que pasa algo importante llueve», piensa la muchacha sin lengua. Se la cortaron los paramilitares para que no revelara que el individuo que la desvirgó no fue el líder de la zona, aquel «que reclamaba a las niñas apenas les veía esa doble profundidad de impúber y de hembra». Entre otros personajes siniestros, este representa una poderosa jerarquía racial y de género.

La voluntad de riesgo de Londoño interpela el lenguaje con preguntas sobre el estado de la frase. Sus complejas operaciones de escritura transforman la sintaxis y encuentran el registro apropiado para representar el sufrimiento y la indefensión. Para abordar la tortura y la mutilación recurre a una prosa electrizante, plagada de metáforas y musicalidad. El suyo es el lenguaje poético de una lengua dañada. Como señala Gabriela Cabezón Cámara: «La prosa de Londoño es violenta y exquisita, una poesía brutal y sofisticada. Estremece al cuerpo lector: vibra vital».

La novela perfecciona una constelación simbólica que emerge del inconsciente. Pero no es solo un ejercicio de memoria, la autora se propuso plantear «esa tensión que habitamos en Latinoamérica entre un ejercicio de memoria y desmemoria permanente». Porque, como en la narrativa de Rulfo, la lluvia de El asedio animal golpea la tierra debajo de la cual los muertos sienten como si se les caminara por encima. Esta lluvia latinoamericana es la misma y es otra en cada territorio, precipita los recuerdos, pero también arrasa y borra.

Esta herida llena de peces, de Lorena Salazar Masso. Tránsito, Madrid, 2021. 161 págs.

EL LUGAR DE LA PIEL

El lirismo que define la prosa de ficción de Lorena Salazar Masso da cuenta de otras estrategias para narrar el miedo y la violencia, ya que además explora temas como la maternidad, la infancia y el sentido de pertenencia. Se sirve de la alegoría del río para estructurar un relato que apela al tópico del viaje. El río Atrato recorre buena parte del departamento del Chocó, uno de los más olvidados de Colombia, donde la miseria fustiga a una población principalmente negra con la misma furia que los grupos armados. La prosa de Salazar Masso fluye como el agua de ese río que todo lo atraviesa, aborda los temas más duros con rotundidad o en forma oblicua, exhibe las torsiones de una escritura que brilla en la descripción y persuade en la metáfora, que es sutil y es salvaje, que narra con sensibilidad el desaliento y la esperanza.

Una mujer sola y herida por el miedo de perder a su hijo toma una decisión muy dolorosa y debe actuar en consecuencia. Mientras se devela el motivo del viaje, la travesía se transforma en un aprendizaje. Habla del hijo negro y recuerda su propia infancia de niña discriminada por ser blanca. Salazar Masso nació en Medellín, pero creció en el Chocó. La cultura popular está muy presente en la novela: en las tradiciones y las costumbres de los pobladores, en la música que escuchan los viajeros cuando se detienen por comida o reposo. En cada sitio los moradores entonan las canciones que los definen en su circunstancia. Porque, además de la maternidad, el sentido de pertenencia es una emoción central en la trama. En cierto modo, la narradora de Esta herida llena de peces se aferra al niño porque «en una tierra de madres abandonadas» es la forma de pertenecer a un lugar y a un sentimiento. Durante el periplo, rodeada de unos pocos pasajeros, reflexiona sobre la eventualidad de nuevos pactos por fuera de los lazos de sangre.

El viaje no resulta ajeno al encuentro con gente desamparada pero solidaria, a la hermandad entre mujeres, al descubrimiento del otro, como cuando la narradora describe a un grupo de indígenas que desciende en un muelle: «No quieren llegar, no vienen de paseo, no miran más allá de sus pies descalzos. Su mirada es corta: que no se quede nada en el bote, que nadie se caiga al bajar. Lo he visto antes en el malecón de Quibdó: indígenas que no dejan de mirar al suelo. Los acaban de desplazar y solo tienen sus pies». Durante la travesía crecen señales de la historia colombiana reciente: «Suenan los primeros disparos del día, parecen más cerca que los de ayer. Las últimas semanas han querido unirse al canto de las aves como si la invasión fuera algo natural». «Esa gente» anda en el río, «amenazando como si fueran los dueños», arrancan de la tierra a los más vulnerables, les espantan los peces, les quitan «los hijos, las uñas y hasta las ganas de vivir».

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